Fray Bernardino de Sahagún: un leonés en Las Indias

Cuando se habla de los misioneros que defendieron la cultura y derechos indígenas frente a la conquista española de las tierras americanas, siempre suele venir a la mente Bartolome de las Casas, pero en la aventura conquistadora de las mal llamadas entonces Indias hubo otros frailes que aún manteniendo su afán por difundir la llama “Palabra de Dios” entre aquellas “almas perdidas”, siempre pregonaron por la fusión de culturas y el respeto por los indígenas. Uno de ello fue el protagonista de hoy, el leonés Fray Bernardino de Sahagún, que yendo contracorriente en los tiempos que vivió, pasó de redactar las gestas de la Conquista para centrarse en rescatar del olvido y salvar de las destrucción la cultura mesoamericana.

Aunque no se sabe mucho de sus primeros años, parece que nació sobre el año 1499 en la ciudad leonesa de Sahagún. Por su entrada ya tardía en la Orden Franciscana, con unos 28 años, tras cursar estudios universitarios de Humanidades, es posible que su familia fuera acomodada, si no nobles, quizás ricos terratenientes de la Tierra de Campos. Su llegada a México se produce en el año 1529, recién ordenado sacerdote,  junto a un numeroso grupo de franciscanos. En aquel momento entre los miembros de la orden de San Francisco había dos tendencias, una que consideraban imprescindible la colaboración con el poder civil para la evangelización, que debía seguir el camino de la erradicación de todo lo indígena ; y otra que era más respetuosa con la cultura de los pobladores del Nuevo Mundo. Esta última tendencia incluso derivó en la “herética” idea de crear “repúblicas evangélicas”, en la línea de la “Utopía” de Tomás Moro, que nunca llegó a materializarse.

La primera labor que emprendió el joven misionero al pisar tierras mexicanas fue aprender el náhuatl, la lengua hablada por los aztecas y otros pueblos de américa central que englobaban los denominados nahuas. Y junto al aprendizaje de la lengua también comenzó a conocer sus costumbre y cultura. Tras pasar unos pocos años en Tlamanalco y Xochimilco, donde contribuye al levantamiento de sendas iglesias, llega en 1535 al que será su centro de acción principal, la ciudad de Tlatelolco. Antes de la llegada de los conquistadores existía en esta población un colegio donde se educaban los hijos de los nobles aztecas, y bajo esta inspiración se crea el Colegio de San Cruz, para continuar esta labor dentro de la doctrina cristiana y formar una nueva élite de indígenas evangelizados. Comienza entonces a planear su gran obra, su Historia de las cosas de la Nueva España, por lo que abandona durante dos periodos de varios años su colegio para, a parte de su labor evangelizadora, recoger datos de las culturas indígenas bajos cuatro epigrafes: Dioses, Cielo e Infierno, Señorío y Cosas humanas. Para la creación de esta magna obra contó con la colaboración de un grupo de alumnos indígenas que le ayudarán con la escritura y paso a limpio de todo el material recogido, equipo que más adelante se verá ampliado con la presencia de indios cultos recomendados por sus alumnos. Durante los años 1545 y 1558 data su periodo más largo pasado en el colegio, época más fructífera para sus trabajos y durante la cual entrega la dirección del colegio a antiguos alumnos.

En 1561 consigue por fin que le aprueben los gastos necesarios para poder pagar el paso a limpio de la redacción final de su obra, acabada en 1569, que se compondría de tres columnas: una redactada en azteca, otra en castellano y la tercera para definir términos de difícil comprensión. Pero tras una primera aprobación por parte de una comisión como libro de texto para nuevos misioneros, su publicación fue detenida por el responsable de la provincia, poco amigo de las ideas del fraile. Tuvo que esperar unos años, hasta 1574, para que le volviera a dar permiso para reanudar las finalización de la obra. Pero los que no estaban de acuerdo con sus postulados arrecieron los ataques a través del Consejo de Indias y llegaron hasta el propio Felipe II, del que consiguieron una carta que exigía la retirada inmediata del manuscrito y su envío a la corte para su destrucción. Sus superiores le ocultaron parte de esta carta al ya anciano fraile con el fin de no disgustarlo, y consiguió que alguno de los Libros que componían su obra vieran la luz. En 1590 enferma y es trasladado a Ciudad de México, donde fallece pocos meses después y donde es enterrado con la presencia en pleno de su Colegio y de toda la ciudad de Tlatelolco.

Su legado finalmente no fue destruido y han llegado a nuestros días, siendo la principal copia  el llamado Códice Florentino, que se halla en Biblioteca Medicea-Laurenziana en Florencia, Italia, y que se puede consultar en la Biblioteca Digital Mundial. Esta monumental obra se compone de tres tomos en las que se detallan los dioses y cosmogonías aztecas, su historia, sus peculiaridades culturales y políticas, acabando con una historia de la conquista española de Nueva España. Aunque su finalidad última era didáctica, el fraile franciscano compuso uno de ejemplos de los primeros pasos de lo que hoy denominamos Ciencias Sociales y marco las pautas de la investigación en estas ciencias, mediante su método de trabajo con encuestas, que Fray Bernardino denominaba minutas, y de equipos de encuestadores sobre el terreno supervisados por un jefe de equipo, convirtiéndolo así en el padre de la Etnología actual .

Publicado por el 18 noviembre, 2013 en Historia olvidada | 2 comentarios

Los otros Juegos no Olímpicos

Hace pocas semanas que hemos podido ver como el enésimo intento de Madrid para convertirse en ciudad olímpica en 2020 acababa sumergido en una relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor. Pero en la antigüedad no solo existieron los Juegos Olímpicos, también se celebraron otros juegos que quizás Madrid podría resucitar. En la antigua Grecia se organizaban otros tres grandes tipos de juegos que junto a los Olímpicos conformaban los llamados Juegos Panhelénicos, que se celebraban a lo largo del ciclo de cuatro años al cual los griegos denominaban una Olimpiada.

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Los primeros, que se celebraban, al año siguiente de los Olímpicos, eran los Juegos Nemeos, en honor a Zeus, que se celebraron en las cercanías de la ciudad de Cleonas, en la zona de Nemea, y  también en la ciudad de Argos, según el periodo de tiempo. Algunas leyendas sitúan su origen como una conmemoración de una de las doce pruebas de Heracles (el nombre griego de Hércules), la muerte del león de Nemea. Comprendían pruebas de carreras a pie, carreras de caballos y carros, lucha, boxeo, tiro con arco y lanzamiento de jabalina y disco. El mismísimo padre de Alejandro Magno, Filipo de Macedonia, llegó a ostentar la presidencia de los Juegos, revividos durante su mandato. Estos juegos también se repetían en el cuarto año de la Olimpiada. En 1996 la Sociedad para el Renacimiento de los Juegos Nemeos, creada en la Universidad de Berkeley, volvió a celebrar estos juegos de una forma bastante informal, más una especie de fiesta familiar que un evento internacional, que ha continuado organizando los juegos cada cuatro años, los últimos en el pasado 2012.

Los siguientes, celebrados en el Istmo de Corinto, la franja de tierra que une la Grecia continental y la península del Peloponeso, también durante el segundo año de la Olimpiada, eran los Juegos Ístmicos. Su origen está en las celebraciones funerarias por la muerte de Melicertes, el sobrino de Sísifo, cuyo cuerpo encontró el rey corinto en una de las orillas del Itsmo. Las pruebas deportivas eran similares a las de los Olímpicos y los Nemeos, y llegaron a celebrarse hasta que el emperador Teodosio prohibiese las celebraciones paganas en su afán por afianzar el cristianismo en su imperio. Igual que los Nemeos, se celebraban también en el año anterior a los Olímpicos.

Durante el tercer año de la Olimpiada tenían lugar en Delfos, hogar del famoso Oráculo, los Juegos Píticos, en honor al dios Apolo, que según la leyenda había sido quién había instaurado estos Juegos tras la derrota de la gran serpiente Pitón. Tenían la peculiaridad de que aparte de las pruebas deportivas, también había competiciones de música, teatro, danza y pintura.

Fuera de los considerados los Juegos Panhelénicos se sitúan los Juegos Hereos, en honor a la diosa Hera, cuyos participantes eran exclusivamente mujeres. Se celebraban también cada cuatro años, probablemente el mismo año que los Olímpicos, poco antes que estos, y consistían en carreras de mujeres organizadas por edades en el estadio de Olimpia. Al contrario que los deportistas de los demás juegos, que competían desnudos, en los Hereos las mujeres vestían una túnica corta, el quitón másculino, que dejaba al descubierto su hombro y pecho derechos. Recordemos que inicialmente a las mujeres les estaba prohibido tanto competir como asistir a los Juegos Olímpicos, por lo que esta celebración nacería como una alternativa a esta prohibición.

Os hemos ofrecido cuatro alternativas magníficas para que Madrid pueda tener sus propios Juegos, solo falta que las autoridades competentes tomen cartas en el asunto y se decidan por alguna de estas opciones. Nos mantenemos a la espera.

Publicado por el 14 octubre, 2013 en Actualidad, Historia olvidada | Lee el primer comentario

El origen pagano del Vaticano

El Vaticano ha sido y sigue siendo uno de los centros de poder del mundo cristiano, situado en una de las colinas de Roma, no de las legendarias siete, sino de una menor, de la que tomó su denominación. Es por ello que podríamos pensar que su nombre pudiera venir de algún termino latino de la antigua Roma, pero tenemos que remontarnos un poco más allá en el tiempo, hasta los predesores del pueblo romano, los etruscos.

Tumba estrusca. Photo by Robin Iversen Rönnlund. CC-BY-SA-3.0

Los estruscos fueron un pueblo de origen incierto, unos dicen que autócnos de la península Itálica y otros que vinieron de oriente, que se establecieron originalmente al norte del Tíber, desplegandose por la actual Toscana y parte de Umbría, dando lugar a una civilización que alcanzó un gran explendor hasta que fue eclipsada por sus herederos, Roma. Una de las principales características de este pueblo fue su obsesión por la vida ultraterrena, que les llevó a construir grandes necrópolis en el exterior de sus ciudades. Y en el caso de las primitivas poblaciones situadas donde luego se erigiría Roma, la construyeron sobre la ladera de una colina. Dentro de la mitología etrustuca, existía una diosa, Vatika, que fue designada como guardiana de la necrópolis, dando así el nombre a la colina romana pero también a otra cosa más. Sobre esa colina crecía una planta de efecto alucinógenos al que los romanos denominaron también Vatika, y que pasaría a la lengua latina con el significado de ‘visión profética‘ .

Plaza de San Pedro en Roma. Photo by DAVID ILIFF. License: CC-BY-SA 3.0

Ya más adelante Nerón construiría en ese lugar, situado fuera de las murallas de la ciudad de Roma en ese momento, su circo privado, que decoraría con un obelisco traído de la ciudad de Heliópolis en Egipto por su precesor, Calígula, obelisco que es el mismo que se erige actualmente en en el centro de la Plaza de San Pedro en el Vaticano. Según cuenta la tradición, en este lugar sería martirizado San Pedro y enterrado en sus cercanías, por lo que el emperador Constantino decidió construir en el lugar un santuario en el año 324, sobre el que más tarde se erigiría la actual Basílica de San Pedro, símbolo fundamental de la actual Ciudad del Vaticano. Y así es como el nombre de una diosa pagana acabo dando nombre al centro principal de la religión católica.

Fuente: La escóbula de la brújula

Publicado por el 9 septiembre, 2013 en Historia olvidada | Lee el primer comentario

El reto de la longitud: una historia de mar, relojes y perseverancia.

El otoño de 1707 había golpeado con un tiempo adverso a la escuadra del almirante Shovell, que regresaba a Gran Bretaña desde Gibraltar. Los veintiún buques habían luchado, además de contra franceses y españoles en la Guerra de Sucesión por el trono hispano, contra las inclemencias meteorológicas desde su partida y completaban la última parte de su viaje de vuelta a casa navegando por aguas seguras del Canal de la Mancha. O eso creían. Un error en el cálculo de la posición de los navíos provocó el choque de cuatro barcos contra las rocosas costas de las islas Sorlingas y el mar se tragó a más de 1400 marinos en una de las peores catástrofes de la historia naval británica.

El desastre de las Sorlingas fue una desgraciada consecuencia de un asunto que empezaba a obsesionar a gobiernos, científicos y marinos de toda Europa: el problema de la longitud. En aquella época, y en todas las travesías marinas anteriores, no se conocía cómo determinar de forma precisa la posición de un barco en alta mar, por sus coordenadas, debido a que, mientras que la latitud era relativamente sencilla de calcular (mediante la observación del firmamento, con un astrolabio por ejemplo), no se conocían métodos exactos para determinar la longitud. Debido a esto, los marinos intentaban desplazarse siempre manteniendo una latitud concreta, es decir, navegaban hasta alcanzar la latitud de su destino y después trataban de continuar el viaje sin variar de latitud. Esto ocasionaba que la navegación no siguiese las rutas óptimas ni aprovechase las corrientes marinas o los vientos, y también facilitaba el trabajo a piratas, corsarios y enemigos de todo tipo para localizar e interceptar los navíos, que siempre seguían rutas similares.

Navío inglés del siglo XVIII

Navío inglés del siglo XVIII

Cada vez se hacía más necesario resolver el problema de la longitud y los grandes monarcas europeos en España, Francia o Inglaterra ofrecieron cuantiosos premios para quien pudiera conseguir que sus navíos se localizasen de forma exacta en los océanos. En concreto, en 1714, se formó en Gran Bretaña el Consejo de la Longitud, para supervisar los avances en la resolución del problema y para incentivar la investigación en este campo: 20.000 libras esterlinas esperaban a quien pudiera calcular la longitud a bordo con un error menor de medio grado. Las grandes mentes de la época trabajaron sobre el problema, en muchos casos intentando aplicar soluciones astronómicas basadas en la observación y medición de ocultaciones o distancias lunares. Sin embargo, inesperadamente, fue un relojero de Yorkshire, sin apenas formación académica, el que cambiaría la navegación marítima para siempre.

Poco se sabe de los primeros años de vida de John Harrison, hijo de un humilde carpintero, ni de cómo llegó a sus oídos el “premio de la longitud”, pero, a partir del momento en que tuvo conocimiento de su existencia, dedicó el resto de su vida a la construcción de cronómetros marinos que pudieran resolver uno de los grandes problemas de su tiempo. Y lo consiguió.
La solución aportada por Harrison, conocida como aproximación mecánica, se basaba en que, debido a que la Tierra gira sobre sí misma 360º cada veinticuatro horas, su desplazamiento cada hora es de 15º de longitud. En base a la observación solar se puede conocer la hora local aparente en una embarcación en el mar. Por tanto, si se pudiera saber qué hora es en ese mismo momento en el puerto de salida, tendríamos la diferencia horaria, que se podría traducir en grados de longitud. Sin embargo, la dificultad de aplicar este enfoque radicaba en la falta de capacidad técnica para construir un cronómetro lo suficientemente preciso como para informar de la hora en origen sin errores.

Junto a uno de sus hijos, Harrison trabajo durante años, obsesionado con alcanzar la perfección, en sucesivos modelos de cronómetros y, en 1761, su cronómetro H-4 viajó desde Gran Bretaña hasta Jamaica con el objetivo de superar el reto de la longitud. Tras la travesía, se comprobó que el H-4 sólo se había retrasado 5 segundos, cumpliendo sobradamente los requisitos para el premio.

Uno de los cronómetros de Harrison

Uno de los cronómetros de Harrison

El Consejo de la Longitud requirió más pruebas, y los cronómetros de Harrison las fueron superando una tras otra en distintas expediciones, a pesar de lo cual el relojero aún tardaría en recibir la gratificación convenida.
Finamente, en 1773, y tras la intercesión del propio rey Jorge III, John Harrison, ya anciano, recibió el premio por un logro que parecían no querer reconocerle.

Aunque los métodos astronómicos se siguieron utilizando durante décadas, la obstinación y el talento de un relojero inglés cambiaron la forma en que los humanos nos movimos por el mar, hasta la llegada del GPS. Y Gran Bretaña forjó, en el siglo siguiente, un gran imperio ultramarino.

Publicado por el 8 julio, 2013 en Historia olvidada | 7 comentarios

Un metro de Historia: Pacífico

Antes de ceder el paso a Pedro Bosch para que salte sobre las vías de tren y se dirija hacia Méndez Álvaro, Doctor Esquerdo se cruza con la Avenida Ciudad de Barcelona, y allí es donde nos encontramos con la estación de metro de Pacífico, parada de las líneas 1 y 6 del suburbano capitalino. Posiblemente poca gente sepa que su nombre no sólo hace referencia al océano homónimo, sino que también recuerda un hecho poco conocido del siglo XIX español: la Guerra del Pacífico. Más concretamente, la estación recibe su nombre por la Avenida del Pacífico, llamada así en recuerdo de las expediciones de la Armada en aquellas aguas, la cual ha pasado a denominarse actualmente Avenida Ciudad de Barcelona.

Logo Metro Madrid

Allá por el año 1865, poco después de la finalización de la guerra de secesión norteamericana, España se embarcaba en Sudamérica en una contienda naval en las costas de Chile y Perú. Unos meses antes, estando por aquellas latitudes, con fines científicos y diplomáticos, una escuadra española, formada por las fragatas Triunfo y Resolución, la corbeta Vencedora y la goleta Covadonga, se desencadenó una crisis entre los gobiernos de España y Perú, a cuenta del asesinato de españoles en una hacienda peruana (el denominado “incidente de Talambo”), a raíz de la cual, el almirante Luis Hernández Pinzón (descendiente de los Pinzones que descubrieron América) dirigió la ocupación de las peruanas islas Chincha por parte de tropas españolas. Este archipiélago era muy rico en guano, que, por si alguien no ha visto a Ace Ventura en África y se está preguntando lo que es, diremos que se trata básicamente de excremento de aves o murciélagos, apreciado como fertilizante, y muy importante para las exportaciones peruanas de la época.

Después de este suceso, y tras la llegada del almirante Pareja como sustituto de Pinzón al mando de la Escuadra del Pacífico, las negociaciones entre España y Perú finalizaron con un acuerdo que establecía la retirada de los españoles a cambio del pago de una indemnización de guerra. Sin embargo, el golpe de estado acaecido en Perú y la negativa de Chile a abastecer a los buques españoles precipitaron los acontecimientos hacia una guerra entre España y los dos países sudamericanos, a la que más tarde se sumarían, también en contra de España, aunque de modo casi testimonial, Bolivia y Ecuador.

La Guerra del Pacífico, vista desde España como una expedición de castigo, se podría resumir en cuatro acciones bélicas y una frase. En lo referente a los hechos de armas, el primer acto digno de mención se produjo cuando la flota española fue sorprendida por la escuadra chilena en Papudo, combate en el que la Covadonga resultó apresada. Este fracaso llevó al almirante Pareja a suicidarse, siendo sustituido al mando por el gallego Casto Méndez Núñez. Posteriormente, la escuadra española, reforzada con nuevos navíos procedentes de la península, localizó a la flota sudamericana en la ensenada de Abtao, aunque los barcos chilenos y peruanos no salieron a mar abierto a entablar un combate directo.
El tercer capítulo de la guerra nos lleva al bombardeo de la ciudad chilena de Valparaíso por parte de la flota española, acción muy criticada internacionalmente, ya que, aunque el almirante español avisó con mucha antelación de sus intenciones y permitió la evacuación de toda la población civil, este ataque se llevo a cabo contra un puerto indefenso. Este bombardeo provocó un notable malestar en las propias filas españolas, poco orgullosas de su acción, y, probablemente para enmendar estos hechos y lavar la imagen de la Armada Española, Méndez Núñez dirigió la escuadra hacia el Puerto del Callao, posiblemente el mejor defendido de Sudamérica. La flota española, encabezada ya por la fragata blindada Numancia (primer navío acorazado que dio la vuelta al mundo), causó grandes daños en las defensas peruanas del Callao, que se consideraban por aquel entonces casi inexpugnables, en un combate en el que el propio Méndez Núñez resultó herido. Tras esto, la escuadra española fondeó en puertos de Brasil y Uruguay y la guerra acabó terminando con la firma de tratados de paz bilaterales. En España, el conflicto, cuyo costé ahondó la crisis económica y política del país, no ayudó a la monarquía isabelina, que acabaría cayendo con la Revolución Gloriosa de 1868.

Bombardeo de Valparaíso

Bombardeo de Valparaíso

Y nos queda la frase. Es de éstas que se han escuchado alguna vez pero no se sabe muy bien dónde. Aunque no está del todo claro el contexto en el que se pronunció la cita, se cree que, cuando Méndez Núñez iba a emprender el ataque a Valparaíso, las fuerzas navales de Gran Bretaña y Estados Unidos le amenazaron con intervenir en el caso de que éste se realizara. A lo que dicen que el almirante español contestó eso de “Más vale honra sin barcos que barcos sin honra”. Sin duda muy hispano y quijotesco. Nortemericanos y británicos se abstuvieron de intervenir finalmente.

Fragata blindada Numancia

Fragata blindada Numancia

Hoy en día Numancia y Méndez Núñez son dos fragatas de la Armada Española, de las clases F-80 y F-100 respectivamente, el Puerto del Callao es el principal de Perú en cuanto a tráfico naval, y allí donde Doctor Esquerdo se cruza con la Avenida Ciudad de Barcelona, una estación madrileña con nombre de océano recuerda una guerra lejana e inútil, de la que a duras penas pervive una frase.

Publicado por el 3 junio, 2013 en Historia olvidada | Lee el primer comentario

Un Metro de Historia: Núñez de Balboa

Caminando por el madrileño distrito de Salamanca, divisando ya el cruce con Juan Bravo, podemos encontrar unos dulces que, aun bautizados con gentilicio ruso, pertenecen sin embargo al patrimonio de la confitería ovetense. Conviene decir, como consejo del día, para quien nunca haya probado un moscovita, que son un éxito asegurado entre propios y extraños. Nostros, que los hemos paladeado, no nos podremos resistir. Bien sabido es que lo primero es reconocer la natural debilidad frente a los placeres mundanos y azucarados. Hecho lo cual (el reconocimiento y la dulce adquisición), para transportar tan exquisita carga podremos acceder al metro sólo unos metros más allá (valga la redundancia) Estaremos descendiendo a la estación de Núñez de Balboa (de las líneas 5 y 9)

Los dulces eran por aquí distintos, y a buen seguro menos chocolateados, cuando Vasco Núñez de Balboa vino al mundo, en 1475, en la localidad extremeña de Jerez de los Caballeros. La información sobre su ascendencia familiar y sus primeros años es escasa, pero la Historia lo sitúa en 1501 explorando la costa caribeña, inmerso en la ibérica fiebre descubridora del momento. Con las ganancias obtenidas compró tierras en la isla de La Española (actual Santo Domingo), donde pasará unos cuantos años , hasta que sus muchas deudas le empujan a huir y unirse como polizón a la expedición que, encabezada por Martín Fernández de Enciso, se dirigía a tierras continentales. Sus conocimientos de la región le salvaron, tras ser descubierto, de ser empujado a una muerte segura, abandonado en algún islote.
Ya en el continente su carisma va haciéndole un nombre entre los españoles y, en 1510, tras la victoria sobre el cacique indígena Cémaco, fundará el que quizá haya sido el primer establecimiento europeo permanente en tierras continentales americanas: Santa María la Antigua del Darién. Aquí empieza la escalada del conquistador, que luego se convertiría en caída. Tras forzar la destitución del déspota Fernández de Enciso, Núñez de Balboa se convirtió en alcalde de la floreciente Santa María, para después deshacerse, en circunstancias poco claras, del entonces gobernador de la región, Nicuesa, alcanzando así el cargo de gobernador de Veragua.
Comienza entonces la conquista del istmo de Panamá, durante la cual oirá por primera vez entre los indígenas historias acerca de otro mar y de un rico reino situado al sur . Dispuesto a comprobar por sí mismo estos relatos, Balboa organizó una expedición desde Santa María y, el 25 de septiembre de 1513, a la cabeza de un puñado de españoles divisó en el horizonte ese “otro mar”, que bautizó como el Mar del Sur. Acababa de descubrir el mayor océano de la Tierra, el océano Pacífico (nombre acuñado unos años después por Magallanes durante su intento de circunnavegación del mundo) Cuatro días después del avistamiento, el día de San Miguel, bañados por las aguas del nuevo mar, los españoles “tomaban posesión” de la vasta extensión de agua, nueva a sus ojos, en nombre de sus soberanos. En este 2013 se cumple el quinto centenario de este descubrimiento y Panamá, hoy centro clave de las comunicaciones marítimas del mundo, lo celebra con diversos actos e iniciativas.

Fuente: Wikipedia (http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/a/aa/La_palma%2C_Dari%C3%A9n.jpg)

El Pacífico visto desde la región del Darién, Panamá (Fuente:Wikipedia)

Tras este hito histórico, Núñez de Balboa se encontró con la llegada de un nuevo enviado real, Pedro Arias de Ávila, cuya autoridad tuvo que acatar. Sin embargo, la ambición conquistadora de Vasco no se frenaría en ningún modo, llevando a cabo expediciones tanto consentidas como no consentidas, y descubriendo, entre otros lugares, el Archipiélago de las Perlas, donde se hallaría la “Perla Peregrina”, una de las más fabulosas joyas de la Historia, que, tras pasar por las manos de Felipe II y otros reyes y reinas de España, fue robada y llevada a Estados Unidos por José Bonaparte, atavió el cuello de Liz Taylor y se vendió hace poco más de un año por 9 millones de euros.

Finalmente, la desobediencia de Balboa, las envidias, venganzas y luchas de poder terminarían llevándole al cadalso, acusado de traición a la Corona. Murió decapitado, y proclamando su inocencia, en el enero tropical de 1519. Nada se sabe de los restos del explorador, deudor, polizón, soldado, alcalde, gobernador, adelantado, descubridor y conquistador, que traicionado y/o traidor, y no ajeno a la codicia y la violencia de la Conquista, cambió los mapas del planeta.

Óleo representando a Vasco Núñez de Balboa (Museo Naval de Madrid)

El hombre que dirigió su arresto, extremeño como él, continuaría el sueño conquistador hacia el sur. Hacia ese sur bañado por un nuevo mar. Su nombre era Francisco Pizarro. Pero esa ya es otra historia.

Y, coincidencias de la Historia, Juan Bravo fue un cabecilla del movimiento comunero castellano y acabó sus días del mismo modo que nuestro protagonista de hoy, sólo dos años más tarde, aunque en un abril vallisoletano. Un final muy visto en nuestra historia. Hoy sus calles yacen juntas.

Publicado por el 6 febrero, 2013 en Historia olvidada | Lee el primer comentario

Un Metro de Historia

Dentro del proceso de “madrileñización” de un foráneo hay ciertos cambios habituales en las conductas y las percepciones, pasos típicos en la adaptación al entorno. Tras años de rodaje por la capital, uno acumula kilómetros en la serpiente subterránea que traquetea bajo los suelos más o menos sórdidos de la Villa y Corte y pocas cosas le asombran ya como el primer día, siendo capaz de viajar con su mundo interior, su libro o su banda sonora particular, abstraído de las pequeñas historias que se transportan en los vagones, cuadros móviles del costumbrismo urbano.

En ocasiones, en cambio, uno retorna a su reflejo provinciano de observación, escucha y cierta actitud defensiva, y puede, en su soledad multitudinaria, contemplar alguna historia de amor, resquicios de otras vidas e ilusiones y un buen puñado de miradas tristes. La omnipresencia de los teléfonos móviles y ese convencimiento, tan capitalino, de que los seis grados de separación no viajan en transporte público también ponen a disposición de los oídos ciudadanos una buena galería de indiscreciones e injurias varias. No es éste el caso de dos parejas que el otro día charlaban animadamente, de pie y en actitud relajada, en un vagón del suburbano y que, recordando un viaje pasado, alababan las cualidades turísticas del mexicano destino de Puerto Vallarta mientras el convoy aminoraba la velocidad y entraba en la estación de Núñez de Balboa. Curiosa unión entre las pequeñas historias y la Historia, el mayor océano del planeta, que baña su límite continental en la costa jalisciense, se reencontraba con su descubridor en una parada de la morada línea nueve. Unamuno, quizá, diría que la intrahistoria, incluidas las desesperanzadoras historias que retratan a un país, viaja en metro, pero, la Historia, en cierto modo, también. O al menos podemos viajar hacia ella de estación en estación de la colorida maraña que mueve la urbe madrileña.

Curiosidad o manía, siempre me ha intrigado el origen de los nombres de los pueblos, las calles o… las estaciones de metro. La conexión 3G y la nunca suficientemente alabada Wikipedia ayudan mucho a resolver in situ estas dudas pero, más allá de la duda resuelta, el dato en sí, o incluso de los hechos históricos que se esconden tras él, los planos y callejeros pueden ser vistos realmente como mapas de la memoria colectiva. Moviéndonos con estos planos también podemos transitar por la Historia y sus personajes, y como un servidor y humilde aficionado encuentra buena cualquier excusa para divulgar historias del pasado que puedan servir de abono para el futuro,  presentamos aquí una serie de artículos para que viajemos un poco, metro a metro, en el metro. En un metro de Historia. Próximas paradas: Núñez de Balboa y Pacífico.

Publicado por el 4 febrero, 2013 en Historia olvidada | Lee el primer comentario

Gil y Carrasco: un Romántico en El Bierzo

Si le preguntas a alguien por un autor del Romanticismo, a la mayoría le vendrá a la cabeza José de Espronceda con su Canción del Pirata o Gustavo Adolfo Bécquer con sus Rimas y Leyendas. Otros, los menos, se acordarán del teatro de José Zorrilla o los artículos de Mariano José de Larra. Pero seguro que prácticamente nadie se acordará Enrique Gil y Carrasco, el autor de una de las novelas históricas más importantes, tanto del periodo romántico como de la literatura española en general, uno de los hombres ilustres que vino al mundo en la misma tierra que este que escribe, la comarca leonesa de El Bierzo.

Gil y Carrasco nació en 1815 en la señorial Villafranca del Bierzo, dentro una familia católica con buena posición, ya que su padre trabajaba como administrador del Marqués de Villafranca. Pero pocos tiempo después, cuando Enrique tenía solo seis años, se vieron obligados a trasladarse a Ponferrada tras la muerte del Marqués y ser su padre acusado de estafa. Ya en la capital berciana iniciará el autor su educación en el colegio de los Padres Agustinos, colegio que algunos años más tarde desaparecería por la Desamortización de Mendizabal, pero cuyo lugar hoy en día ocupa el Instituto de Enseñanza Secundaria Gil y Carrasco. Su formación, siempre bajo batuta religiosa, continuó más tarde con los benedictinos de Vega de Espinareda y el seminario de Astorga. En 1831 se trasladó a Valladolid con el fin de estudiar leyes, regresando los veranos a Ponferrada, momento que aprovechaba para realizar numerosas excursiones por la comarca que le servirían seguramente como inspiración para sus futuras obras. Estos estudios fueron interrumpidos durante algunos meses al ser reclutado como soldado durante la Primera Guerra Carlista. Tras esto regresó a Valladolid, pero en 1836, por causas que no están claras y con la oposición de su padre, decide trasladarse a Madrid donde finaliza sus estudios de Derecho.

Será en la capital del reino donde Gil y Carrasco entra en contacto con los personajes liberales de la época, entablando amistad con Espronceda, que lo introducirá en los círculos literarios románticos, asistiendo al entierro de Larra, siendo un asiduo a las tertulias de El Parnasillo, el lugar de reunión por excelencia de los autores del Romanticismo español, y participando también en el Liceo, el actual Ateneo de Madrid por el que tantos personajes eminentes de la cultura española han pasado. Pronto comenzará a publicar algunas poesías y a colaborar como crítico teatral en varios periódicos, pero en 1839 se verá truncada temporalmente su carrera periodística por el agravamiento de la tuberculosis que arrastraba desde tiempo atrás, que le obligó a regresar a Ponferrada en busca de reposo y tranquilidad, momento que aprovechará para escribir su primera novela, El lago de Carucedo. Al año siguiente, ya repuesto, regresaría a Madrid, reanudando su labor de articulista a la vez que conseguía un puesto en la Biblioteca Nacional que le permitía vivir holgadamente, pero solo un par de años después una nueva fatalidad le haría regresar a Ponferrada: la muerte de su amigo Espronceda. Aprovecha nuevamente ese tiempo para realizar viajes por tierras bercianas que servirían para documentar otra de sus obras destacadas, Bosquejo de un viaje a una provincia de interior, donde describe los paisajes y gentes de El Bierzo de la época, junto con algunas otras regiones leonesas, como la Maragatería, siendo una de las mejores documentaciones para conocer la comarca en esa primera mitad del siglo XIX.

Las Médulas, uno de los paisajes más queridos por Gil y Carrasco. By Rafael Ibáñez Fernández, via Wikimedia Commons

En 1843 regresa nuevamente a Madrid con fuerzas renovadas y es el momento en que ofrece para su publicación su obra maestra, El Señor de Bembibre. La historia de la novela nos traslada al siglo XIV, durante los años finales de la orden del Temple, narrandonos el dramático romance entre Álvaro Yáñez, el señor de Bembibre y Beatriz Ossorio, heredera del señorío de Arganza,  a lo largo de los años, en un melancólico camino plagado de dificultades y calamidades característico de todas las obras románticas, salpicando la narración con preciosistas descripciones de los lugares y paisajes de El Bierzo medieval, y con el trasfondo histórico de las luchas políticas y militares que llevaron a la desaparición de los caballeros templarios en los reinos de León y Castilla.

Grabado de la primera edición de El Señor de Bembibre. Via:http://perso.wanadoo.es/jlpv

Tras publicar su novela en 1844, le surgió una gran oportunidad de progresar al serle ofrecido el puesto de secretario en la embajada española en Berlín, gracias a su amistad con González Bravo, presidente del gobierno en aquel momento, durante la regencia por la minoría de edad de Isabel II, y creador de la Guardia Civil. En abril de ese año comenzó su largo viaje a Berlín, recorriendo durante cuatro meses las principales ciudades europeas de la época, que aprovecharía para documentar un informe sobre la situación industrial europea. En Berlín conocerá a Alexander von Humboldt, el conocido como “Padre de la Geografía Moderna Universal”,  y al príncipe Carlos de Prusia, al que llega a dar clases de español. En la Navidad de 1845 le regalará al rey de Prusia un ejemplar de El Señor de Bembibre, que le hace interesarse por la localización de El Bierzo, y fue el acicate para que, a través de Humboldt, que era chambelán en aquel momento, el rey le concediera la Medalla de Oro de las Artes y las Letras. Pero poco pudo ya disfrutar tales honores al fallecer en febrero de 1846 debido al empeoramiento de la tuberculosis, contando tan solo 31 años de edad, cumpliendo así la regla no escrita de la corta vida de los escritores románticos.

Sirva este pequeño semblante biográfico como homenaje a un magnífico escritor, ampliamente recordado en su tierra natal, pero muy desconocido en el resto de España, que merece tener su nombre grabado con letras de oro en la Historia de la Literatura Española.

Publicado por el 21 enero, 2013 en Historia olvidada | 2 comentarios

Torres Quevedo: un ejemplo en el país del “que inventen ellos”

El pasado 28 de diciembre, Google dedicaba su doodle diario a un gran inventor, destacado en diversos campos, español y , como se puede ver, conocido y apreciado fuera de nuestras fronteras, aunque posiblemente bastante desconocido en su propio país.

Compartiendo nombre con el genio florentino, Leonardo Torres Quevedo nació en la pequeña población de Santa Cruz de Iguña, Molledo (Cantabria) 160 años antes del citado día en que el buscador de Mountain View le dedicaría su portada. En 1876 finalizó sus estudios de Ingeniería de Caminos en Madrid y comenzó su labor profesional y su dedicación a la invención, mediante la que alcanzaría unos cuantos hitos reseñables.

En 1912 construiría El Ajedrecista, al que se le puede considerar el primer juego de ordenador (analógico). Un autómata que, usando electroimanes, disputaba una partida de un final de rey y torre contra un oponente humano, ganando siempre. La invención de Torres Quevedo, que, a diferencia El Turco, no tenía truco, causó sensación en la Feria de París de 1914 y una cobertura relevante en las publicaciones técnico-científicas de la época.

Los Reyes de España juegan a El Ajedrecista

Pero ya años antes había patentado el telekino, un dispositivo capaz de enviar órdenes de control a través de ondas hertzianas y que sentaría las bases de los modernos sistemas de control remoto, y le convertiría en un auténtico pionero en este campo, junto con Nikola Tesla, nada más y nada menos. El hecho de que el IEEE considere al telekino como un hito en la historia de la ingeniería mundial nos puede dar una idea de la importancia de este primigenio mando a distancia.

Las capacidades del ingeniero español no se limitarían a los artilugios experimentales, y buena prueba de ello son su diseño del transbordador sobre el río Niágara, en Estados Unidos, conocido como Spanish Aerocar y que, aún hoy, casi un siglo después, continúa en funcionamiento y es toda una atracción turística sobre las impresionantes cataratas, o la construcción, con ayuda de Alfredo Kindelán, del primer dirigible español en 1905.

Transbordador sobre el Niágara

Torres Quevedo fue además miembro de prestigiosas academias, como la de las Ciencias de París o la Real Academia Española de la Lengua, donde sustituyó a Benito Pérez Galdós y un gran defensor del esperanto como nuevo idioma internacional. También destacó en sus últimos años por una importante dedicación a la pedagogía y al estudio de cómo sus autómatas podían ayudar a los docentes y aportar nuevos recursos didácticos, patentando, entre otros, un puntero proyectable, antecesor de nuestros punteros láser actuales. Tampoco fue un hombre ajeno al devenir político y social de su tiempo, alistándose voluntario para luchar contra las tropas carlistas que cercaban Bilbao durante la Tercera Guerra Carlista o recibiendo el ofrecimiento para ser ministro de Fomento, que finalmente rechazó.

Leonardo Torres Quevedo

Actualmente, un museo dedicado a su figura y obra, que expone algunas de sus máquinas e inventos, se puede visitar en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid y una fundación con su nombre está en funcionamiento en el seno de la Universidad de Cantabria con la intención de apoyar la investigación científica y técnica.

Y, si os estáis preguntando qué pinta la vaca montada en el transbordador en el doodle, se trata de un entrañable guiño a los inicios, que los hubo. El primer teleférico que nuestro inventor construyó en su pequeño pueblo natal era de tracción animal (vacuna para más señas).

Publicado por el 10 enero, 2013 en Historia olvidada, Tecnología | 3 comentarios

Cuento de Navidad

El mundo no se ha acabado y ya tenemos una nueva Navidad encima. Este año en cornisa.net hemos decidido que una buena forma de felicitar la Navidad es ofreceros este pequeño cuento, con ecos de Dickens y un protagonista muy especial, que espero disfrutéis. Os deseamos a todos los corniseros que paséis unas felices fiestas con vuestros seres queridos.

El espíritu de las Navidades futuras

   Había anochecido ya cuando el muchacho vio a la paloma. Casi había perdido toda esperanza de encontrar alguna aquella fría tarde del día de Noche Buena de 1942, cuando, en una esquina de la Biblioteca Pública de Nueva York, donde juraría que un instante antes no había nada, estaba aquella paloma. Era completamente de color gris oscuro, el muchacho se extrañó al verla pues no se parecía a ninguna de las especies que solían surcar los cielos e inundar los parques de la Gran Manzana. Cojeaba ligeramente, agitando las alas como intentando volar, pero sin conseguirlo. No se resistió en absoluto cuando el muchacho la recogió con sus manos. La acarició para tranquilizarla como hacía siempre que capturaba una, pero en este caso no era necesario. Aquella paloma parecía estar esperando que alguien la ayudara.
   Tardó poco en llegar al Hotel New Yorker con la paloma entre sus brazos, caminando con agilidad entre la muchedumbre que inundaban las calles neoyorquinas. A pesar de vivir en tiempos de guerra, Europa estaba lejos y la gente intentaba seguir haciendo su vida normal, disfrutando de la Navidad. Al entrar en el hall del Hotel, saludó con un simple movimiento de cabeza al portero, que le correspondió con el mismo gesto. Ni se inmutó al ver la paloma que llevaba al muchacho, conocía de sobra su destino. Tomó el ascensor al tercer piso y se detuvo frente a la puerta de la habitación 3327. Sujetando con un brazo la paloma, que seguía dócilmente acurrucada contra él, sacó la llave del bolsillo y entró. El anciano estaba sentado en su sillón, cerca de la ventana. Se volvió hacia el muchacho al oír el ruido de la puerta y sus ojos brillaron ligeramente al fijarse en la paloma. Se levantó del sillón, acercándose con lentitud al muchacho. Era un hombre alto, muy alto, pero los años habían habían hecho mella en él y esa altura había desembocado en un pronunciado encorvamiento. La altura se veía realzada también por la extrema delgadez del anciano, con aquel rostro sumido y cansado de una persona que había vivido mucho y no todo bueno.
– Gracias, Charlie – dijo el anciano tomando con delicadeza la paloma entre sus manos.
– Estaba junto a la Biblioteca. Es extraño, pero tuve la sensación de que me estaba esperando. No se muy bien que le pasa, la he examinado mientras venía y no parece tener nada roto.
   El anciano se acercó a la ventana e introdujo a la paloma en una de las delicadas jaulas de madera que ocupaban buena parte de la habitación. El resto de palomas se alborotaron ligeramente para recibir a su nueva compañera.
– ¿Necesita algo más hoy? -preguntó el muchacho.-¿Quiere que me quede un rato haciéndole compañía?
– Oh, no, Charlie, puedes irte, es tarde, seguramente tu familia te esté esperando ya. No hace falta que pierdas hoy el tiempo con este viejo.
– Ya sabe de sobra que no me importa. Me da pena que un gran hombre como usted tenga que pasar la Noche Buena solo.¿De verdad que no quiere venir a nuestra casa? Mi madre me insistió que sería un gran honor tenerlo entre nosotros.
– Ya te dije ayer que no os molestarais, además de que no estoy solo -el anciano volvió la mirada hacia las jaulas.- Las palomas siempre me confortan. Vete ya, no hagas esperar más a tu familia.
– Como quiera -dijo el muchacho encogiéndose de hombros- Mañana volveré a pasarme por aquí a la hora de siempre con algo de comida para las palomas. ¡Feliz Navidad!.
– Hasta mañana, Charlie -respondió el anciano.
   Una vez hubo salido el muchacho, el anciano buscó algo de pienso y lo echó en la jaula de la nueva paloma. El ave miró la comida, y luego al anciano, emitiendo un pequeño arrullo.
– Parece que no tienes hambre, pequeña. Bueno, ahí te lo dejo, cuando quieras ya comerás.
   El anciano consultó su reloj. Eran casi las siete de la tarde. Puede que la paloma no tuviera hambre, pero él empezaba a sentirla. Pensó en pedir algo al servicio de habitaciones, pero se sentía tan cansado que decidió sentarse un poco en su sillón. Se colocó su pequeña manta sobre las piernas y se quedó mirando a la paloma, que lo observaba sin apartar la mirada de él. Pensó en que en el fondo si que pudiera ser triste tener que pasar aquel día allí solo con la única compañía de las palomas, pero era ley de vida, sus amigos habían ido desapareciendo a lo largo de los años. Nunca había tenido mujer ni hijos. Su vida habían sido sus inventos, su pasión, su único amor. Era lo único que le quedaba a un anciano como él, los recuerdos de sus invenciones. Hacía tiempo que los periódicos lo ignoraban. Solo era un viejo loco. Sabía que ya no le queda mucho tiempo y pronto el mundo le olvidaría. Poco a poco la somnolencia le fue venciendo y se quedó profundamente dormido.
   Un lejano ruido, semejante a la sirena de un barco, lo despertó. Al abrir los ojos se sobresaltó al encontrarse a la paloma posada sobre su regazo. Mirando a los ojos al anciano, volvió a emitir aquel suave arrullo. El anciano hizo ademán de cogerla, pero la paloma echó a volar por la habitación. Con esfuerzo, se levantó del sillón siguiendo con la mirada a la paloma que comenzó a trazar círculos a su alrededor. El anciano notó sorprendido que algo extraño estaba ocurriendo. La oscuridad de la habitación comenzó a diluirse en formas que poco a poco reconoció. La paloma se detuvo, posándose sobre el hombro del anciano, que no daba crédito a lo que estaba viendo. Ante él se alzaba un carguero de la Marina. Se encontraba en algún puerto, rodeado por el ajetreo de soldados y marineros, que parecían ignorar su presencia. El solo hecho de encontrarse allí ya hubiera sido suficiente para sorprender a cualquiera, pero lo que dejó boquiabierto al anciano fue ver su nombre escrito con grandes letras sobre la proa del barco. La paloma saltó al suelo, aterrizando sobre los restos de un periódico. El anciano se inclinó para recogerlo. Se fijó en la fecha, era del año siguiente, y allí, en la parte superior se veía el titular que tantos años llevaba esperando: le habían dado la razón, aquella invención que inundaba de voces las ondas hertzianas era suya.
   No tuvo tiempo de digerir aquella noticia. La paloma retomó de nuevo su vuelo circular a su alrededor, haciendo desaparecer el puerto. Ahora se encontraba en una calle de Nueva York, frente a una tienda de electrodomésticos. En el escaparate el anciano vio lo que le pareció una versión más moderna de los televisores que él conocía. En la pantalla se podía ver a un hombre caminando lentamente, embutido en lo que al anciano le pareció que era un traje de buzo hasta que se dio cuenta de lo que ponía en la pantalla: directo desde la Luna. Por fin el hombre había salido del planeta Tierra, y estaban transmitiendo imágenes desde su mismísimo satélite. Sintió un ahogo de emoción y se preguntó si se encontrarían con otros seres ahí como siempre había soñado. Pero esta pregunta se quedó sin respuesta.
   El vuelo de la paloma era cada vez más rápido y una procesión de imágenes desfilaron frente a él. Vio un avión de combate despegar verticalmente. Comprobó como cientos de centrales eléctricas, con las gigantescas bobinas que había inventado, se extendían por todas partes del planeta. Aviones sin piloto lo sobrevolaron. Una extraña criatura humanoide de color blanco paso a su lado caminando con decisión. El anciano no tardó en reconocer en aquella criatura a uno de los autómatas inteligentes que siempre había imaginado. Atravesó un laboratorio donde un hombre sujetaba en su mano una simple bombilla encendida, sin cable alguno, como había hecho él muchos años atrás. Se vio rodeado por una multitud de gente paseando por la calle mientras hablaban a través de pequeños aparatos que portaban en la mano. El panorama cambió de nuevo, comenzando a flotar a su alrededor lo que le parecieron portadas de periódicos en color, con su imagen y su nombre por todos los lados, contando su vida, reivindicando sus inventos. El vuelo de la paloma comenzó a ralentizarse. El anciano vio como aparecía una forma que conocía de sobra. Su torre, su maravillosa e increíble torre que tantos sinsabores le había dado en su vida, y que hacía ya mucho tiempo que había sido destruida. Pero allí estaba, majestuosa como siempre. Nuevamente vio su nombre, sobre la puerta principal del edificio bajo la torre. Era su museo.
   El anciano no puedo evitar que sendas lágrima brotaran de su ojos y recorrieran sus mejillas. Sintió flaquear sus pocas fuerzas y arrodillándose sobre el suelo, lloró como no lo había hecho desde que era niño. La paloma se quedó frente al anciano, observándolo mientras este daba rienda a toda la emoción contenida durante aquel extraño viaje por el tiempo y el espacio. Cuando se hubo calmado, el anciano devolvió la mirada a la paloma.
– Gracias – fue lo único que consiguió decir.
   La paloma levantó nuevamente el vuelo. Le queda un último regalo que hacerle al anciano. El paisaje que le rodeaba nuevamente se diluyó, esta vez en una negrura salpicada de estrellas. El anciano consiguió ponerse de pie, aunque bajo él no había nada parecido al suelo. La paloma arrulló detrás de él. El anciano se volvió para contemplar una visión que jamás soñó que llegaría ver. Bajo sus pies, flotando en aquella negrura, estaba la Tierra, en su lado nocturno. Millones de luces dibujaban perfectamente los perfiles de los continentes. La luz que había nacido de él, de su privilegiada mente, iluminaba el planeta entero, guiando a los seres humanos en las oscuras noches. La paloma volvió a arrullar, pero el anciano oyó algo más, unas palabras que parecían surgir dentro de su mente: “Nunca te olvidaran”.
   El anciano se despertó. Tardó unos segundos en comprender que estaba de regreso a la habitación del hotel, sentado en el sillón. “¿Había sido todo un sueño?”-se preguntó. La habitación estaba completamente a oscuras. Moviéndose a tientas consiguió localizar la llave de la luz. Las palomas montaron alboroto al ver perturbado su sueño por la luminosidad. El anciano se acercó a las jaulas para comprobar que la jaula donde había dejado a la paloma estaba cerrada y vacía. Recorrió toda la habitación, pero no había ni rastro de ella, ni vio forma de que hubiera podido escapar, todas las ventanas estaban cerradas. El anciano suspiró. Sabía que no iba a encontrarla en ningún sitio. No entendía qué había pasado, pero en lo más hondo de su ser comprendió que todo había sido real. Rebuscó en un cajón de la cómoda hasta dar con el papel que le había dado el muchacho el día anterior. Allí estaba la dirección. Llamó a la recepción del hotel y pidió un taxi. Tomó su abrigo, su bufanda y su viejo sombrero. Al llegar abajo, el recepcionista lo saludo.
– Ya ha llegado el taxi -le dijo.- Pensaba que hoy no iba a salir.
– He decidido ir a cenar con la familia de un amigo -respondió el anciano.
– Eso esta bien -el recepcionista sonrió.- No es bueno pasarse tanto tiempo solo como hace usted últimamente. Pues que pase una buena noche, y ¡feliz Navidad!.
– Feliz Navidad -respondió Nikola Tesla sonriendo.

Publicado por el 24 diciembre, 2012 en Historia olvidada | Lee el primer comentario