La primera patente de la historia

Cada cierto tiempo en las noticias de tecnología siempre aparece algún tema relacionado con la demandas de patentes entre grandes empresas tecnológicas: Apple demanda a Samsung o Google y esta contraatacan con otras demandas. Las patentes nacieron para proteger los intereses de los inventores concediéndoles derechos exclusivos sobres sus invenciones con el fin de fomentar la innovación. A lo largo de la historia son muchos los inventos patentados pero ¿cual fue la primera vez que se patentó algo?. Para responder a esta pregunta tenemos que remontarnos a la Florencia de principios del siglo XV donde el arquitecto Brunelleschi consiguió la que se considera la primera patente de la historia.

Filippo Brunelleschi de Andrea Cavalcanti Autor:shakko [CC BY-SA 3.0]

Filippo Brunelleschi de Andrea Cavalcanti Autor:shakko [CC BY-SA 3.0]

Filippo Brunelleschi fue principalmente uno de las grandes arquitectos del Renacimiento italiano, además de realizar también obras escultóricas, pinturas y orfebrería. Su obra más conocida es la cúpula de la catedral de Florencia, uno de los símbolos de la ciudad, que demostraron su pericia técnica y sus conocimientos matemáticos para construir una cúpula de base octogonal inspirada en la del Panteón de Roma. No solo demostró su habilidad como arquitecto, sino que también como ingeniero para el diseño de las máquinas y grúas necesarias para elevar los materiales para construir la cúpula, y precisamente esa faceta de su trabajo fue la que le llevó a conseguir patentar uno de sus inventos.

Brunelleschi era un hombre que guardaba celosamente sus diseños por el temor de que pudieran copiarlos y prescindir de él. En el concurso para el diseño de la cúpula de la Catedral de Florencia había presentado un modelo incompleto para asegurarse de tener el control sobre la edificación y cuando llegó la ocasión de llevar a cabo la construcción de una de sus invenciones, un sistema para transportar el mármol de Carrara a través del complicado río Arno, debido a sus corrientes imprevisibles, hasta las puertas de la ciudad, antes de hacerlo solicitó a los mandatarios de las República de Florencia que le concedieran prerrogativas sobre dicha invención, siendo bastante vago el los detalles que la describían. El consejo de Florencia le concedió el 19 de Junio de 1421 el derecho durante tres años sobre su creación, que consistía básicamente en una barcaza con una grúa para cargar y descargar el mármol, y también el derecho a quemar cualquier tipo de navío que copiara sus diseños. En las ciudades de la Italia renacentistas ya era habitual la concesión de monopolios sobre ciertas construcciones o técnicas artesanas, pero lo que distinguió al caso de Brunelleschi fue que esta vez se concedió sobre una invención y el beneficiado era el propio inventor, es por ello que se la considera como la primera patente según se entiende en la actualidad.

Il Badalone según Taccola en su libro De Ingenis.

Il Badalone según Taccola en su libro De Ingenis.

Lamentablemente para Brunelleschi, a pesar de haber conseguido la patente, no tuvo mucho éxito con ella, ya que tras mostrar su invención en 1424, llamada Il Badalone, construida con grandes dificultades, tuvieron que transcurrir tres años para que pudiera ser usada. Ese momento llegó cuando tuvo que transportar mármol para la cúpula de la catedral en 1427, pero este viaje acabó en desastre al hundirse la barcaza a la altura de la ciudad de Empoli, siendo este el primer y último periplo conocido de la primera invención patentada de la historia.

Publicado por el 2 febrero, 2015 en Historia olvidada | Lee el primer comentario

La última carga de la caballería

La corneta tocaba a carga y una voz se alzaba: ¡Avanti Savoia! La respuesta ante el grito fue unánime y en cuanto su eco se apagó el sonido de los cascos y el desenvainar de sables desplazó al mortal silencio de guerra que sobrevolaba la estepa rusa.
Los soldados soviéticos contemplaban atónitos cómo los corceles apretaban el galope y se acercaban, como en otros tiempos y otras guerras, a sus posiciones. Quizá sin saberlo eran testigos de la que se podría considerar la última carga de la caballería (o al menos seguro una de las últimas)

Desde la edad de bronce el hombre y el caballo han tenido una relación tan estrecha que es difícil encontrar ejemplos de uniones tan beneficiosas en la Historia, la cual ha sido escrita en infinidad de ocasiones, en la paz y en la guerra, a lomos de un équido. La nobleza de los cuadrúpedos ha acompañado los sucesos clave de grandes civilizaciones y ha sido la base de temibles unidades militares en los más poderosos ejércitos, desde los jinetes macedonios del gran Alejandro Magno hasta los coraceros de Napoleón.

caballería
Esto ya no ocurría en el verano de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, cuando la ofensiva soviética hacia el río Don amenazaba con envolver al ejército expedicionario italiano que acompañaba a las tropas del Tercer Reich en su arriesgado empeño de someter al gigante comunista. Las ametralladoras primero, y los vehículos blindados después, habían reducido de forma drástica la importancia del caballo en los ejércitos occidentales, al menos como elemento para el combate, ya que aún seguían usándose para el reconocimiento y transporte de suministros.

El tercer regimiento “Savoia Cavalleria”, uno de los más antiguos de la caballería del ejército italiano (creado en el siglo XVII), comandado en aquella jornada del verano ruso por el coronel Alessandro Bettoni, arrolló, ayudado por el factor sorpresa, a un contingente soviético muy superior en número y armamento, logrando una pequeña gesta para las armas transalpinas y dejando un epílogo victorioso para el caballo en la desgraciada historia de las guerras.

Escudo del Regimiento Savoia

Los ingleses recuerdan las últimas carga de su caballería, contra los derviches en Sudán (vivida en primera persona por el propio Winston Churchill), o contra los otomanos en las inmediaciones de Jerusalén en la Primera Guerra Mundial. Los españoles posiblemente se han olvidado la de la suya, en tierras turolenses en aquel frío invierno del 38.

Los italianos ponían el último capítulo bélico afamado en la relación secular de caballos y jinetes. Fueron los últimos galopes furibundos, la escena final de una época que realmente ya se extinguía desde varias décadas antes.La última carga de la caballería y el fin de los tiempos de los caballeros.

Publicado por el 13 diciembre, 2011 en Historia olvidada | Lee el primer comentario