Los otros Juegos no Olímpicos

Hace pocas semanas que hemos podido ver como el enésimo intento de Madrid para convertirse en ciudad olímpica en 2020 acababa sumergido en una relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor. Pero en la antigüedad no solo existieron los Juegos Olímpicos, también se celebraron otros juegos que quizás Madrid podría resucitar. En la antigua Grecia se organizaban otros tres grandes tipos de juegos que junto a los Olímpicos conformaban los llamados Juegos Panhelénicos, que se celebraban a lo largo del ciclo de cuatro años al cual los griegos denominaban una Olimpiada.

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Los primeros, que se celebraban, al año siguiente de los Olímpicos, eran los Juegos Nemeos, en honor a Zeus, que se celebraron en las cercanías de la ciudad de Cleonas, en la zona de Nemea, y  también en la ciudad de Argos, según el periodo de tiempo. Algunas leyendas sitúan su origen como una conmemoración de una de las doce pruebas de Heracles (el nombre griego de Hércules), la muerte del león de Nemea. Comprendían pruebas de carreras a pie, carreras de caballos y carros, lucha, boxeo, tiro con arco y lanzamiento de jabalina y disco. El mismísimo padre de Alejandro Magno, Filipo de Macedonia, llegó a ostentar la presidencia de los Juegos, revividos durante su mandato. Estos juegos también se repetían en el cuarto año de la Olimpiada. En 1996 la Sociedad para el Renacimiento de los Juegos Nemeos, creada en la Universidad de Berkeley, volvió a celebrar estos juegos de una forma bastante informal, más una especie de fiesta familiar que un evento internacional, que ha continuado organizando los juegos cada cuatro años, los últimos en el pasado 2012.

Los siguientes, celebrados en el Istmo de Corinto, la franja de tierra que une la Grecia continental y la península del Peloponeso, también durante el segundo año de la Olimpiada, eran los Juegos Ístmicos. Su origen está en las celebraciones funerarias por la muerte de Melicertes, el sobrino de Sísifo, cuyo cuerpo encontró el rey corinto en una de las orillas del Itsmo. Las pruebas deportivas eran similares a las de los Olímpicos y los Nemeos, y llegaron a celebrarse hasta que el emperador Teodosio prohibiese las celebraciones paganas en su afán por afianzar el cristianismo en su imperio. Igual que los Nemeos, se celebraban también en el año anterior a los Olímpicos.

Durante el tercer año de la Olimpiada tenían lugar en Delfos, hogar del famoso Oráculo, los Juegos Píticos, en honor al dios Apolo, que según la leyenda había sido quién había instaurado estos Juegos tras la derrota de la gran serpiente Pitón. Tenían la peculiaridad de que aparte de las pruebas deportivas, también había competiciones de música, teatro, danza y pintura.

Fuera de los considerados los Juegos Panhelénicos se sitúan los Juegos Hereos, en honor a la diosa Hera, cuyos participantes eran exclusivamente mujeres. Se celebraban también cada cuatro años, probablemente el mismo año que los Olímpicos, poco antes que estos, y consistían en carreras de mujeres organizadas por edades en el estadio de Olimpia. Al contrario que los deportistas de los demás juegos, que competían desnudos, en los Hereos las mujeres vestían una túnica corta, el quitón másculino, que dejaba al descubierto su hombro y pecho derechos. Recordemos que inicialmente a las mujeres les estaba prohibido tanto competir como asistir a los Juegos Olímpicos, por lo que esta celebración nacería como una alternativa a esta prohibición.

Os hemos ofrecido cuatro alternativas magníficas para que Madrid pueda tener sus propios Juegos, solo falta que las autoridades competentes tomen cartas en el asunto y se decidan por alguna de estas opciones. Nos mantenemos a la espera.

Publicado por el 14 octubre, 2013 en Actualidad, Historia olvidada | Lee el primer comentario

Un Metro de Historia

Dentro del proceso de “madrileñización” de un foráneo hay ciertos cambios habituales en las conductas y las percepciones, pasos típicos en la adaptación al entorno. Tras años de rodaje por la capital, uno acumula kilómetros en la serpiente subterránea que traquetea bajo los suelos más o menos sórdidos de la Villa y Corte y pocas cosas le asombran ya como el primer día, siendo capaz de viajar con su mundo interior, su libro o su banda sonora particular, abstraído de las pequeñas historias que se transportan en los vagones, cuadros móviles del costumbrismo urbano.

En ocasiones, en cambio, uno retorna a su reflejo provinciano de observación, escucha y cierta actitud defensiva, y puede, en su soledad multitudinaria, contemplar alguna historia de amor, resquicios de otras vidas e ilusiones y un buen puñado de miradas tristes. La omnipresencia de los teléfonos móviles y ese convencimiento, tan capitalino, de que los seis grados de separación no viajan en transporte público también ponen a disposición de los oídos ciudadanos una buena galería de indiscreciones e injurias varias. No es éste el caso de dos parejas que el otro día charlaban animadamente, de pie y en actitud relajada, en un vagón del suburbano y que, recordando un viaje pasado, alababan las cualidades turísticas del mexicano destino de Puerto Vallarta mientras el convoy aminoraba la velocidad y entraba en la estación de Núñez de Balboa. Curiosa unión entre las pequeñas historias y la Historia, el mayor océano del planeta, que baña su límite continental en la costa jalisciense, se reencontraba con su descubridor en una parada de la morada línea nueve. Unamuno, quizá, diría que la intrahistoria, incluidas las desesperanzadoras historias que retratan a un país, viaja en metro, pero, la Historia, en cierto modo, también. O al menos podemos viajar hacia ella de estación en estación de la colorida maraña que mueve la urbe madrileña.

Curiosidad o manía, siempre me ha intrigado el origen de los nombres de los pueblos, las calles o… las estaciones de metro. La conexión 3G y la nunca suficientemente alabada Wikipedia ayudan mucho a resolver in situ estas dudas pero, más allá de la duda resuelta, el dato en sí, o incluso de los hechos históricos que se esconden tras él, los planos y callejeros pueden ser vistos realmente como mapas de la memoria colectiva. Moviéndonos con estos planos también podemos transitar por la Historia y sus personajes, y como un servidor y humilde aficionado encuentra buena cualquier excusa para divulgar historias del pasado que puedan servir de abono para el futuro,  presentamos aquí una serie de artículos para que viajemos un poco, metro a metro, en el metro. En un metro de Historia. Próximas paradas: Núñez de Balboa y Pacífico.

Publicado por el 4 febrero, 2013 en Historia olvidada | Lee el primer comentario

Una de asturianos en Madrid

No era mi intención al empezar a escribir este artículo exponer la evolución de la llegada a Madrid de asturianos (y asturianas, por supuesto, pero advierto para lo sucesivo de que soy de los que aún escribe “como antes”), pero el conocimiento de algunos hechos sueltos y la existencia del fenómeno en la actualidad, con las peculiaridades propias de nuestra época, se han juntado en un fino hilo que podría unir a un campesino súbdito de Felipe V que mira entre la bruma el enfangado camino que le llevará más allá de las montañas y a un informático de la “generación Alsa”. La Historia tiene estas cosas…

Son bastantes los que hoy en día tienen en Madrid un amigo, conocido o compañero de trabajo asturiano. La realidad más reciente de Asturias ha dibujado un traslado masivo de jóvenes astures hacia la capital, que se cuentan por miles cada año, al que unos llaman “movilidad laboral”, otros emigración con todas las letras y y que incluso algún despistado considera una leyenda urbana, como la chica de la curva…

El perfil del asturiano tipo que llega y ha llegado a Madrid en la última década encaja con un/a joven de edad comprendida entre los 25 y los 35 años, con alta cualificación y que se desplaza a la capital del Reino por motivaciones laborales. Tienen sus asociaciones y celebran su fiestas, pero estos emigrantes no son como los de antes.
Y sin embargo no es una historia totalmente nueva. Los asturianos han poblado en cantidades apreciables las calles madrileñas desde al siglo XVI, representando uno de los flujos migratorios internos más relevantes de la historia de España. Los llamados “coritos” (se cree que por su vestimenta de cuero), conocidos antaño por su cuello corto, y blanco de mofas y chistes de la época por su peculiar forma de hablar,  salieron de su tradicionalmente olvidada tierra y se integraron en las clases populares de la Villa y Corte, llegando casi a monopolizar los oficios de aguador y sereno en la capital, y desempeñando otros varios como mozo de cuerda, carbonero o ama de cría.

Aguador

Este proceso llevó a que en la primera mitad del siglo XIX la comunidad de inmigrantes asturianos en Madrid fuese de las más numerosas, si no la más, de entre todas las que se encontraban en la capital procedentes de otras regiones. Del mantenimiento de su unión y sus costumbres y también, todo hay que decirlo, de su tendencia a “llamar la atención” al juntarse, encontramos una gran muestra en el siguiente bando municipal publicado en Madrid en 1803:

“Por haberse notado, que los asturianos que se ocupan en ser mozos de cuerda, aguadores, apeadores de carbón, sirvientes y en otros exercicios, se juntan en el prado que llaman del Corregidor, inmediato a la Fuente de la Teja, de que resultan alborotos, quimeras, heridos y otros escándalos; se prohíbe, que en cualquiera día o noche se junten en quadrillas los asturianos u otras personas con palos ni sin ellos, así en el citado prado del Corregidor, como en otro parage a las afueras de esta corte, con motivo de tener el bayle de la danza prima ni otro alguno; ni susciten quimeras o questiones, formando bandos en defensa de sus concejos, ni sobre otro asunto…” (Bando de 23 de junio de 1803)

Otra prueba de la gran presencia de asturianos se puede observar el 2 de mayo de 1808, cuando el pueblo de Madrid se alza contra el invasor francés. Ese día el precio que paga la comunidad asturiana es alto (proporcionalmente más que lo que le correspondería por su representación en la población total), dejándose la vida en las agitadas calles madrileñas, según las fuentes, 35 asturianos.
Como inciso, indicar que las noticias de los sucesos de Madrid llegan a Asturias el 9 de mayo, y el día 25 la Junta del Principado se declara soberana, forma un ejército y declara por su cuenta la guerra a Francia, llegando a enviar embajadores asturianos ante el rey Jorge III de Inglaterra, pero esto da para otro artículo…

Dos de mayo

En la segunda mitad del siglo XIX y durante parte del siglo XX la emigración asturiana se focaliza principalmente hacia América y Europa, aunque la presencia de asturianos en Madrid seguirá siendo palpable. En el Madrid convulso que siguió a la revolución de 1868 el grupo de “los de Oviedo” (Clarín, Tomás Tuero, Palacio Valdés…) se reunía para arreglar el mundo ante unas cervezas y cultivaba sus dotes literarias. En 1881 se funda el Centro Asturiano de Madrid, la segunda sociedad española de este tipo en el mundo (tras el Centro Gallego de la Habana) y la más antigua que las que aún continúan en funcionamiento.
Corre el año 1888 cuando nace el histórico Café Gijón, famoso punto de encuentro de intelectuales y donde aún hoy se puede acudir a evocar los ecos de otros tiempos en pleno paseo de Recoletos (doy fe).
En la década de 1930 surge el Corte Inglés de manos de comerciantes asturianos…

Y, en definitiva, así podríamos juntar muchas pequeñas historias personales que han contribuido, al menos algo, a que Madrid y Asturias sean hoy lo que son.

fuente:buscolu.com

Publicado por el 23 septiembre, 2011 en Historia olvidada | 2 comentarios