Qué noche la de aquel día.

La noche, marco predilecto de leyendas y relatos, fuente inagotable de temores y terreno propicio para la superstición y el miedo. Este periodo de tiempo entre la caída y el renacer del sol, escenario de los sueños de los genios, de la inspiración onírica del surrealismo y también de pesadillas pobladas por monstruos, ha sido, fundamentalmente, y en particular hasta el desarrollo de la luz eléctrica, un limitante a las facultades humanas. Lo más juicioso en tiempos pretéritos era recogerse en el hogar y aguardar la llegada la la luz del nuevo día. Los caminos, huérfanos de luz,  en especial en ausencia de luna, y frecuentados por salteadores, lobos y quién sabe qué seres malignos, no eran un lugar seguro para el individuo común y en los callejones oscuros de los barrios sórdidos de las ciudades uno se podía dejar la vida en cualquier cuchillada furtiva por cualquier cosa que valiera más que nada, o ni siquiera eso.

En el transcurrir del mundo, las más noches han pasado como un tiempo del descanso hasta la nueva jornada, pero también han existido las noches de las otras vidas (las licenciosas o las volcadas al trabajo a la luz de una vela), de las traiciones o de los aquelarres de las brujas. Posiblemente la Historia se ha escrito más a la vista del astro rey, pero a decir verdad nunca duerme. Las crónicas históricas y la creación literaria nos han dejado algunas noches para recordar. Por citar dos ejemplos muy conocidos, mientras Shakespeare nos cuenta el Sueño de una noche de verano, la tradición árabe nos ha legado no una, sino mil y una noches, en las que Sherezade se sobrepone a su destino de relato en relato.

También había caído la noche cuando, al mando de Hernán Cortés, los españoles cercados en Tenochtitlán intentaron abandonar la capital azteca aprovechando la oscuridad. A pesar de las precauciones, las tropas del conquistador extremeño fueron sorprendidas por miles de guerreros que les acorralaron mientras intentaban cruzar el lago que rodeaba la ciudad. Los soldados españoles sufrieron numerosas bajas, se perdió la artillería y casi todo el tesoro de Moctezuma. Este episodio se convirtió en uno de los más conocidos de la conquista de América y pasó a la historia como la Noche Triste. Cortés, que, según cuenta la leyenda lloró esa noche al pie de un ahuehuete (árbol típico de México) no sometería la ciudad mexicana hasta más de un año después.

La Noche Triste

Una de las épocas más oscuras de Europa también tuvo sus noches oscuras (y muchas), aunque para la historia han quedado con nombre propio dos, testimonio del horror nazi. En 1934, para afianzar su poder absoluto sobre las estructuras del estado alemán, el régimen nazi llevo a cabo una purga para eliminar adversarios políticos, dirigida fundamentalmente contra las SA, cuerpo paramilitar de cuyo poder e independencia Hitler recelaba. Entre las decenas de asesinados estaba su líder, Ernst Röhm. Este suceso, uno más en la estrategia nazi para someter todas las voluntades alemanas por la vía del terror, figura en los libros de historia como la Noche de los Cuchillos Largos. Cuatro años más tarde otra noche de muerte y destrucción llevó a las calles de Alemania, en toda su crudeza, el antisemitismo nazi. En la Noche de Los Cristales Rotos el gobierno alemán promovió y jaleó un ataque coordinado y encabezado por las tropas de asalto del régimen en el que casi todas las sinagogas del país fueron destruidas, los cementerios fueron profanados, las tiendas regentadas por judíos destrozadas, miles de personas fueron detenidas y decenas de ellas asesinadas.

Otra noche, que se mueve entre la fe, la fantasía y la historia, vio nacer en Belén a Jesús de Nazaret. Aunque el lugar, la fecha y el hecho puedan ser discutidos, el mundo no volvería a ser el mismo. Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad.
Eso pudo decir George Washington veinticuatro horas antes de otra noche histórica (dejando aparte las muchas que hay en cada edición de la Champions League…) mientras, como general del Ejército Continental trataba de decidir el próximo paso del sueño libertador norteamericano. En su escritorio dejó una escueta nota manuscrita resumiendo en tres palabras su decisión (“Victory or Death”) y esa noche de 1776 sus tropas cruzaron el río Delaware, sorprendieron y derrotaron a los británicos y a los mercenarios hessianos y obtuvieron una victoria decisiva para la independencia de las trece colonias que se convertirían en los Estados Unidos.

Washington cruzando el Delaware (obra de Emanuel Gottlieb Leutze)

Y mientras escribía estas líneas se ha abalanzado la noche, siempre fiel a su cita. Las luces se van apagando, la Historia seguirá avanzando, y a un servidor le toca un sueño anónimo y esperemos que reparador, que, ya se sabe, el poco dormir y el mucho leer puede llevar a la sequedad del cerebro, como me han contado que le pasó a un hidalgo ingenioso. Mañana será otro día.

Publicado por Viyu el 10 abril, 2012 en Historia olvidada | Lee el primer comentario

  • 10 abril, 2012, 22:38
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