Vive la Historia. La Gran Armada: desastre en la isla esmeralda.

Ambientación sonora:

 

“Los trabajos y miserias que se han padecido no se podrán significar a V. M., pues han sido mayores que se han visto en ninguna navegación; y tal navío ha habido, de los que han entrado aquí, que han pasado catorce días sin beber gota de agua”

Medina Sidonia al rey Felipe II

 

La situación de la Armada tras el ataque en Gravelinas hace que Medina Sidonia confirme las órdenes de regreso a España rodeando las Islas Británicas. Los daños recibidos, las dificultades logísticas para intentar retomar la operación y la escasez de víveres y munición impulsan a la flota española a este retorno incierto, adentrándose en aguas difíciles y desconocidas, sin disponer de las cartas marinas adecuadas. El almirante español ordena la marcha a toda vela, asumiendo que las naves con problemas se quedarán atrás y tendrán que arreglárselas por sí solas, y advierte a sus capitanes de la peligrosidad que la isla de Irlanda entraña para la navegación.

Entre el 24 de agosto y el 4 de septiembre la Armada bordea el norte de Escocia. Tormentas y aguaceros castigan a la flota española, que se enfrenta, de nuevo, a muy duras condiciones meteorológicas. Ante el azote del mar, varios barcos empezarán a perder contacto y se irán quedando solos. La navegación en las costas occidentales de Escocia e Irlanda será catastrófica para buena parte de la flota hispana, que perderá 27 barcos.

Una de estas naves será la Valencera, capitaneada por Alonso de Luzón. Dañada en combate, con varias decenas de enfermos a bordo y escasez de agua y comida, la embarcación puso rumbo a tierra, embarrancando inesperadamente en un arrecife de la costa irlandesa. Allí la tripulación fue recibida por tribus locales, que les robaron y saquearon el barco, el cual finalmente se hundió arrastrando al fondo del mar a decenas de enfermos que no habían podido ser desembarcados y varios irlandeses que lo estaban saqueando en ese momento. Los hombres de la Valencera estaban abandonados en una tierra hostil. Intentaron avanzar por la costa a pie para buscar algún barco que les pudiera llevar a España pero fueron capturados por mercenarios al servicio de Inglaterra. Los oficiales españoles fueron separados y trasladados en pésimas condiciones con la intención de pedir un rescate por ellos, aunque sólo Luzón y Rodrigo Lasso sobrevivieron y fueron repatriados más de dos años después. Los centenares de hombres sin graduación fueron llevados a un descampado, desnudados y ejecutados. Sólo unos pocos lograron escapar y ser acogidos por lugareños.

Éste es sólo un ejemplo de las historias, algo diferentes, pero muy parecidas en su desenlace, que nos cuentan las naves españolas que tuvieron el infortunio de encallar en la costa irlandesa. No existía la Convención de Ginebra en el siglo XIVI y, en general, los españoles capturados eran colgados, salvo que hubiera alguna esperanza de obtener a cambio de su vida un rescate provechoso. La población local, por su parte, no se arriesgó en muchas ocasiones por aquellos extranjeros que el mar había escupido a sus tierras, a pesar del catolicismo que profesaban. Además, para los irlandeses de la época salvar a alguien del mar era causa de mala suerte, pues tarde o temprano el poderoso mar reclamaría su parte y querría ajustar cuentas.

 

Naufragio

Otra muestra de la fatalidad que persiguió a los marinos españoles en aquellas costas la encontramos en la historia de Alonso Martínez de Leyva, Capitán General de Caballería y caballero de la Orden de Santiago. Tras embarrancar el barco que mandaba en una playa de la bahía irlandesa de Blacksod, Leyva abandonó con sus hombres la embarcación , a la cual prendieron fuego, para buscar refugio en tierra. Poco después, supieron que la urca Duquesa Santa Ana había anclado en el puerto de Elly. Hacia ese lugar se dirigieron, en una caminata de 40 kilómetros. Una vez allí, el capitán español tomó el mando de la urca y decidió llevarla hasta territorio escocés, pero la mala suerte y la climatología, despiadada de nuevo con las aspiraciones españolas y en forma de fuerte tormenta, hicieron encallar a la nave. Leyva saldrá de la urca herido, a pesar de lo cual dirige a sus hombres para apoderarse de un fuerte costero. Hasta allí les llegaron noticias de que la galeaza Girona (600 toneladas, 50 cañones) se encontraba unos 30 kilómetros hacia el sur. De nuevo, la tropa española pone rumbo por tierra hacia su posible salvación y dedicará las dos semanas siguientes a reparar la Girona, con la que se harán a la mar. Más de mil españoles se amontonan en la nave anhelando dejar atrás aquella tierra adversa. Implacable, el cielo vuelve a descargar una tormenta atroz sobre la Girona, que se hará pedazos contra las rocas en la costa del condado de Antrim. Leyva perecerá en el mar junto con la gran mayoría de sus hombres: sólo nueve supervivientes llegarían a Escocia. Con Leyva y la Girona se hundían también las esperanzas que los rumores habían alimentado en España, donde se imaginaba a los españoles luchando contra los ingleses junto con rebeldes irlandeses.

En frías cifras, se cree que casi 4000 españoles se ahogaron o murieron de hambre o enfermedad durante el dramático regreso a casa. Unos 1500 fueron ejecutados por los ingleses.

A inicios de septiembre llegaron al palacio de El Escorial las primeras noticias del desastre y algunos días después las costas españolas empezaron a divisar, ya sin el júbilo de la partida, lo que quedaba de la Grande y Felicísima Armada.
El día 21 Medina Sidonia llegó a Santander, enfermo y agotado. Miguel de Oquendo, almirante de la Escuadra de Guipúzcoa, arribó a Pasajes, perseguido por la desgracia que se había cebado con la mayor parte de la flota: el pañol de pólvora de su nave capitana explotaba entonces llevándose la vida de más de cien hombres. Extenuado, murió al poco tiempo. Juan Martínez de Recalde, almirante de la Escuadra de Vizcaya,  ancló en La Coruña. Herido y con fiebres, murió también a los pocos días, no sin antes enviar a Felipe II su diario de campaña de la Armada. El rey quizá lloró sobre sus páginas. “Pido a Dios que me lleve para sí por no ver tanta mala ventura y desdicha”, escribió.

Continuará…

Publicado por Viyu el 7 mayo, 2015 en Historia olvidada, Monografías | Se el primero en comentar

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