Juan Caramuel Lobkowitz, el monje enciclopédico

Visto como se ha tratado de siempre a la ciencia en España, no es de extrañar que un autentico superdotado científico como Juan Caramuel Lobkowitz haya sido tan injustamente olvidado. El que podríamos considerar el máximo representante del Renacimiento tardío español, ya entrado en El Barroco, fue matemático, filósofo, estratega militar, teólogo, astrónomo, lingüista, políglota, musicólogo, estudioso del arte y arquitecto, entre muchas otras cosas. Prácticamente se puede decir que pocas fueron las ramas de la ciencia y de las humanidades que no tocara este genio sin par.

Juan Caramuel Lobkowitz Fuente:wikipedia.org

Nacido en Madrid en 1606, su padre fue el ingeniero militar Lorenzo Caramuel y su madre fue la checa Catalina de Frisia. Su progenitor le inculcó desde muy joven el interés por la astronomía y las matemáticas, y ya desde su infancia destacó por su inteligencia superior, llegando a crear tablas astronómicas y a realizar estudios de gramática antes de cumplir los doce años. Hacia 1620 entra a formarse en la Universidad de Alcalá de Henares, donde cursa Humanidades, Gramática, Retórica y Poética, y Filosofía, y en 1625 entra a formar parte de la orden del Císter en el Monasterio de la Espina en Valladolid.  A partir de aquí comienza su aventura vital más importante, que le lleva a recorrer, gracias a su carrera religiosa, buena parte de Europa, siendo abad en Escocia, vicario en Inglaterra, Superior–abad en Viena, Gran–Vicario del Arzobispo de Praga, y obispo en la ciudades italianas de Maguncia, Satrianun y Vigevano, donde terminarían sus días. Su curiosidad infinita le hizo interesarse por todo aquel estudio del que tenía conocimiento y discutir, polemizar e indagar sobre la vida, la ciencia, lo que se podía ver y lo que no se podía ver, lo cual le llevó a relacionarse con la flor y la nata de los sabios de la época, como el filósofo René Descartes, el polígrafo Athanasius Kircher o el médico Johannes Marcus Marci, entre muchos otros.

Algunos le denomina el Leibniz español, pero sinceramente eso es quedarse corto. El sobrenombre le viene principalmente porque se adelantó a este gran matemático en treinta años al presentar la primera descripción impresa del sistema binario en su Mathesis biceps. Pero también realizó otros muchos aportes a la matemáticas, como realizar la primera tabla de logarítmos en España, crear un nuevo método para la trisección de un ángulo o elaborar un tratado sobre probabilidad que fue seguramente la inspiración de Pascal para sus teorías probabilísticas.

Portada de Mathesis Biceps, en cuyo índice se puede ver la multitud de temas tratados

Gracias a sus contactos con Kircher y Marci tuvo conocimiento del enigmático, y aún hoy indescifrado, manuscrito Voynich, lo cual le hizo interesarse por la criptografía. A este intereses también influyo el descubrimiento en una biblioteca de Lovaina de un ejemplar de la Stegenographia del abad Juan Tritemio, un libro condenado por la Santa Inquisición que versaba sobre el lenguaje cifrado, y fascinado por este tratado decidió escribir su propia versión e investigar sobre el lenguaje oculto de la Cábala judía.

Su pasión por la astronomía le llevó a buscar métodos para medir la Tierra, de cuyas investigaciones determinaría que debido la refracción de la atmósfera los astros tenían una posición aparente. Por sus estudios realizados sobre los movimientos de los péndulos, llega a la certera conclusión de que los planetas no se mueven en círculos, sino que lo hacen en elipses imperfectas. Y su aportación práctica al mundo astronómico llegaría con su método para calcular la longitud según la posición de la Luna que se aplicaría en la navegación marítima.

Otra de sus principales facetas fue la de lingüista y polígrafo. Se afirma que llegó a dominar más de veinte lenguas, citándose entre ellas el latín, el griego, el persa, el hebreo, el chino y el árabe, idiomas que usó en muchos de sus escritos, como la refutación que realizó del Corán, que fue escrita en árabe para poder llegar al mundo musulman. Su contactos con un misionero que había estado en China le llevan a interesarse por la lengua de ese lejano país, llegando a escribir la que probablemente sea la primera gramática china que se hizo en Europa. En esta lengua encuentra elementos de la lengua universal que tanto le interesaba encontrar, ya que los ideogramas chinos se basan en las cosas en si mismas, no en la composición de letras para nombrar las cosas. Ya con diez años se había empezado a fascinar por el estudio de la lingüística, y con el transcurrir de los años fue desarrollando sus teorías sobre un lenguaje universal que quedarían plasmados en su obra Primus Calamus ob oculos ponens Metametricum quae variis currentium, recurrentium, adscendentium… multiformes labyrintos exornat, publicada en 1663, que serviría siglos después como inspiración para la creación del Esperanto. También se interesó por el propio mundo de la impresión de los libros, escribiendo sobre tipografía, haciendo la primera normalización sobre el uso de la cursiva, la numeración de las páginas y estilos en títulos y subtítulos. Dentro de lo que podríamos denominar  mundo “protoeditorial”  llegó a presentar algunos de los primeros escritos juristas sobre la protección de la propiedad intelectual, en defensa de los escritores que veían como los editores tenían todo los derechos sobre sus propias obras.

Plaza de Vigevano

La arquitectura tampoco escapó a su curiosidad, volcando todos sus conocimientos en Architectura civil, recta y obliqua, una obra especulativa que ilustraba con calcografías cómo se debía desarrollar la arquitectura, destinada para aprendices y estudiosos del tema. Este libro fue publicado casi al final de su vida, durante su estancia en Vigevano, ciudad dónde diseñó la fachada de la catedral y realizó una reorganización urbanística con el fin armonizar la citada catedral con la plaza de la población. Se comenta incluso que suya fue la idea de la Columnata de Bernini en El Vaticano, aunque lo único cierto es que Caramuel atacó a la obra de Bernini diciendo que la columnata tenía tantos errores como columnas la componían. Es por estas labores que a día de hoy una de las pocas cosas que recuerdan su nombre en España es la Cátedra Juan Caramuel de Arquitectura en la Universidad de Alcalá de Henares.

Otra peculiar faceta de su vida es que llegó a ser diplomático y espía del rey Felipe IV durante su estancia en Bohemia, participando en los debates de la Paz de Westfalia para finalizar los enfrentamientos de la Guerra de los Treinta Años que asolaba Europa. Ya en su juventud durante el sito de Lovaina por el Principe de Orange trabajó en la defensa de la ciudad como ingeniero militar, gracias a lo cual obtuvo sus nombramientos en Escocia e Inglaterra.

Se podría seguir llenando páginas y páginas con todo aquello que interesó a este insigne madrileño, pero con lo hasta aquí expuesto puede servir como muestra de la genialidad de Juan Caramuel. Fue tan prolífico escribiendo que algunos dicen que escribió tanto como Lope de Vega, aunque se estima que llegó a publicar cerca de trescientos libros. Él mismo contaba en cierta ocasión una anécdota refiriéndose a una visita, ocurrida veinte años antes,  que le hizo el emperador del Sacro Imperio, Fernando III, en el monasterio del que era abad, el cual al ver un arcón lleno con todas las obras del monje, exclamó que si no lo estuviera viendo, nunca hubiera creído que una sola mano pudiera haber escrito tantos libros. Caramuel añadía divertido que ahora ya tenía cuatro arcones llenos.

Hasta su muerte en 1682 fue una figura prominente de los eruditos de la época, pero con el paso de los siglos, las arenas del tiempo han ido engullendo su recuerdo hasta la actualidad en que se ha convertido en un autentico desconocido. Sirva este pequeño artículo como homenaje a este prodigio de nuestra historia que vivió en un tiempo en que un solo hombre aún podía abarcar todos los conocimientos de la humanidad.

Publicado por el 28 junio, 2011 en Historia olvidada | Lee el primer comentario

Borromini Vs Bernini : Historia de la rivalidad que esculpió Roma

Un breve paseo por Roma basta para empaparse del espíritu barroco que impregna la ciudad. Con sólo ojear una guía de viajes el nombre de Bernini, arquitecto y escultor responsable de muchas de las obras de arte de la capital italiana, nos asaltará una y otra vez. Bernini está por todas partes. Pero hay otro personaje, mucho menos conocido, cuya historia está ligada íntimamente a la del primero y que también influyó notablemente en el desarrollo del barroco italiano, Francesco Borromini.

Francesco Borromini

Nacido en Bissone (Suiza) en 1599, con veinte años llegó a Roma, donde comenzó a trabajar en las obras de la Basílica de San Pedro junto a su pariente lejano Carlo Maderno, uno de los grandes arquitectos de la época. A la muerte de éste en 1629, Borromini espera coger el testigo de su maestro y ponerse al frente de las obras, pero es desplazado por Gian Lorenzo Bernini, un joven y talentoso escultor que goza de los favores del nuevo papa Urbano VIII. Borromini se ve entonces obligado a trabajar en el equipo de Bernini, con el que también colaboraría en las obras del Palazzo Barberini, pero ya ha nacido entre ellos una rivalidad que duraría toda la vida.

El apoyo del papado fue sin duda un factor determinante en el desarrollo de ambos artistas. Bernini fue el arquitecto predilecto del Vaticano durante los pontificados de siete papas, que vieron en él al hombre perfecto para ensalzar la imagen de la iglesia con obras espectaculares repartidas por toda la ciudad. Sólo durante el papado de Inocencio X (1644-1655) alcanzará Borromini el ansiado puesto de arquitecto principal de Roma. Sin embargo su hegemonía sería breve, ya que con la llegada de Alejandro VII la estrella de Bernini resplandecerá con más fuerza que nunca.

El primer trabajo en solitario de Borromini es también su obra más importante y reconocida. San Carlo alle Quattro Fontane (1634), una pequeña iglesia cuya fachada, que terminaría casi al final de su vida, es toda una obra maestra de la arquitectura barroca. El espectacular juego de volúmenes cóncavo convexo y sus muros ondulantes hacen al espectador olvidar que está contemplando una obra de piedra. Sant Ágnese en Agone, Sant´Ivo alla Sapienza, el Oratorio dei Fillipini y San Giovanni in Laterano son otros de sus trabajos más importantes.

Fachada de la iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane

El rencor que ambos artistas se profesaban no disminuyó con el paso de los años y los enfrentamientos entre ellos siguieron siendo constantes. En 1644, Bernini sufre uno de los peores varapalos de su carrera con la caída del campanario que había diseñado para la fachada de la Basílica de San Pedro. Antes incluso de que saliera la primera grieta, Borromini había criticado con dureza su proyecto argumentando que la torre era demasiado pesada y llegó a acusarle de “incompetencia técnica”. Borromini pudo disfrutar entonces de la única y breve caída en desgracia de su rival.

Unos años más tarde, Bernini se tomaría la revancha al arrebatar a Borromini un proyecto que era prácticamente suyo. Se trataba del encargo de la construcción de la Fontana dei Quattro Fiumi en la Piazza Navona, para la que Borromini había sugerido el tema e incluso había desarrollado el sistema de canalización. Pese a todo, el papa escogió finalmente a Bernini. El grupo escultórico, que representa los cuatro grandes ríos conocidos de la época: el Nilo, el Ganges, el Danubio y el de la Plata, ha sido objeto de una leyenda que ha llegado hasta nuestros días. Una de las figuras masculinas que esculpió Bernini, parece proteger su rostro con la mano levantada. Se decía que era debido a que la iglesia de Sant ‘Agnese in Agone construida por Borromini y situada justo en frente, podía derrumbarse en cualquier momento. El rumor, que surgió sin duda fruto del continuo enfrentamiento entre los dos artistas, era totalmente infundado ya que Bernini construyó la fuente antes que Borromini la iglesia.

Figura del Río de la Plata frente a Sant' Agnese in Agone

De carácter introvertido y huraño, Borromini nunca contó con grandes amigos y llevó una vida tremendamente austera. Poco interesado en el trato con las autoridades ni en riquezas materiales, su gran preocupación era poder llevar a cabo sus obras con absoluta libertad artística.

“Por cierto no desarrollé esta profesión con el fin de ser un simple copista, si bien sé que al inventar cosas nuevas no se puede recibir el fruto del trabajo, siquiera tarde como lo recibió el mismo Miguel Ángel [..] sin embargo el transcurso del tiempo ha puesto de manifiesto que todas sus ideas han resultado dignas de imitación y admiración”.

Hastiado de una vida llena de decepciones y marcada por su eterno conflicto con Bernini, del que nunca salió victorioso, Borromini vivió sus últimos días inmerso en una profunda depresión. Mientras Bernini seguía recibiendo importantes encargos del papado, Borromini ya sólo remataba pequeñas obras para órdenes religiosas sin grandes recursos económicos. En julio de 1667 y tras enterarse de que se había encargado a su adversario la construcción de la tumba del papa Inocencio X, quemó todos sus escritos y diseños y se encerró en su casa, de la que no volvería a salir con vida. Borromini falleció en la noche del 3 de agosto a consecuencia de las heridas que se había producido el día anterior al arrojarse contra su propia espada. Un método utilizado por el filósofo estoico Catón el Jóven, que Borromini decidió seguir tras una discusión con su criado. Estando malherido todavía tuvo tiempo de dejarnos su testimonio de lo que había sucedido.

“[..] Así que comencé a escribir después de la cena, y escribí con el lápiz hasta cerca de las tres de la mañana. Messer Francesco Massari, mi criado joven, quién duerme en la puerta siguiente de mis aposentos ya se había ido a la cama. Viendo que seguía inmóvil escribiendo y no había apagado la luz, me llamó diciendo: -‘Signor Cavaliere, debe usted apagar la luz e ir a dormir porque ya es muy tarde y el médico quiere que descanse’. Así que paré de escribir, alejé de mí el papel, apagué la lámpara y me fui a dormir. Cerca de las cinco o seis de la madrugada me desperté y llamé a Francesco para pedirle que encendiera la lámpara. Como se negó dado que no había dormido suficiente, me puse impaciente y pensé cómo hacerme algún daño corporal. Permanecí en este estado hasta cerca de las ocho, cuando recordé que tenía una espada en el respaldo de la cama, que cayó de punta junto a mi cama. Caí sobre ella con tal fuerza que terminé atravesado en el piso. Debido a mi herida comencé a gritar, con lo que Francesco entró rápidamente al cuarto, abrió la ventana, y al verme herido llamó a otros que me ayudaron a recostarme en la cama y quitarme la espada. Así es como resulté herido”.

Borromini pidió ser enterrado en una tumba sin nombre al lado del que había sido su maestro, Carlos Maderno en la Iglesia de San Giovanni dei Fiorentini. Quizá nunca llegó a sentirse digno de que la gente recordara su nombre.

Esta es la historia de Bernini y Borromini, dos hombres que vivieron un duelo de artistas cuyo fruto fue la mejor versión de barroco italiano.




Gracias por haberme hecho llegar esta historia tan interesante.

Publicado por el 27 junio, 2011 en Historia olvidada | 13 comentarios