El reto de la longitud: una historia de mar, relojes y perseverancia.

El otoño de 1707 había golpeado con un tiempo adverso a la escuadra del almirante Shovell, que regresaba a Gran Bretaña desde Gibraltar. Los veintiún buques habían luchado, además de contra franceses y españoles en la Guerra de Sucesión por el trono hispano, contra las inclemencias meteorológicas desde su partida y completaban la última parte de su viaje de vuelta a casa navegando por aguas seguras del Canal de la Mancha. O eso creían. Un error en el cálculo de la posición de los navíos provocó el choque de cuatro barcos contra las rocosas costas de las islas Sorlingas y el mar se tragó a más de 1400 marinos en una de las peores catástrofes de la historia naval británica.

El desastre de las Sorlingas fue una desgraciada consecuencia de un asunto que empezaba a obsesionar a gobiernos, científicos y marinos de toda Europa: el problema de la longitud. En aquella época, y en todas las travesías marinas anteriores, no se conocía cómo determinar de forma precisa la posición de un barco en alta mar, por sus coordenadas, debido a que, mientras que la latitud era relativamente sencilla de calcular (mediante la observación del firmamento, con un astrolabio por ejemplo), no se conocían métodos exactos para determinar la longitud. Debido a esto, los marinos intentaban desplazarse siempre manteniendo una latitud concreta, es decir, navegaban hasta alcanzar la latitud de su destino y después trataban de continuar el viaje sin variar de latitud. Esto ocasionaba que la navegación no siguiese las rutas óptimas ni aprovechase las corrientes marinas o los vientos, y también facilitaba el trabajo a piratas, corsarios y enemigos de todo tipo para localizar e interceptar los navíos, que siempre seguían rutas similares.

Navío inglés del siglo XVIII

Navío inglés del siglo XVIII

Cada vez se hacía más necesario resolver el problema de la longitud y los grandes monarcas europeos en España, Francia o Inglaterra ofrecieron cuantiosos premios para quien pudiera conseguir que sus navíos se localizasen de forma exacta en los océanos. En concreto, en 1714, se formó en Gran Bretaña el Consejo de la Longitud, para supervisar los avances en la resolución del problema y para incentivar la investigación en este campo: 20.000 libras esterlinas esperaban a quien pudiera calcular la longitud a bordo con un error menor de medio grado. Las grandes mentes de la época trabajaron sobre el problema, en muchos casos intentando aplicar soluciones astronómicas basadas en la observación y medición de ocultaciones o distancias lunares. Sin embargo, inesperadamente, fue un relojero de Yorkshire, sin apenas formación académica, el que cambiaría la navegación marítima para siempre.

Poco se sabe de los primeros años de vida de John Harrison, hijo de un humilde carpintero, ni de cómo llegó a sus oídos el “premio de la longitud”, pero, a partir del momento en que tuvo conocimiento de su existencia, dedicó el resto de su vida a la construcción de cronómetros marinos que pudieran resolver uno de los grandes problemas de su tiempo. Y lo consiguió.
La solución aportada por Harrison, conocida como aproximación mecánica, se basaba en que, debido a que la Tierra gira sobre sí misma 360º cada veinticuatro horas, su desplazamiento cada hora es de 15º de longitud. En base a la observación solar se puede conocer la hora local aparente en una embarcación en el mar. Por tanto, si se pudiera saber qué hora es en ese mismo momento en el puerto de salida, tendríamos la diferencia horaria, que se podría traducir en grados de longitud. Sin embargo, la dificultad de aplicar este enfoque radicaba en la falta de capacidad técnica para construir un cronómetro lo suficientemente preciso como para informar de la hora en origen sin errores.

Junto a uno de sus hijos, Harrison trabajo durante años, obsesionado con alcanzar la perfección, en sucesivos modelos de cronómetros y, en 1761, su cronómetro H-4 viajó desde Gran Bretaña hasta Jamaica con el objetivo de superar el reto de la longitud. Tras la travesía, se comprobó que el H-4 sólo se había retrasado 5 segundos, cumpliendo sobradamente los requisitos para el premio.

Uno de los cronómetros de Harrison

Uno de los cronómetros de Harrison

El Consejo de la Longitud requirió más pruebas, y los cronómetros de Harrison las fueron superando una tras otra en distintas expediciones, a pesar de lo cual el relojero aún tardaría en recibir la gratificación convenida.
Finamente, en 1773, y tras la intercesión del propio rey Jorge III, John Harrison, ya anciano, recibió el premio por un logro que parecían no querer reconocerle.

Aunque los métodos astronómicos se siguieron utilizando durante décadas, la obstinación y el talento de un relojero inglés cambiaron la forma en que los humanos nos movimos por el mar, hasta la llegada del GPS. Y Gran Bretaña forjó, en el siglo siguiente, un gran imperio ultramarino.

Publicado por el 8 julio, 2013 en Historia olvidada | 4 comentarios