Las historias que no cuentan las estatuas

Trafalgar Square, Londres, Reino Unido. Bullicio y fotos en un día más soleado de lo habitual en la gran metrópoli. Desde lo alto de su columna de 46 metros de altura Horatio Nelson mira impávido hacia el Palacio de Westminster y proyecta su pétrea mirada más allá, mucho más al sur.

Columna de Nelson

Fuente: www.esacademic.com

Aranda de Duero, Burgos, España. Un forastero recién llegado a la localidad se encuentra casi por casualidad con un discreto busto en una pequeña plaza vacía. Tras acercarse movido por la curiosidad acierta solamente a hacerse una idea de la época en que vivió el hombre, para él desconocido, representado en la deteriorada estatua. Aunque él no lo sabe y a poca gente le importa, está ante Antonio Gutiérrez.

Busto General Gutiérrez

¿Por dónde empezamos a contar la historia que conecta estos dos lugares?

Corría el otoño de 1805 y el sonido de los cañonazos se apagaba frente a las costas de Cádiz.  Albión demostraba a Bonaparte que estaría a la altura y el mar frenaba las ambiciones francesas en Europa.
Nelson había aniquilado a la escuadra franco-española en Trafalgar, pero se había dejado la vida en el empeño. El Almirante era llorado y alabado en su país y su nombre entraba en el  terreno de la leyenda tras una vida de dedicación a la Royal Navy en la que sólo una única vez había conocido la derrota. Él nunca había olvidado este revés. Y su brazo se lo había estado recordando durante los últimos ocho años.

Aquel día de julio de ocho años antes los ingleses atacaron las islas Canarias. Horatio Nelson comandaba la expedición que debía intentar la ocupación de la mayor isla del archipiélago.
Al cargo de la defensa de Tenerife estaba un general burgalés, Antonio Gutiérrez de Otero y Santayana. Sin apenas fuerzas militares y, tras cuatro días de combates, Gutiérrez consiguió la rendición de las fuerzas británicas, que sufrieron un elevado número de bajas, y “El Tigre”, un cañón de bronce  fundido en Sevilla, entraba en la historia al alcanzar al célebre marino inglés, haciéndole perder parte de su brazo derecho.

Gutiérrez trató a los ingleses de forma humanitaria tras su capitulación y les permitió reembarcar y partir. Nelson agradeció este comportamiento honorable y mantuvo desde entonces una alta consideración por el general español. El único que le había hecho ver la cara de la derrota.

Seguramente desde sus tan distintas estatuas, en sus tan diferentes países, estos dos oficiales se siguen admirando mutuamente.


Publicado por Viyu el 27 marzo, 2011 en Historia olvidada | 7 comentarios para leer

Escribe un comentario