El origen pagano del Vaticano

El Vaticano ha sido y sigue siendo uno de los centros de poder del mundo cristiano, situado en una de las colinas de Roma, no de las legendarias siete, sino de una menor, de la que tomó su denominación. Es por ello que podríamos pensar que su nombre pudiera venir de algún termino latino de la antigua Roma, pero tenemos que remontarnos un poco más allá en el tiempo, hasta los predesores del pueblo romano, los etruscos.

Tumba estrusca. Photo by Robin Iversen Rönnlund. CC-BY-SA-3.0

Los estruscos fueron un pueblo de origen incierto, unos dicen que autócnos de la península Itálica y otros que vinieron de oriente, que se establecieron originalmente al norte del Tíber, desplegandose por la actual Toscana y parte de Umbría, dando lugar a una civilización que alcanzó un gran explendor hasta que fue eclipsada por sus herederos, Roma. Una de las principales características de este pueblo fue su obsesión por la vida ultraterrena, que les llevó a construir grandes necrópolis en el exterior de sus ciudades. Y en el caso de las primitivas poblaciones situadas donde luego se erigiría Roma, la construyeron sobre la ladera de una colina. Dentro de la mitología etrustuca, existía una diosa, Vatika, que fue designada como guardiana de la necrópolis, dando así el nombre a la colina romana pero también a otra cosa más. Sobre esa colina crecía una planta de efecto alucinógenos al que los romanos denominaron también Vatika, y que pasaría a la lengua latina con el significado de ‘visión profética‘ .

Plaza de San Pedro en Roma. Photo by DAVID ILIFF. License: CC-BY-SA 3.0

Ya más adelante Nerón construiría en ese lugar, situado fuera de las murallas de la ciudad de Roma en ese momento, su circo privado, que decoraría con un obelisco traído de la ciudad de Heliópolis en Egipto por su precesor, Calígula, obelisco que es el mismo que se erige actualmente en en el centro de la Plaza de San Pedro en el Vaticano. Según cuenta la tradición, en este lugar sería martirizado San Pedro y enterrado en sus cercanías, por lo que el emperador Constantino decidió construir en el lugar un santuario en el año 324, sobre el que más tarde se erigiría la actual Basílica de San Pedro, símbolo fundamental de la actual Ciudad del Vaticano. Y así es como el nombre de una diosa pagana acabo dando nombre al centro principal de la religión católica.

Fuente: La escóbula de la brújula

Publicado por el 9 septiembre, 2013 en Historia olvidada | Lee el primer comentario

Los recortes de Diocleciano

En época de crisis algunos gobernantes tienen la costumbre de modificar los impuestos para recaudar todo lo que se pueda y llenar las arcas del Estado. Lo vivimos ahora y se ha vivido en muchos momento a lo largo de la historia de la Humanidad. Pero uno de los momentos más trascendentales fue el protagonizado por el emperador romano Diocleciano, cuando inauguró un nuevo sistema tributario que significó que el pueblo debía servir y salvar a toda costa el Estado, que estaba por encima de los individuos.

El siglo III fue un periodo de crisis en el Imperio Romano en todos los aspectos, el militar, el económico y el social, provocando desórdenes por todo el Imperio que los múltiples y débiles Emperadores que gobernaron en esta época fueron incapaces de atajar. En el año 270 llegaría al poder Aureliano, militar ilirio, que haría frente a los problemas más acuciantes, frenando las insurrecciones y realizando reformas económicas y religiosas, pero su asesinato en el 275 dejaría inconclusa su misión de resolver la crisis. Su espíritu reformista fue retomado por Diocleciano, también militar cuando ascendió a Emperador en el 284, aclamado por el ejercito. Tras unos primeros años que hubo de enfrentarse a diferentes conflictos, comenzó a partir del 293 su labor más fundamental en mantener la unidad del Imperio, comenzando el periodo que sería conocido como Dominado o Bajo Imperio.

Su primera misión, como militar que era, fue reorganizar el ejercito,sustituyendo los sistemas estáticos de defensa lineal por uno basado en fortificaciones a ambos lados de la frontera (Strata diocletiana), se duplicaron los efectivos militares, ampliándose a las 75 legiones, aunque de menor tamaño, y el ejército se dividió en dos tipos, las tropas fronterizas, encargadas de defender los límites del Imperio, y el ejército interior al mando del Emperador. Todo esto supuso un aumento de los gastos del Estado, que se tuvo que sufragar mediante los impuestos.

Su reforma de la política fiscal comenzaría con la creación de un doble impuesto, iuga y capita, que se basaban en las posesiones agrícolas y en las personales. Pero el problema de la aplicación de este impuesto fue que se basó en la productividad teórica, y para el caso de las tierras no se tenía en cuenta por ejemplo para el caso de las tierras que hubiera sequías o plagas que acabaran con los cultivos, obligando en este caso a pagar igualmente el impuesto aunque no se hubiera cosechado nada. Y esto se acompañó de imposiciones extra que se dictaban a menudo, la obligación del cultivador de permanecer en la tierra y, como no, corrupción entre los funcionarios fiscales. El pueblo estaba sometido completamente al Estado y debía servirle para mantenerlo a flote.

Moneda del Emperador Diocleciano. Fuente: Wikimedia Commons Autor:Ingsoc

Se acuñaron nuevas monedas, intentando combatir la depreciación monetaria de los años anteriores, creándose un sistema monetario común para todo el Imperio y revalorizando la moneda hasta duplicar su valor. Pero todo esto no impidió que la inflación continuara creciendo, por lo que Diocleciano intentó poner un límite a los precios mediante el “Edictum de pretiis”, que fijaba los precios máximo de varios bienes de consumo y los salarios mínimos, pero este edicto fue abolido poco tiempo después debido a la dificultad de hacerlo cumplir en todo el Imperio, dificultades entre las que se encontraban que en muchos lugares del Imperio se seguía usando el trueque en vez del intercambio monetario.

El emperador Constantino continuó con este sistema fiscal, endureciéndolo más aún, provocando que aumentaran las diferencias entre ricos y pobres. El Imperio se mantuvo integro así durante más de siglo y medio, pero fue el inicio de la caída del Imperio de Occidente y el comienzo del camino hacia la Edad Media, con el que los que anteriormente fueron considerados como ciudadanos pasaron a ser súbditos del Estado. A veces la historia se repite demasiadas veces.

Publicado por el 17 septiembre, 2012 en Historia olvidada | 3 comentarios

El asno de Roma

La familia de los Escipiones fue una de las más prestigiosas en los tiempos de la República de Roma, sobre todo gracias al Escipión el Africano, el hombre que derrotó a Aníbal y causó el final de Cartago como potencia del Mediterráneo. Pero toda gran familia tiene su pequeña mancha y esta fue provocada por Cneo Cornelio Escipión Asina en el primer enfrentamiento naval contra los cartagineses en los inicios de la Primera Guerra Púnica.

Tras varios años de relaciones amistosas entre las dos principales potencias de la época, Roma y Cartago, en el 264 a. C. comenzó una guerra que se prolongaría durante más de veinte años. El inicio del conflicto fue provocado por un grupo de mercenarios procedentes de la península itálica, denominados mamertinos, que tras instalarse en la ciudad siciliana de Mesina y conseguir repeler un ataque de Siracusa con ayuda de los cartagineses, tuvieron que solicitar al senado romano que les librara de sus “aliados” cartagineses, que se habían instalado en la ciudad con supuestos fines de protección. Los romanos aceptaron la petición y de inmediato desembarcaron en Sicilia expulsando a los cartagineses de Mesina, lo que significó la declaración de guerra oficial a Cartago.

Poco a poco fueron tomando varias ciudades de la isla, pero Roma seguía teniendo una deficiencia importante ya que su fuerza naval era ínfima y no podían hacer frente a la experimentada flota cartaginesa, que se preparaba para desembarcar en Italia. Por ello el senado romano tomó la decisión de construir una flota de guerra, comenzando su construcción en los astilleros de las ciudades de origen griego situadas en el sur de Italia, más experimentadas en navegación, inspirándose para la creación de los navíos en los cartagineses. También necesitaban marineros, por lo que los tuvieron que entrenar rápidamente, pero al no estar aún listos los barcos, recurrieron al curioso sistema de entrenarlos en tierra, simulando las posiciones de remeros en los navíos y enseñándoles a manejar los remos de esta guisa. Estaba claro que este entrenamiento apresurado no presagiaba ya nada bueno.

Las Islas Eolias

Las Isla Eolias. Fuente:wikipedia.org Autor:NormanEinstein

Así llegamos al 260 a. C., cuando la flota de cien quinquerremes y veinte trirremes estuvo lista para el combate. Escipión Asina, cónsul electo de aquel año, tras llegarle rumores de la posible decantación de la ciudad de Lipari, en una de las Islas Eolias, hacia el bando romano, decidió lanzarse a la aventura, partiendo de Mesina con diecisiete navíos. Los romanos fondearon en la bahía de la pequeña isla sin encontrar resistencia, pero su tranquilidad pronto se vería rota. Aníbal Giscón, comandante en jefe de los cartagineses en Sicilia, envió rápidamente al senador Boodes al mando de una pequeña flota de veinte navíos, que aprovechando la noche consiguieron bloquear el puerto impidiendo la huida de los barcos romanos. Con la llegada del día, al verse rodeados por los cartagineses, las tropas romanas abandonaron los barcos huyendo por tierra, dejando solo a Escipión Asina, al que no le quedó otra que rendirse a los cartagineses, dando así por finalizada la denominada Batalla de las Islas Lipari, aunque de batalla tuvo poco como hemos visto. Por esto recibió nuestro pobre cónsul el sobrenombre de Asina, que quiere decir “El asno”, llevando siempre la marca de la primera derrota naval de Roma.

Trirreme

Maqueta de trirreme romano. Fuente:wikipedia.org. Autor:Rama

Pero esta derrota fue solo una pequeña alegría para los cartagineses que poco les duraría, ya que el otro cónsul de aquel año, Cayo Duilio consiguió derrotarlos frente a las costas de Mylae. Pero aún así, la flota romana no fue significativa para el final de la Primera Guerra Púnica, ya que siguió patente la impericia marítima de los romanos tras varios desastres navales que hicieron que se centraran en su poderío militar sobre tierra. Nuestro protagonista también pudo resarcirse de su brillante acción anterior al ser nombrado cónsul nuevamente en el 254 a. C y al mando de una flota de trescientos navíos, junto a su colega Aulo Atilio, puso sitio a la ciudad siciliana de Palermo, tomando finalmente la ciudad, con lo que consiguió ser recompensado con el honor del  triunfo a su regreso, viendo así la ciudad de Roma como un Asno se paseaba triunfante por sus calles.

Publicado por el 16 julio, 2012 en Historia olvidada | Lee el primer comentario

Borromini Vs Bernini : Historia de la rivalidad que esculpió Roma

Un breve paseo por Roma basta para empaparse del espíritu barroco que impregna la ciudad. Con sólo ojear una guía de viajes el nombre de Bernini, arquitecto y escultor responsable de muchas de las obras de arte de la capital italiana, nos asaltará una y otra vez. Bernini está por todas partes. Pero hay otro personaje, mucho menos conocido, cuya historia está ligada íntimamente a la del primero y que también influyó notablemente en el desarrollo del barroco italiano, Francesco Borromini.

Francesco Borromini

Nacido en Bissone (Suiza) en 1599, con veinte años llegó a Roma, donde comenzó a trabajar en las obras de la Basílica de San Pedro junto a su pariente lejano Carlo Maderno, uno de los grandes arquitectos de la época. A la muerte de éste en 1629, Borromini espera coger el testigo de su maestro y ponerse al frente de las obras, pero es desplazado por Gian Lorenzo Bernini, un joven y talentoso escultor que goza de los favores del nuevo papa Urbano VIII. Borromini se ve entonces obligado a trabajar en el equipo de Bernini, con el que también colaboraría en las obras del Palazzo Barberini, pero ya ha nacido entre ellos una rivalidad que duraría toda la vida.

El apoyo del papado fue sin duda un factor determinante en el desarrollo de ambos artistas. Bernini fue el arquitecto predilecto del Vaticano durante los pontificados de siete papas, que vieron en él al hombre perfecto para ensalzar la imagen de la iglesia con obras espectaculares repartidas por toda la ciudad. Sólo durante el papado de Inocencio X (1644-1655) alcanzará Borromini el ansiado puesto de arquitecto principal de Roma. Sin embargo su hegemonía sería breve, ya que con la llegada de Alejandro VII la estrella de Bernini resplandecerá con más fuerza que nunca.

El primer trabajo en solitario de Borromini es también su obra más importante y reconocida. San Carlo alle Quattro Fontane (1634), una pequeña iglesia cuya fachada, que terminaría casi al final de su vida, es toda una obra maestra de la arquitectura barroca. El espectacular juego de volúmenes cóncavo convexo y sus muros ondulantes hacen al espectador olvidar que está contemplando una obra de piedra. Sant Ágnese en Agone, Sant´Ivo alla Sapienza, el Oratorio dei Fillipini y San Giovanni in Laterano son otros de sus trabajos más importantes.

Fachada de la iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane

El rencor que ambos artistas se profesaban no disminuyó con el paso de los años y los enfrentamientos entre ellos siguieron siendo constantes. En 1644, Bernini sufre uno de los peores varapalos de su carrera con la caída del campanario que había diseñado para la fachada de la Basílica de San Pedro. Antes incluso de que saliera la primera grieta, Borromini había criticado con dureza su proyecto argumentando que la torre era demasiado pesada y llegó a acusarle de “incompetencia técnica”. Borromini pudo disfrutar entonces de la única y breve caída en desgracia de su rival.

Unos años más tarde, Bernini se tomaría la revancha al arrebatar a Borromini un proyecto que era prácticamente suyo. Se trataba del encargo de la construcción de la Fontana dei Quattro Fiumi en la Piazza Navona, para la que Borromini había sugerido el tema e incluso había desarrollado el sistema de canalización. Pese a todo, el papa escogió finalmente a Bernini. El grupo escultórico, que representa los cuatro grandes ríos conocidos de la época: el Nilo, el Ganges, el Danubio y el de la Plata, ha sido objeto de una leyenda que ha llegado hasta nuestros días. Una de las figuras masculinas que esculpió Bernini, parece proteger su rostro con la mano levantada. Se decía que era debido a que la iglesia de Sant ‘Agnese in Agone construida por Borromini y situada justo en frente, podía derrumbarse en cualquier momento. El rumor, que surgió sin duda fruto del continuo enfrentamiento entre los dos artistas, era totalmente infundado ya que Bernini construyó la fuente antes que Borromini la iglesia.

Figura del Río de la Plata frente a Sant' Agnese in Agone

De carácter introvertido y huraño, Borromini nunca contó con grandes amigos y llevó una vida tremendamente austera. Poco interesado en el trato con las autoridades ni en riquezas materiales, su gran preocupación era poder llevar a cabo sus obras con absoluta libertad artística.

“Por cierto no desarrollé esta profesión con el fin de ser un simple copista, si bien sé que al inventar cosas nuevas no se puede recibir el fruto del trabajo, siquiera tarde como lo recibió el mismo Miguel Ángel [..] sin embargo el transcurso del tiempo ha puesto de manifiesto que todas sus ideas han resultado dignas de imitación y admiración”.

Hastiado de una vida llena de decepciones y marcada por su eterno conflicto con Bernini, del que nunca salió victorioso, Borromini vivió sus últimos días inmerso en una profunda depresión. Mientras Bernini seguía recibiendo importantes encargos del papado, Borromini ya sólo remataba pequeñas obras para órdenes religiosas sin grandes recursos económicos. En julio de 1667 y tras enterarse de que se había encargado a su adversario la construcción de la tumba del papa Inocencio X, quemó todos sus escritos y diseños y se encerró en su casa, de la que no volvería a salir con vida. Borromini falleció en la noche del 3 de agosto a consecuencia de las heridas que se había producido el día anterior al arrojarse contra su propia espada. Un método utilizado por el filósofo estoico Catón el Jóven, que Borromini decidió seguir tras una discusión con su criado. Estando malherido todavía tuvo tiempo de dejarnos su testimonio de lo que había sucedido.

“[..] Así que comencé a escribir después de la cena, y escribí con el lápiz hasta cerca de las tres de la mañana. Messer Francesco Massari, mi criado joven, quién duerme en la puerta siguiente de mis aposentos ya se había ido a la cama. Viendo que seguía inmóvil escribiendo y no había apagado la luz, me llamó diciendo: -‘Signor Cavaliere, debe usted apagar la luz e ir a dormir porque ya es muy tarde y el médico quiere que descanse’. Así que paré de escribir, alejé de mí el papel, apagué la lámpara y me fui a dormir. Cerca de las cinco o seis de la madrugada me desperté y llamé a Francesco para pedirle que encendiera la lámpara. Como se negó dado que no había dormido suficiente, me puse impaciente y pensé cómo hacerme algún daño corporal. Permanecí en este estado hasta cerca de las ocho, cuando recordé que tenía una espada en el respaldo de la cama, que cayó de punta junto a mi cama. Caí sobre ella con tal fuerza que terminé atravesado en el piso. Debido a mi herida comencé a gritar, con lo que Francesco entró rápidamente al cuarto, abrió la ventana, y al verme herido llamó a otros que me ayudaron a recostarme en la cama y quitarme la espada. Así es como resulté herido”.

Borromini pidió ser enterrado en una tumba sin nombre al lado del que había sido su maestro, Carlos Maderno en la Iglesia de San Giovanni dei Fiorentini. Quizá nunca llegó a sentirse digno de que la gente recordara su nombre.

Esta es la historia de Bernini y Borromini, dos hombres que vivieron un duelo de artistas cuyo fruto fue la mejor versión de barroco italiano.




Gracias por haberme hecho llegar esta historia tan interesante.

Publicado por el 27 junio, 2011 en Historia olvidada | 11 comentarios