Fray Bernardino de Sahagún: un leonés en Las Indias

Cuando se habla de los misioneros que defendieron la cultura y derechos indígenas frente a la conquista española de las tierras americanas, siempre suele venir a la mente Bartolome de las Casas, pero en la aventura conquistadora de las mal llamadas entonces Indias hubo otros frailes que aún manteniendo su afán por difundir la llama “Palabra de Dios” entre aquellas “almas perdidas”, siempre pregonaron por la fusión de culturas y el respeto por los indígenas. Uno de ello fue el protagonista de hoy, el leonés Fray Bernardino de Sahagún, que yendo contracorriente en los tiempos que vivió, pasó de redactar las gestas de la Conquista para centrarse en rescatar del olvido y salvar de las destrucción la cultura mesoamericana.

Aunque no se sabe mucho de sus primeros años, parece que nació sobre el año 1499 en la ciudad leonesa de Sahagún. Por su entrada ya tardía en la Orden Franciscana, con unos 28 años, tras cursar estudios universitarios de Humanidades, es posible que su familia fuera acomodada, si no nobles, quizás ricos terratenientes de la Tierra de Campos. Su llegada a México se produce en el año 1529, recién ordenado sacerdote,  junto a un numeroso grupo de franciscanos. En aquel momento entre los miembros de la orden de San Francisco había dos tendencias, una que consideraban imprescindible la colaboración con el poder civil para la evangelización, que debía seguir el camino de la erradicación de todo lo indígena ; y otra que era más respetuosa con la cultura de los pobladores del Nuevo Mundo. Esta última tendencia incluso derivó en la “herética” idea de crear “repúblicas evangélicas”, en la línea de la “Utopía” de Tomás Moro, que nunca llegó a materializarse.

La primera labor que emprendió el joven misionero al pisar tierras mexicanas fue aprender el náhuatl, la lengua hablada por los aztecas y otros pueblos de américa central que englobaban los denominados nahuas. Y junto al aprendizaje de la lengua también comenzó a conocer sus costumbre y cultura. Tras pasar unos pocos años en Tlamanalco y Xochimilco, donde contribuye al levantamiento de sendas iglesias, llega en 1535 al que será su centro de acción principal, la ciudad de Tlatelolco. Antes de la llegada de los conquistadores existía en esta población un colegio donde se educaban los hijos de los nobles aztecas, y bajo esta inspiración se crea el Colegio de San Cruz, para continuar esta labor dentro de la doctrina cristiana y formar una nueva élite de indígenas evangelizados. Comienza entonces a planear su gran obra, su Historia de las cosas de la Nueva España, por lo que abandona durante dos periodos de varios años su colegio para, a parte de su labor evangelizadora, recoger datos de las culturas indígenas bajos cuatro epigrafes: Dioses, Cielo e Infierno, Señorío y Cosas humanas. Para la creación de esta magna obra contó con la colaboración de un grupo de alumnos indígenas que le ayudarán con la escritura y paso a limpio de todo el material recogido, equipo que más adelante se verá ampliado con la presencia de indios cultos recomendados por sus alumnos. Durante los años 1545 y 1558 data su periodo más largo pasado en el colegio, época más fructífera para sus trabajos y durante la cual entrega la dirección del colegio a antiguos alumnos.

En 1561 consigue por fin que le aprueben los gastos necesarios para poder pagar el paso a limpio de la redacción final de su obra, acabada en 1569, que se compondría de tres columnas: una redactada en azteca, otra en castellano y la tercera para definir términos de difícil comprensión. Pero tras una primera aprobación por parte de una comisión como libro de texto para nuevos misioneros, su publicación fue detenida por el responsable de la provincia, poco amigo de las ideas del fraile. Tuvo que esperar unos años, hasta 1574, para que le volviera a dar permiso para reanudar las finalización de la obra. Pero los que no estaban de acuerdo con sus postulados arrecieron los ataques a través del Consejo de Indias y llegaron hasta el propio Felipe II, del que consiguieron una carta que exigía la retirada inmediata del manuscrito y su envío a la corte para su destrucción. Sus superiores le ocultaron parte de esta carta al ya anciano fraile con el fin de no disgustarlo, y consiguió que alguno de los Libros que componían su obra vieran la luz. En 1590 enferma y es trasladado a Ciudad de México, donde fallece pocos meses después y donde es enterrado con la presencia en pleno de su Colegio y de toda la ciudad de Tlatelolco.

Su legado finalmente no fue destruido y han llegado a nuestros días, siendo la principal copia  el llamado Códice Florentino, que se halla en Biblioteca Medicea-Laurenziana en Florencia, Italia, y que se puede consultar en la Biblioteca Digital Mundial. Esta monumental obra se compone de tres tomos en las que se detallan los dioses y cosmogonías aztecas, su historia, sus peculiaridades culturales y políticas, acabando con una historia de la conquista española de Nueva España. Aunque su finalidad última era didáctica, el fraile franciscano compuso uno de ejemplos de los primeros pasos de lo que hoy denominamos Ciencias Sociales y marco las pautas de la investigación en estas ciencias, mediante su método de trabajo con encuestas, que Fray Bernardino denominaba minutas, y de equipos de encuestadores sobre el terreno supervisados por un jefe de equipo, convirtiéndolo así en el padre de la Etnología actual .

Publicado por Vik-Tor el 18 noviembre, 2013 en Historia olvidada | 2 comentarios para leer

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