Cuento de Navidad

El mundo no se ha acabado y ya tenemos una nueva Navidad encima. Este año en cornisa.net hemos decidido que una buena forma de felicitar la Navidad es ofreceros este pequeño cuento, con ecos de Dickens y un protagonista muy especial, que espero disfrutéis. Os deseamos a todos los corniseros que paséis unas felices fiestas con vuestros seres queridos.

El espíritu de las Navidades futuras

   Había anochecido ya cuando el muchacho vio a la paloma. Casi había perdido toda esperanza de encontrar alguna aquella fría tarde del día de Noche Buena de 1942, cuando, en una esquina de la Biblioteca Pública de Nueva York, donde juraría que un instante antes no había nada, estaba aquella paloma. Era completamente de color gris oscuro, el muchacho se extrañó al verla pues no se parecía a ninguna de las especies que solían surcar los cielos e inundar los parques de la Gran Manzana. Cojeaba ligeramente, agitando las alas como intentando volar, pero sin conseguirlo. No se resistió en absoluto cuando el muchacho la recogió con sus manos. La acarició para tranquilizarla como hacía siempre que capturaba una, pero en este caso no era necesario. Aquella paloma parecía estar esperando que alguien la ayudara.
   Tardó poco en llegar al Hotel New Yorker con la paloma entre sus brazos, caminando con agilidad entre la muchedumbre que inundaban las calles neoyorquinas. A pesar de vivir en tiempos de guerra, Europa estaba lejos y la gente intentaba seguir haciendo su vida normal, disfrutando de la Navidad. Al entrar en el hall del Hotel, saludó con un simple movimiento de cabeza al portero, que le correspondió con el mismo gesto. Ni se inmutó al ver la paloma que llevaba al muchacho, conocía de sobra su destino. Tomó el ascensor al tercer piso y se detuvo frente a la puerta de la habitación 3327. Sujetando con un brazo la paloma, que seguía dócilmente acurrucada contra él, sacó la llave del bolsillo y entró. El anciano estaba sentado en su sillón, cerca de la ventana. Se volvió hacia el muchacho al oír el ruido de la puerta y sus ojos brillaron ligeramente al fijarse en la paloma. Se levantó del sillón, acercándose con lentitud al muchacho. Era un hombre alto, muy alto, pero los años habían habían hecho mella en él y esa altura había desembocado en un pronunciado encorvamiento. La altura se veía realzada también por la extrema delgadez del anciano, con aquel rostro sumido y cansado de una persona que había vivido mucho y no todo bueno.
– Gracias, Charlie – dijo el anciano tomando con delicadeza la paloma entre sus manos.
– Estaba junto a la Biblioteca. Es extraño, pero tuve la sensación de que me estaba esperando. No se muy bien que le pasa, la he examinado mientras venía y no parece tener nada roto.
   El anciano se acercó a la ventana e introdujo a la paloma en una de las delicadas jaulas de madera que ocupaban buena parte de la habitación. El resto de palomas se alborotaron ligeramente para recibir a su nueva compañera.
– ¿Necesita algo más hoy? -preguntó el muchacho.-¿Quiere que me quede un rato haciéndole compañía?
– Oh, no, Charlie, puedes irte, es tarde, seguramente tu familia te esté esperando ya. No hace falta que pierdas hoy el tiempo con este viejo.
– Ya sabe de sobra que no me importa. Me da pena que un gran hombre como usted tenga que pasar la Noche Buena solo.¿De verdad que no quiere venir a nuestra casa? Mi madre me insistió que sería un gran honor tenerlo entre nosotros.
– Ya te dije ayer que no os molestarais, además de que no estoy solo -el anciano volvió la mirada hacia las jaulas.- Las palomas siempre me confortan. Vete ya, no hagas esperar más a tu familia.
– Como quiera -dijo el muchacho encogiéndose de hombros- Mañana volveré a pasarme por aquí a la hora de siempre con algo de comida para las palomas. ¡Feliz Navidad!.
– Hasta mañana, Charlie -respondió el anciano.
   Una vez hubo salido el muchacho, el anciano buscó algo de pienso y lo echó en la jaula de la nueva paloma. El ave miró la comida, y luego al anciano, emitiendo un pequeño arrullo.
– Parece que no tienes hambre, pequeña. Bueno, ahí te lo dejo, cuando quieras ya comerás.
   El anciano consultó su reloj. Eran casi las siete de la tarde. Puede que la paloma no tuviera hambre, pero él empezaba a sentirla. Pensó en pedir algo al servicio de habitaciones, pero se sentía tan cansado que decidió sentarse un poco en su sillón. Se colocó su pequeña manta sobre las piernas y se quedó mirando a la paloma, que lo observaba sin apartar la mirada de él. Pensó en que en el fondo si que pudiera ser triste tener que pasar aquel día allí solo con la única compañía de las palomas, pero era ley de vida, sus amigos habían ido desapareciendo a lo largo de los años. Nunca había tenido mujer ni hijos. Su vida habían sido sus inventos, su pasión, su único amor. Era lo único que le quedaba a un anciano como él, los recuerdos de sus invenciones. Hacía tiempo que los periódicos lo ignoraban. Solo era un viejo loco. Sabía que ya no le queda mucho tiempo y pronto el mundo le olvidaría. Poco a poco la somnolencia le fue venciendo y se quedó profundamente dormido.
   Un lejano ruido, semejante a la sirena de un barco, lo despertó. Al abrir los ojos se sobresaltó al encontrarse a la paloma posada sobre su regazo. Mirando a los ojos al anciano, volvió a emitir aquel suave arrullo. El anciano hizo ademán de cogerla, pero la paloma echó a volar por la habitación. Con esfuerzo, se levantó del sillón siguiendo con la mirada a la paloma que comenzó a trazar círculos a su alrededor. El anciano notó sorprendido que algo extraño estaba ocurriendo. La oscuridad de la habitación comenzó a diluirse en formas que poco a poco reconoció. La paloma se detuvo, posándose sobre el hombro del anciano, que no daba crédito a lo que estaba viendo. Ante él se alzaba un carguero de la Marina. Se encontraba en algún puerto, rodeado por el ajetreo de soldados y marineros, que parecían ignorar su presencia. El solo hecho de encontrarse allí ya hubiera sido suficiente para sorprender a cualquiera, pero lo que dejó boquiabierto al anciano fue ver su nombre escrito con grandes letras sobre la proa del barco. La paloma saltó al suelo, aterrizando sobre los restos de un periódico. El anciano se inclinó para recogerlo. Se fijó en la fecha, era del año siguiente, y allí, en la parte superior se veía el titular que tantos años llevaba esperando: le habían dado la razón, aquella invención que inundaba de voces las ondas hertzianas era suya.
   No tuvo tiempo de digerir aquella noticia. La paloma retomó de nuevo su vuelo circular a su alrededor, haciendo desaparecer el puerto. Ahora se encontraba en una calle de Nueva York, frente a una tienda de electrodomésticos. En el escaparate el anciano vio lo que le pareció una versión más moderna de los televisores que él conocía. En la pantalla se podía ver a un hombre caminando lentamente, embutido en lo que al anciano le pareció que era un traje de buzo hasta que se dio cuenta de lo que ponía en la pantalla: directo desde la Luna. Por fin el hombre había salido del planeta Tierra, y estaban transmitiendo imágenes desde su mismísimo satélite. Sintió un ahogo de emoción y se preguntó si se encontrarían con otros seres ahí como siempre había soñado. Pero esta pregunta se quedó sin respuesta.
   El vuelo de la paloma era cada vez más rápido y una procesión de imágenes desfilaron frente a él. Vio un avión de combate despegar verticalmente. Comprobó como cientos de centrales eléctricas, con las gigantescas bobinas que había inventado, se extendían por todas partes del planeta. Aviones sin piloto lo sobrevolaron. Una extraña criatura humanoide de color blanco paso a su lado caminando con decisión. El anciano no tardó en reconocer en aquella criatura a uno de los autómatas inteligentes que siempre había imaginado. Atravesó un laboratorio donde un hombre sujetaba en su mano una simple bombilla encendida, sin cable alguno, como había hecho él muchos años atrás. Se vio rodeado por una multitud de gente paseando por la calle mientras hablaban a través de pequeños aparatos que portaban en la mano. El panorama cambió de nuevo, comenzando a flotar a su alrededor lo que le parecieron portadas de periódicos en color, con su imagen y su nombre por todos los lados, contando su vida, reivindicando sus inventos. El vuelo de la paloma comenzó a ralentizarse. El anciano vio como aparecía una forma que conocía de sobra. Su torre, su maravillosa e increíble torre que tantos sinsabores le había dado en su vida, y que hacía ya mucho tiempo que había sido destruida. Pero allí estaba, majestuosa como siempre. Nuevamente vio su nombre, sobre la puerta principal del edificio bajo la torre. Era su museo.
   El anciano no puedo evitar que sendas lágrima brotaran de su ojos y recorrieran sus mejillas. Sintió flaquear sus pocas fuerzas y arrodillándose sobre el suelo, lloró como no lo había hecho desde que era niño. La paloma se quedó frente al anciano, observándolo mientras este daba rienda a toda la emoción contenida durante aquel extraño viaje por el tiempo y el espacio. Cuando se hubo calmado, el anciano devolvió la mirada a la paloma.
– Gracias – fue lo único que consiguió decir.
   La paloma levantó nuevamente el vuelo. Le queda un último regalo que hacerle al anciano. El paisaje que le rodeaba nuevamente se diluyó, esta vez en una negrura salpicada de estrellas. El anciano consiguió ponerse de pie, aunque bajo él no había nada parecido al suelo. La paloma arrulló detrás de él. El anciano se volvió para contemplar una visión que jamás soñó que llegaría ver. Bajo sus pies, flotando en aquella negrura, estaba la Tierra, en su lado nocturno. Millones de luces dibujaban perfectamente los perfiles de los continentes. La luz que había nacido de él, de su privilegiada mente, iluminaba el planeta entero, guiando a los seres humanos en las oscuras noches. La paloma volvió a arrullar, pero el anciano oyó algo más, unas palabras que parecían surgir dentro de su mente: “Nunca te olvidaran”.
   El anciano se despertó. Tardó unos segundos en comprender que estaba de regreso a la habitación del hotel, sentado en el sillón. “¿Había sido todo un sueño?”-se preguntó. La habitación estaba completamente a oscuras. Moviéndose a tientas consiguió localizar la llave de la luz. Las palomas montaron alboroto al ver perturbado su sueño por la luminosidad. El anciano se acercó a las jaulas para comprobar que la jaula donde había dejado a la paloma estaba cerrada y vacía. Recorrió toda la habitación, pero no había ni rastro de ella, ni vio forma de que hubiera podido escapar, todas las ventanas estaban cerradas. El anciano suspiró. Sabía que no iba a encontrarla en ningún sitio. No entendía qué había pasado, pero en lo más hondo de su ser comprendió que todo había sido real. Rebuscó en un cajón de la cómoda hasta dar con el papel que le había dado el muchacho el día anterior. Allí estaba la dirección. Llamó a la recepción del hotel y pidió un taxi. Tomó su abrigo, su bufanda y su viejo sombrero. Al llegar abajo, el recepcionista lo saludo.
– Ya ha llegado el taxi -le dijo.- Pensaba que hoy no iba a salir.
– He decidido ir a cenar con la familia de un amigo -respondió el anciano.
– Eso esta bien -el recepcionista sonrió.- No es bueno pasarse tanto tiempo solo como hace usted últimamente. Pues que pase una buena noche, y ¡feliz Navidad!.
– Feliz Navidad -respondió Nikola Tesla sonriendo.

Publicado por Vik-Tor el 24 diciembre, 2012 en Historia olvidada | Lee el primer comentario

  • 24 diciembre, 2012, 8:07
    Bitacoras.com dijo,

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