¿Vikingos en España?

Fenicios, griegos, celtas, cartagineses, romanos, visigodos, árabes…y vikingos. Los temibles guerreros procedentes de Escandinavia también pasaron por la Península Ibérica.

“De la furia de los hombres del norte líbranos, Señor”. Era un rezo repetido en las iglesias de Europa. Moviéndose en oleadas hacia el sur del continente a bordo de sus naves (drakkars, quizá el elemento clave de su poderío militar), desde Moscú hasta Lisboa, los paganos originarios de Dinamarca, Noruega y Suecia causaban terror entre los reinos cristianos, que tenían enormes dificultades para frenar sus ataques, feroces e impredecibles. Famosos por sus aterradoras incursiones desde el mar, los vikingos, corpulentos y sanguinarios, comenzaron a hacerse notar a finales del siglo VIII con sus asaltos en las islas británicas, las cuales llegarían a someter durante muchos años. El pueblo vikingo, al que hasta hoy rodea un aura misteriosa, con su escritura en runas, su fascinante mitología de dioses guerreros, su Valhalla y sus valquirias (todo ello popularizado por la obra wagneriana), tenía predilección por las acciones de pillaje y los territorios hispanos también estuvieron en su lista de objetivos.

Embarcación vikinga (fuente: celiticattic.com)

Aunque las fuentes historiográficas son escasas, se cree que en el verano del año 844 un gran número de naves vikingas fueron avistadas frente a las costas de Gijón. El gran contingente de guerreros nórdicos llegaba a las costas asturianas después de una serie de asaltos en Francia. El Reino de Asturias, exponente de la resistencia cristiana a los invasores musulmanes, era por aquel tiempo un territorio rural y pobre, plagado de quintanas y pequeñas aldeas marineras, en el que quizá ni siquiera Gijón u Oviedo (reciente capital del Reino) podrían ser consideradas como ciudades de importancia. En este sentido, no se sabe con seguridad hasta qué punto las tierras asturianas fueron saqueadas, ya que los vikingos buscaban botines cuantiosos en sus asaltos y no parece que pudieran hallar grandes riquezas en el joven reino astur.

Bordeando la costa, la expedición vikinga se desplazó hacia el oeste hasta avistar la torre de Hércules, y desembarcar para arrasar el pueblo de Brigantium (La Coruña), pensando que junto a semejante construcción debería encontrar con qué saciar su ansia de pillaje. No debió de ser así, y lo que sí se encontraron fue un ejército enviado por el Rey de Asturias, Ramiro I, que les expulsó de vuelta al mar y destruyó varias de sus naves.

La Península Ibérica a comienzos del siglo IX (fuente:Wikipedia)

Tras moverse hacia el sur e intentar, sin conseguirlo, entrar en Lisboa, los vikingos tomaron Cádiz y, penetrando por el Guadalquivir, alcanzaron Sevilla, ciudad que saquearon bien a gusto hasta que llegó hasta ellos el contingente formado por Abderramán II y, tras comprobar su inferioridad frente a las tropas musulmanas, se retiraron dando por finalizada la primera incursión en la Península Ibérica. Pero no sería la última. Aparte de otras incursiones menores, entre los años 859 y 862 los vikingos volvieron a asolar las costas gallegas y andaluzas, llegaron hasta las Baleares y saquearon Pamplona tras remontar el Ebro. En el 970, en otra gran campaña, tomaron la misma Santiago de Compostela, ciudad cuya fama se había extendido por Europa. Como consecuencia de estos ataques, los reinos peninsulares comenzaron a dedicar más recursos a la fortificación y protección de sus costas, ante la amenaza de los “hombres del norte”, que continuaría hasta el siglo XII.

Hoy en día, en la localidad pontevedresa de Catoira, se conmemora cada verano el hecho histórico con la celebración de la Romería Vikinga, convirtiendo en fiesta lo que en su día fue pavor.

Publicado por el 30 julio, 2012 en Historia olvidada | 3 comentarios

Una de asturianos en Madrid

No era mi intención al empezar a escribir este artículo exponer la evolución de la llegada a Madrid de asturianos (y asturianas, por supuesto, pero advierto para lo sucesivo de que soy de los que aún escribe “como antes”), pero el conocimiento de algunos hechos sueltos y la existencia del fenómeno en la actualidad, con las peculiaridades propias de nuestra época, se han juntado en un fino hilo que podría unir a un campesino súbdito de Felipe V que mira entre la bruma el enfangado camino que le llevará más allá de las montañas y a un informático de la “generación Alsa”. La Historia tiene estas cosas…

Son bastantes los que hoy en día tienen en Madrid un amigo, conocido o compañero de trabajo asturiano. La realidad más reciente de Asturias ha dibujado un traslado masivo de jóvenes astures hacia la capital, que se cuentan por miles cada año, al que unos llaman “movilidad laboral”, otros emigración con todas las letras y y que incluso algún despistado considera una leyenda urbana, como la chica de la curva…

El perfil del asturiano tipo que llega y ha llegado a Madrid en la última década encaja con un/a joven de edad comprendida entre los 25 y los 35 años, con alta cualificación y que se desplaza a la capital del Reino por motivaciones laborales. Tienen sus asociaciones y celebran su fiestas, pero estos emigrantes no son como los de antes.
Y sin embargo no es una historia totalmente nueva. Los asturianos han poblado en cantidades apreciables las calles madrileñas desde al siglo XVI, representando uno de los flujos migratorios internos más relevantes de la historia de España. Los llamados “coritos” (se cree que por su vestimenta de cuero), conocidos antaño por su cuello corto, y blanco de mofas y chistes de la época por su peculiar forma de hablar,  salieron de su tradicionalmente olvidada tierra y se integraron en las clases populares de la Villa y Corte, llegando casi a monopolizar los oficios de aguador y sereno en la capital, y desempeñando otros varios como mozo de cuerda, carbonero o ama de cría.

Aguador

Este proceso llevó a que en la primera mitad del siglo XIX la comunidad de inmigrantes asturianos en Madrid fuese de las más numerosas, si no la más, de entre todas las que se encontraban en la capital procedentes de otras regiones. Del mantenimiento de su unión y sus costumbres y también, todo hay que decirlo, de su tendencia a “llamar la atención” al juntarse, encontramos una gran muestra en el siguiente bando municipal publicado en Madrid en 1803:

“Por haberse notado, que los asturianos que se ocupan en ser mozos de cuerda, aguadores, apeadores de carbón, sirvientes y en otros exercicios, se juntan en el prado que llaman del Corregidor, inmediato a la Fuente de la Teja, de que resultan alborotos, quimeras, heridos y otros escándalos; se prohíbe, que en cualquiera día o noche se junten en quadrillas los asturianos u otras personas con palos ni sin ellos, así en el citado prado del Corregidor, como en otro parage a las afueras de esta corte, con motivo de tener el bayle de la danza prima ni otro alguno; ni susciten quimeras o questiones, formando bandos en defensa de sus concejos, ni sobre otro asunto…” (Bando de 23 de junio de 1803)

Otra prueba de la gran presencia de asturianos se puede observar el 2 de mayo de 1808, cuando el pueblo de Madrid se alza contra el invasor francés. Ese día el precio que paga la comunidad asturiana es alto (proporcionalmente más que lo que le correspondería por su representación en la población total), dejándose la vida en las agitadas calles madrileñas, según las fuentes, 35 asturianos.
Como inciso, indicar que las noticias de los sucesos de Madrid llegan a Asturias el 9 de mayo, y el día 25 la Junta del Principado se declara soberana, forma un ejército y declara por su cuenta la guerra a Francia, llegando a enviar embajadores asturianos ante el rey Jorge III de Inglaterra, pero esto da para otro artículo…

Dos de mayo

En la segunda mitad del siglo XIX y durante parte del siglo XX la emigración asturiana se focaliza principalmente hacia América y Europa, aunque la presencia de asturianos en Madrid seguirá siendo palpable. En el Madrid convulso que siguió a la revolución de 1868 el grupo de “los de Oviedo” (Clarín, Tomás Tuero, Palacio Valdés…) se reunía para arreglar el mundo ante unas cervezas y cultivaba sus dotes literarias. En 1881 se funda el Centro Asturiano de Madrid, la segunda sociedad española de este tipo en el mundo (tras el Centro Gallego de la Habana) y la más antigua que las que aún continúan en funcionamiento.
Corre el año 1888 cuando nace el histórico Café Gijón, famoso punto de encuentro de intelectuales y donde aún hoy se puede acudir a evocar los ecos de otros tiempos en pleno paseo de Recoletos (doy fe).
En la década de 1930 surge el Corte Inglés de manos de comerciantes asturianos…

Y, en definitiva, así podríamos juntar muchas pequeñas historias personales que han contribuido, al menos algo, a que Madrid y Asturias sean hoy lo que son.

fuente:buscolu.com

Publicado por el 23 septiembre, 2011 en Historia olvidada | 2 comentarios

Don Pelayo, Covadonga y 300 astures

Es cosa común entre los españolitos, ensalzar lo foráneo y menospreciar lo propio. Esta autoflagelación, bastante estúpida si se me permite, hace que obviemos pasajes dignos de admiración de nuestra historia.

Corría en año 722, después de Cristo, cuando en la asturiana localidad de Covadonga acaeció una batalla crucial para que ahora no estemos, por ejemplo, rezando a la Meca, con todos mis respetos hacia todas las religiones habidas y por haber.

Tumba de Don Pelayo

Tumba de Don Pelayo

En esa épica batalla se enfrentaron dos ejércitos, uno dirigido por Don Pelayo y otro formado por tropas musulmanas, las cuales a la postre resultaron derrotadas. Esta acción bélica es considerada como el arranque de la Reconquista.

¿Pero en qué situación se encontraba aquella España prácticamente musulmana?

El norte peninsular estaba gobernado desde Gijón por un bereber llamado Munuza, cuya autoridad fue desafiada por un puñado de valerosos astures que, tras encontrarse en la población de Cangas de Onís en el año 718 bajo el liderazgo de Pelayo, decidieron plantar cara negándose a pagar los impuestos exigidos (yizia).

Grabado de Don Pelayo

Grabado de Don Pelayo

Munuza no permaneció impasible ante la rebelión astur y tras algunas acciones de castigo a cargo de algunas de sus tropas locales, solicitó la intervención de refuerzos desde Córdoba. Cierto es que desde Córdoba se restó importancia a lo que estaba sucediendo en el norte de la península ibérica, aún así se envió un cuerpo expedicionario sarraceno que rondaría, según algunas crónicas cristianas los 180.000 hombres. Al mando del mismo se encontraría Al Qama al cual el valí Ambasa le encomendó la misión de reestablecer el orden y control sobre los indómitos astures.

Si nos ceñimos al número de combatientes en las filas astures dirigidas por Pelayo, la historiografía reciente las cuantifica en poco más de 300 combatientes (Sí, ya sé que estáis pensando que es una cifra muy “popular” tras el cómic y la película de 300, pero no soy yo el que pone las cifras). Estos valientes, o locos según se mire, esperaron a las tropas musulmanas en un lugar estratégico, el angosto valle de Cangas de los Picos de Europa cuyo fondo cierra el monte Auseva. La única baza con al que contaban los astures, muy inferiores en número, era la de limitar el espacio para maniobrar de su enemigo, igualando lo más posibles las fuerzas ya que el número de efectivos perderían eficacia.

Cueva de Covadonga

Cueva de Covadonga

La confrontación allí acaecida cobró unas dimensiones hoy en día desconocidas pudo alcanzar magnitudes épicas o tratarse de una simple escaramuza. Sea como fuere, las tropas sarracenas fueron diezmadas y Munuza se vio obligado a intentar dejar la villa gijonesa, sin éxito en su huida siendo abatido junto con sus tropas. Un centenar de hombres dirigidos por Pelayo habían ocupado la cueva de Covadonga, atacando desde allí a las desconcertadas tropas moras. Al Qama cayó en este lance, mientras que sus fuerzas sufrieron grandes pérdidas en su desordenada huida, al caer sobre ellos una ladera debido a un desprendimiento de tierras, probablemente provocado, cerca de Cosgaya en Cantabria.

La batalla de Covadonga supuso la primera victoria de un contingente rebelde contra la dominación musulmana en la Península Ibérica. Fue el detonante del establecimiento de una insurrección organizada que desembocaría en la fundación, en primera instancia, del reino independiente de Asturias, y de otros reinos cristianos que en última instancia culminaría con la formación del Reino de España.

Estatua de Pelayo en Covadonga

Estatua de Pelayo en Covadonga

Existen varias estatuas de este personaje histórico entre las que podemos destacar las situadas en Gijón y en Covadonga. Además la ciudad de Gijón le rinde homenaje en su escudo.

Estatua de Pelayo en Gijón

Estatua de Pelayo en Gijón

Desde aquí lanzo una petición, que a la par es consejo. Con semejante argumento es imperioso realizar una película épica y que difunda la historia como se merece. Batallas de romanos, griegos, guerras mundiales, “vietnanes”, “irakes”… Don Pelayo es un personaje histórico que merece ser difundido por todo el mundo. Seguro que sería un gran éxito, de ahí que éste sea un consejo para los productores cinematográficos con buen gusto y olfato.

Publicado por el 1 julio, 2011 en Historia olvidada | 9 comentarios

Los delfines que fueron juzgados

Nos situamos en el siglo XVII en la población asturiana de Candás. Los pescadores de la zona estaban desesperados debido a que una gran cantidad de delfines de la especie de los calderones, en busca de comida les destrozaban sus redes y aparejos de pesca para arrebatarles sus capturas, y ni cortos ni perezosos, decidieron demandarlos ante la justicia.

Para lograr tal fin, el párroco de Candás se dirigió al obispo de Oviedo, Martín Alonso, exigiendo justicia ante los desmanes de los cetáceos contra sus feligreses. El obispo decide recurrir a  la incipiente Universidad de Oviedo, dónde pocos años atrás habían comenzado las clases de derecho, para ayudar en el pleito. En la Universidad nombran como abogado defensor a Don Juan García Arias de Viñuela, y como fiscal, a Don Martín Vázquez, catedrático de Prima de Cánones, suponemos la flor y la nata de la abogacía ovetense. El 8 de septiembre de 1624 se embarcan en un navío, junto con un clérigo de la Santa Inquisición, varios testigos y el notario Juan Valdés, y ponen rumbo a alta mar, hasta llegar a la zona frecuentada por los calderones.

El paripé de juicio comenzó con la disertación del abogado defensor, que expuso que los animales, criaturas de Dios, tenían derecho a alimentarse y que los delfines estaban antes en aquellas zonas que los candasinos. El fiscal replicó que aquella era la zona de pesca de los marineros de Candás y que por tanto tenían mayor derecho sobre aquellas aguas. Lógicamente, y como era de esperar, el juicio finaliza con la condena de los pobres calderones, para lo cual, el clérigo, hisopo en mano, procedió a leerles la resolución de la “justicia”, conminándoles a desistir de sus ataques y abandonar aquellas aguas, so pena de condena a los infiernos. Tras esto regresaron a puerto, satisfechos por el procedimiento judicial y en espera de si los delfines cumplirían la condena. Y según cuenta un cronista pocos años después, tras esto nunca más los delfines volvieron a asomar sus hocicos por aquellas costas, probablemente asustados por los gritos, amenazas e hisopazos del buen clérigo.

monumento pleito de los delfines

Monumento del Pleito de los delfines en Candás

Aunque pueda parecer increíble, y muchos la tengan por leyenda, esta historia fue recogida en un documento, el escrito por el notario anteriormente mencionado, que fue encontrado en el Archivo Histórico Provincial de Oviedo en 1980 por el cronista del concejo de Carreño, del que es capital Candás. En conmemoración de este suceso el escultor Santarúa creó una  estatua que se pude contemplar desde 1982 en el parque Maestro Antuña de Candás.

Sirva esta historia como muestra de como se las gastaba la justicia en aquellos tiempos, a la que nada escapaba a su jurisdicción, ni los habitantes de las profundidades del mar.

Publicado por el 13 junio, 2011 en Historia olvidada | Lee el primer comentario