Vive la Historia. La Gran Armada: noche en llamas.

Ambientación sonora:

“Su fuerza es admirable por grande y por potente y, sin embargo, poco a poco, les vamos arrancando las plumas. Ruego a Dios que las fuerzas de tierra sean lo bastante resistentes para responder a una fuerza tan poderosa”

Lord Almirante Howard a sir Francis Walsingham, a bordo del Ark Royal, 8 de agosto de 1588.

Comenzaba agosto e Inglaterra estaba en estado de pánico. El desembarco de los ejércitos del duque de Parma se creía inminente, pero aún no se sabía dónde se produciría. Se habían enviado regimientos a Kent y Essex y el resto de las milicias estaba en máxima alerta. La propaganda Tudor extendía bulos sobre la crueldad y las intenciones genocidas de los españoles para reforzar la lealtad de la población y empujarla a una resistencia a ultranza en caso de invasión.

En el Canal, tras un día de tregua, con los vientos en calma, el 2 de agosto se reanudaron las hostilidades. La táctica inglesa consistía en perseguir y hostigar a la Armada, y forzarle a pequeñas escaramuzas en las que los barcos ingleses demostraron ser más maniobrables y lograban una y otra vez evitar los intentos de abordaje y combate directo de las naves españolas. El viento, además estaba siendo casi siempre favorable a la flota inglesa, permitiéndole ganar la posición de barlovento, a lo que se unía que el mayor conocimiento inglés de las corrientes de agua otorgaba a los marinos de la reina cierta ventaja táctica. Ese día, tras doce horas de duelo artillero, ninguna de las flotas fue capaz de infligir un daño decisivo a su rival. Medina Sidonia consiguió partir en dos la flota británica, pero desperdició una gran oportunidad al perseguir a los barcos de Howard en lugar de concentrar su potencia de fuego en el segundo grupo, que se había quedado en situación de desventaja.

El capitán español decidió continuar lo más rápido posible hacia la isla de Wight, donde había convenido esperar el movimiento del Duque de Parma desde Flandes. Sin embargo, los vientos y las mareas siguen siendo desfavorables para los intereses españoles. Tras dos días de calma chicha en los que los barcos apenas pudieron moverse, las mareas no permitieron entrar a la Armada en el Solent (brazo de mar que separa la isla de Wight de Gran Bretaña) en el momento adecuado. Medina Sidonia cambia entonces de planes, escribe al duque de Parma y se dirige a la costa de Flandes. Sin embargo, cuando la Armada llega a la costa, las tropas aún no están listas para embarcar. El duque de Parma había tratado de engañar a los holandeses hasta el último momento, tenía a sus soldados alejados de los puertos y buscaba confundir a los enemigos acerca de los puntos en que se realizaría el embarque. Este fallo de coordinación a la postre sería fatal.

Ambientación sonora:

Al llegar a la costa del continente, la Armada se emplaza en una situación peligrosa, sin el abrigo de un puerto seguro y a merced de fuertes corrientes. En ese momento los ingleses vieron su oportunidad. La noche del 7 de agosto, una vez más, el viento jugó a su favor y creo las condiciones idóneas para un tipo de ataque que podía hacer mucho daño a la flota española: el uso de brulotes. Howard ordenó que se prepararan ocho barcos incendiarios para lanzarlos contra el corazón de la Armada. A medianoche, las ocho naves, en una comitiva mortal, refulgían en medio de la oscuridad, huérfanas de timonel, pero guiadas por el “viento protestante” hacia la desvalida armada católica. Medina Sidonia había comprendido el riesgo que se cernía sobre su flota y había preparado pinazas con garfios para poder enganchar y remolcar lejos las bolas de fuego flotantes que se cernían contra los impotentes barcos españoles. Sin embargo las pinazas sólo pudieron detener dos brulotes. Ante el inminente y peligrosísimo impacto del fuego sobre la flota anclada y apiñada, se ordenó levar anclas. A partir de ahí, el caos. Varios barcos chocaron entre sí, muchos fueron arrastrados, o bien mar adentro o peligrosamente hacia los bajíos de la costa holandesa. Los galeotes chillaban angustiosamente, presas del pánico ante la llegada del fuego y la imposibilidad de desencadenarse; palos y timones se resquebrajaban y algunas embarcaciones acabaron encallando en la costa.

Al amanecer del día 8 la Armada está desperdigada desde la rada de Calais hasta alta mar, a merced del enemigo y de las corrientes. Aquella misma noche el duque de Parma había empezado a embarcar hombres en barcazas en Dunkerque y Nieuport. Nunca pondrían el pie en suelo inglés.

Continuará…

Publicado por Viyu el 13 abril, 2015 en Historia olvidada, Monografías | Se el primero en comentar

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