Pequeñas batallas

Esta vez la entrada para variar, es una vivencia personal e intransferible.

Naces en una ciudad del norte de España donde eres afortunado y vives una infancia muy feliz: vas al colegio, juegas con tus amigos, vas a los pueblos de tus padres donde compartes con tus abuelos, tus tíos y tus primos, contactas con la naturaleza, con animales que otros niños sólo ven por la televisión o en fotografías. También practicas deportes como el fútbol donde haces más amigos, te diviertes, convives. Todo esto te lleva a evolucionar, a convertirte en esa persona que todas tus pequeñas decisiones forjan poco a poco. No eres ni mejor ni peor, simplemente vas forjando tu propia personalidad la cual te convierte en alguien único.

Pero poco a poco tomas consciencia de que no eres tan único, eres uno más, un número: en el colegio y el instituto tienes tu número, existe un identificador (DNI) que te identifica, en la seguridad social tienes también tu propio número…se nos impersonaliza. Esto hace que poco a poco te veas como uno más dentro de tu vorágine diaria de cotidianidad.

Ahora bien, hay momentos especiales que te hacen salir de la rutina y es uno de ellos el que me lleva a escribir estas letras. Pero para llegar a este momento hubo un desencadenante, así que partimos de ese momento.

Cuando ves que esta vida son 3 días, y uno lo pasas durmiendo, cuando ves que estamos de prestado, que cualquier día puede terminarse con un fundido en negro, sientes que esta vida hay que exprimirla, disfrutarla, compartirla, vivirla intensamente. Cuando alguien cercano padece una zancadilla de la vida, es cuando parece que reaccionas y eres más consciente de que las preocupaciones que tenemos normalmente carecen de importancia.

Por primera vez en mi vida, me decidí a enfrentarme a mis miedos y vergüenzas y luchar contra mi timidez para hacer algo que no tiene demasiado mérito y que simplemente me auto impuse como reto personal y que a la postre supuso una felicidad difícil de describir.

El acto en sí carece de importancia. Sólo quiero apuntar esta diminuta muestra de auto-superación para recordarte, querido corniser@, que todos somos especiales y que está al alcance de tu mano en convertirse en una estrella, aunque solamente sea por un instante para el resto, porque perdurará en tu memoria para siempre. No te deprimas con nimiedades, relativiza las cosas, no almacenes rencores infructuosos, sé feliz, disfruta de ti y comparte con los tuyos. La vida está llena de pequeñas batallas personales, que cada uno debe librar y afrontar para sentirse vivo.

Aquí os dejo mi pequeña victoria personal contra la timidez y mi gran satisfacción por sentirme un poco como Joaquín Sabina por un día y compartir escenario con Jaime Asúa, Pancho Varona y Antonio García de Diego en la noche sabinera del 25 de abril de 2014 en la sala Galileo de Madrid.

Recomiendo la experiencia a todo aquel que le atraiga la idea, porque ni soy valiente, ni tengo voz, ni nada, por lo que si yo he podido, tú también puedes.

A mi que me quiten lo bailado (y lo cantado), porque a veces, nuestros pequeños sueños se hacen realidad.

Publicado por el 30 abril, 2014 en Monografías, Por fin es viernes | Lee el primer comentario