Vive la Historia. La Gran Armada: bonus

Ambientación sonora:

 

“La verdad histórica es infinitamente más hermosa e infinitamente más interesante que la ficción novelesca””

Leopold von Ranke (historiador alemán)

 

Y la historia siguió…

Alonso Pérez de Guzmán y Sotomayor, Duque Medina Sidonia (1550-1615).

Comandante en jefe de la Grande y Felicísima Armada. Tras el fracaso de la misma, fue también muy criticado por no ser capaz de responder al ataque de Howard a Cádiz en 1596 y por la derrota de la escuadra española ante un ataque de la flota holandesa en Gibraltar en 1606. A pesar de todo, mantuvo casi hasta el final el favor real. Murió en Sanlúcar de Barrameda en 1615.

Alejandro Farnesio, Duque de Parma.(1545- 1592).

Sobrino de Felipe II y comandante de los tercios españoles que no pudieron desembarcar según el plan de invasión de Inglaterra. Tras el fracaso de la Armada se instaló en Dunkerque. Fue enviado a Francia por Felipe II al mando de un ejército, para impedir que se coronase como rey protestante a Enrique de Navarra. Durante el sitio de Caudebec, recibió un disparo, y su estado de salud se agravaría hasta su fallecimiento en diciembre de 1592 en Arrás.

Juan Martínez de Recalde.

Capitán de la escuadra de Vizcaya de la Gran Armada. Murió, herido y con fiebres, en La Coruña, nada más regresar de la travesía de la Armada.

Miguel de Oquendo y Segura.

Comandante de la escuadra de Guipúzcoa de la Gran Armada. Murió por las heridas ocasionadas por la explosión del pañol de pólvora de su nave al llegar a Pasajes de regreso de la travesía de la Armada.

Sir Francis Drake.

Tras el descalabro de la Contraarmada inglesa, fue duramente criticado y relegado a comandante de las defensas costeras de Plymouth. Años después, en 1595, convence a la reina para liderar una expedición con el objetivo de atacar las posesiones españolas en América y apoderarse de Panamá. Tras varias derrotas claras a manos de fuerzas españolas, murió de disentería cerca de Portobelo en 1596.

Sir John Hawkins (1532 – 1595).

Capitaneó las escuadra de retaguardia inglesa durante los combates con la Gran Armada en el Canal de la Mancha Acompañó a Drake en la calamitosa operación contra la América española, muriendo en aguas de Puerto Rico en 1595.

Sir John Norris (1547 – 1597).

Mariscal de Campo del campamento de West Tilbury durante la campaña de la Gran Armada. Lideró junto con Drake la desastrosa expedición de la Contraarmada inglesa y luchó posteriormente en las guerras de religión francesas, a favor del rey protestante Enrique IV, consiguiendo algunos notables éxitos militares. Posteriormente luchó durante dos años contra los rebeldes irlandeses en la región del Ulster. Debido a la gangrena de antiguas heridas murió en Irlanda en 1597, sintiéndose despreciado por la Corona a la que tantas décadas de servicio había prestado.

Charles Howard.

Capitaneó la flota inglesa en los combates de Gravelinas contra la Gran Armada española. En 1596, tras su exitoso ataque a Cádiz, fue nombrado conde de Nottingham. Y en 1599 asumió el cargo de Teniente General de Inglaterra. En 1601 derrotó la rebelión del conde de Essex y en 1605 fue comisario en el juicio contra las conspiración de la pólvora, que trató de matar a Jacobo I, sucesor de Isabel en el trono. Murió en 1624 a los 88 años.

María Pita.

La heroína de la defensa de La Coruña estuvo casada cuatro veces y tuvo cuatro hijos. Al quedarse viuda por última vez, Felipe II le concedió una pensión y un permiso de exportación de mulas de España a Portugal. Una casa museo y una estatua situada en una plaza con su nombre, junto al ayuntamiento de la ciudad, la recuerdan en la ciudad gallega.

Felipe II (1527 – 1598).

El rey prudente no llegó a ver la paz con Inglaterra. Tras la Armada y la Contraarmada, la España de Felipe siguió combatiendo durante años a los ingleses, y participó en Francia en la guerra para impedir la coronación de Enrique. En el interior, las revueltas en Aragón, a raíz del caso de Antonio Pérez, y las malas cosechas de los últimos años de reinado, dibujaron una situación difícil para el monarca. El rey más poderoso de la Tierra moriría en El Escorial el 13 de septiembre de 1598, tras casi dos meses de agónico sufrimiento, aquejado por gota, artritis, hiropesía y abscesos. Uno de sus hijos le sucedería como Felipe III.

Isabel I (1533 – 1603).

Tras el fracaso de la expedición de Drake y Norris contra España, Isabel se pasó los siguientes años intentando, sin éxito, doblegar a los españoles en diversas campañas navales. Simultáneamente tuvo que hacer frente a la Guerra de los Nueve años Irlandesa, declarada tras la rebelión de los irlandeses contra la ocupación inglesa de la isla. Visiblemente deprimida tras el fallecimiento de varios de sus colaboradores más cercanos, la reina falleció el 24 de marzo de 1603, probablemente por septicemia. Jacobo Estuardo le sucedería, como Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia.

Armada española.

La Armada española, una de las más antiguas de la Historia, continuaría durante al menos medio siglo siendo la más poderosa del mundo. Entraría en declive a partir de entonces, aunque España seguiría siendo una potencia naval de primer orden hasta el siglo XIX. Tras los desastres de Trafalgar y la guerra con los Estados Unidos en 1898, la Armada quedó enormemente reducida. En la segunda mitad del siglo XX, la fuerza naval española se ha recuperado, contando hoy con una de las más modernas armadas navales del planeta.

Armada británica.

La Royal Navy tomó el testigo como armada más poderosa del mundo de manos de la Armada española y conservó ese puesto hasta la Segunda Guerra Mundial. Fue clave en el establecimiento del Imperio Británico y en la defensa del país en las dos guerras mundiales y ha sido un elemento fundamental en la historia del Reino Unido.  Hoy en día sigue siendo una de las mejores fuerzas navales que existen.

 

Hoy, más de cuatro siglos después de los sucesos de la Armada, España e Inglaterra (como parte integrante del Reino Unido), dos de las naciones que hicieron el mundo como es, son socios en la Unión Europea y aliados militares en la OTAN.

 

Y aquí la banda sonora completa:

 

 

Publicado por el 27 julio, 2015 en Historia olvidada, Monografías | Lee el primer comentario

Vive la Historia. La Gran Armada: el Imperio resurge

Ambientación sonora:

 

“Quen teña honra, ¡que me siga!””

María Pita (heroína en la defensa de La Coruña, 1589)

 

La Coruña parecía próxima a caer, así que las tropas inglesas comenzaron el asalto de la parte alta de la ciudad. Sin embargo se estrellaron una y otra vez durante varios días contra las murallas y la resistencia a ultranza de la guarnición coruñesa y de la población civil. Durante esta lucha surgió la figura de la heroína María Pita, que personifica la determinación de los coruñeses en la defensa contra el invasor. Según los relatos de los sucesos, María, que había perdido a su marido durante la lucha, atravesó con una pica al alférez que, encaramado en la muralla, dirigía el asalto inglés, y con este hecho enardeció a los defensores y desmoralizó a los atacantes.

Ante los rumores de la llegada de refuerzos españoles, las tropas inglesas decidieron reembarcar. Habían perdido más de 1.000 hombres y varios buques, apenas habían dañado a la Armada española y, aunque habían saqueado las zonas rurales, no consiguieron tomar la ciudad. Además las enfermedades se empezaban a cebar en las tripulaciones y el revés sufrido en tierras gallegas había dejado tocada la moral de la tropa, comenzando las deserciones de centenares de hombres.

 

María Pita

Estatua a María Pita en La Coruña

No haber atacado Santander, primero, y no haber conseguido controlar La Coruña, después, fueron posiblemente dos graves errores tácticos. Mientras la reina Isabel montaba en cólera al recibir las primeras noticias de lo sucedido, Drake y Norris decidían continuar la expedición. Próximo objetivo: Lisboa.

Una semana después, un primer destacamento inglés desembarcó en Peniche, unos 90 kilómetros al norte de Lisboa y entabló los primeros combates con tropas españolas. El ejército inglés consiguió avanzar hacia la capital portuguesa, pero, cada vez más mermado por la enfermedad y sin gran capacidad de artillería para asediarla, poco pudo hacer frente a los defensores de la ciudad. Además, la sublevación del pueblo portugués contra los españoles, presagiada por Antonio Crato, jamás se produjo. Mientras las tropas de Isabel, dirigidas por Norris, pasaban dificultades en tierra, Drake, en vez de intentar remontar el Tajo para dar apoyo, se dedicaba a capturar barcos de transporte con mercancías para España. Norris se vio obligado a retirar a sus hombres hasta Cascais, acuciado por el cañoneo de galeras españolas y, posteriormente, a embarcar tras este segundo fracaso.

La flota inglesa aún podía intentar cumplir su último cometido, invadiendo las Azores, pero, dadas las pobres condiciones en que se encontraba se tuvo que conformar con incendiar Vigo y regresar a Inglaterra tras ser golpeada por una fuerte tormenta. La expedición resultó calamitosa, no cumplió ninguno de sus objetivos, supuso un enorme gasto para las arcas de Isabel y costó la vida a unos 10000 hombres. De los 23000 que zarparon, menos de 4000 volvieron en buenas condiciones. En un giro mordaz del destino, el desastre de la Contraarmada rivalizaba con el de la Armada.

Drake y Norris cayeron en desgracia a ojos de la reina y el miedo volvía a sobrevolar Inglaterra. España, con su gran cauce de ingresos en forma de oro y plata provenientes de América, podría estar en un plazo corto en condiciones de reconstruir su Armada. La amenaza sobre la isla protestante no se había disipado, la guerra continuaba  y Felipe e Isabel seguirían jugando su partida con el mar como tablero.

En los años siguientes, ambos países consiguieron reconstruir sus flotas y en junio de 1596 los ingleses atacaron de Cádiz, consiguiendo hundir y apresar varias naves españolas y saqueando por completo la ciudad. Por su parte, Felipe acometió hasta cuatro intentos más de invasión de Inglaterra, aunque en las dos primeras ocasiones, en 1596 y 1597, de nuevo el “viento protestante” azotó inmisericorde a los barcos del rey y hundió casi 60 naves sin que pudiesen alcanzar la costa británica. Los elementos, de nuevo, estaban en contra del monarca católico. En los años posteriores, los españoles lograron desembarcar tropas en Cornualles, en una operación de castigo, en la que saquearon varias localidades y se retiraron, no sin antes celebrar una misa católica en suelo inglés, y también en Kinsale (Irlanda), en un intento fallido de apoyar una sublevación irlandesa.

Los corsarios ingleses no dejaron de hostigar a los barcos españoles durante este periodo y, en 1595 Drake regresó para comandar junto a John Hawkins una expedición contra el Caribe español. Este ataque inglés acabaría en desastre, costando la vida a miles de ingleses y a los propios comandantes. Una nueva expedición contra las Azores al año siguiente también fracasaría.

Tratado de Londres

Delegaciones española e inglesa en las conversaciones de paz

Finalmente, y tras casi veinte años de enfrentamientos, la guerra finalizó con el Tratado de Londres (1604), siendo la mayoría de las condiciones de paz favorables a España: a cambio de renunciar a restaurar el catolicismo en Inglaterra, obtenía la apertura del Canal de la Mancha a sus barcos, el cese de los ataques corsarios ingleses y el fin del apoyo inglés a los rebeldes flamencos.

Felipe e Isabel no vivieron para ver sus reinos en paz.

 

 

Publicado por el 10 julio, 2015 en Historia olvidada, Monografías | Se el primero en comentar

Vive la Historia. La Gran Armada: la Contraarmada inglesa

Ambientación sonora:

 

“Las fuerzas navales de España no están en condición de permitirles hacer frente al enemigo en mar abierto. Debido a la carencia de barcos y hombres, están extremadamente débiles…Han adoptado un plan que podría resultar mucho más perjudicial que beneficioso. Han enrolado a portugueses y, con estas, han armado al mismo pueblo al que tienen causa para temer”

Carta de un diplomático veneciano (1589)

 

Tras el fracaso del intento de Felipe II de someter a Inglaterra y la retirada de la Armada española, los ingleses se vieron en la necesidad de aprovechar el momento de debilidad español. Pensaron que de lo contrario perderían la iniciativa y darían tiempo a que España reconstruyera su flota (aún muy importante), aprendiera de sus errores y volviese a intentar la invasión, teniendo en cuenta además que los poderosos e invictos tercios de Flandes seguían intactos.

Por otro lado, el esfuerzo económico necesario para defenderse del ataque de la Armada había dejado al reino de Isabel al borde de la bancarrota. Ante esta situación los consejeros de la reina le propusieron atacar y apresar el convoy anual que, procedente de América, trasladaba oro y plata a España. Con este robo podría podría matar dos pájaros de un tiro: ayudaría a sanear sus cuentas y debilitaría la capacidad de recuperación española.

Uniendo todos los objetivos, John Norris ideó una expedición para ejecutar un triple plan. Primero, la armada inglesa se lanzaría contra los puertos de la costa cantábrica para destruir los barcos de la Armada que estaban en reparación.

Posteriormente, la flota se dirigiría hacia Lisboa, con la intención de provocar una rebelión en Portugal para emancipar al país de la Corona española y hacer subir al trono luso a Antonio de Crato, que viajaría en la expedición. A cambio Portugal concedería diversos privilegios a Inglaterra, convirtiéndose en un satélite de Londres.

El tercer objetivo de la operación sería la invasión de  las Azores y la captura la flota de Indias, lo cual daría a la flota inglesa una base avanzada y una  importante proyección en la lucha por el Atlántico.

Francis Drake

Francis Drake

Todos los preparativos se pusieron en marcha pero, al igual que le ocurriera a España en su día, la ejecución del proyecto pronto se tornó muy compleja, comenzando los retrasos y los imprevistos, de modo que la operación empezó a mostrarse como un desastre económico aun antes de zarpar. Finalmente en abril de 1589, mientras en España se recibían informes del espionaje en Londres acerca de que una operación militar se movía en Inglaterra (y Portugal podría ser el objetivo), la expedición, compuesta por más de 140 barcos (numéricamente superior a la “Armada Invencible”) y más de 20.000 hombres, partió desde Plymouth comandada por el propio Norris y Francis Drake, el célebre corsario inglés. El primer objetivo era Santander.

Sin embargo, Drake, alegando vientos contrarios, decide no seguir las órdenes y desvía la flota hacia La Coruña. No se sabe si su ego, queriendo repetir la hazaña de Cádiz, le impulsó a dirigirse a la ciudad gallega o si pudo dar por ciertos algunos rumores que circulaban acerca de que una gran cantidad de barcos con pertrechos para el ejército español y abundantes riquezas se concentraban en el puerto coruñés.

El 4 de mayo el fuego ardía en la Torre de Hércules avisando de la presencia de la formidable escuadra inglesa. Los seis barcos españoles que se encontraban en el puerto, encabezados por el galeón San Juan, y las baterías del fuerte de San Antón, cañonearon a los ingleses, intentando mantenerlos alejados, pero ante la enorme superioridad numérica de los atacantes los soldados españoles decidieron incendiar el San Juan y refugiar el resto de barcos en Betanzos. Tras esto los ingleses desembarcaron más de 7.000 soldados y tomaron sin mucha dificultad la zona baja de la ciudad, causando centenares de muertos, muchos de ellos civiles.

La Coruña parecía próxima a caer…

Continuará…

Publicado por el 29 junio, 2015 en Historia olvidada, Monografías | Se el primero en comentar

Vive la Historia. La Gran Armada: Dios vencedor, Dios castigador.

Ambientación sonora:

 

“No tardaremos en hallarnos en tal estado que desearemos no haber nacido nunca. Si Dios no nos envía un milagro (lo cual yo espero de Él), confío morir e ir a Él antes de que esto ocurra…y por ello ruego, para no ver tanta desgracia y mala fortuna.”

Carta de Felipe II a su secretario, Mateo Vázquez (noviembre de 1588)

Entre septiembre y octubre los castigados barcos españoles que aún navegaban a duras penas van llegando a los puertos cantábricos. Toca hacer balance por la parte española: entre 50 y 60 barcos no regresaron nunca a su país. Sin embargo, no se puede hablar de una derrota naval aplastante a manos de la marina inglesa, sino que fueron las fatalidades y las espantosas tormentas las que más daño infligieron a la escuadra española. De ahí viene la frase que el rey Felipe II legó a la posteridad: “No mandé a mis naves a luchar contra los elementos”
El sufrimiento y las calamidades para los españoles no terminaron al pisar suelo patrio, ya que la muerte se siguió cobrando tributos entre los marineros en forma de tifus y escorbuto.
En aquel otoño, nefasto para la historia española, la aflicción y el luto se extendían por todos los rincones de la geografía de la piel de toro. El fracaso de la Armada había supuesto un enorme mazazo moral, y el peso de las pérdidas humanas en el desastre castigaba dolorosamente al pueblo español.

En estos días lúgubres, Felipe II, el rey sobre cuya cabeza se ciñe la corona del primer imperio mundial, rehuye del contacto con el mundo. El monarca más poderoso de su tiempo se encuentra desesperado y de espaldas a su pueblo. Carga con la losa de la culpabilidad y el remordimiento, y no consigue comprender por qué Dios ha deparado este resultado a la defensa de Su causa. Aislado, pasa las horas atormentado: lo acontecido no puede ser otra cosa que un castigo a sus pecados.
Poco a poco, el ánimo de Felipe se va recuperando. Tras repasar concienzudamente los hechos acaecidos a través de los relatos de la operación, el rey empieza a recobrar su determinación volver para luchar. Decide aprender de los errores y vuelve a creer que tiene la fuerza suficiente para acabar con Isabel.

Estos errores habían sido la carencia de un puerto de abrigo para la Armada y la falta de coordinación para embarcar la tropa de invasión en el momento apropiado. Pocos dudan de que si el Duque de Parma hubiera desembarcado en Kent, las perspectivas para Isabel no habrían sido nada halagüeñas. Las defensas inglesas no parecían enemigo de entidad para los experimentados tercios de Alejandro Farnesio, que podrían haber alcanzado Londres en pocos días. Sin embargo, los españoles no consiguieron cruzar el Canal.
Dejando aparte los posibles fallos estratégicos de Medina Sidonia, los estudios posteriores demostraron los problemas de la artillería embarcada española, más aplicable para combate en tierra y de carga lenta. Además, el forjado de las piezas era en muchos casos deficiente, debido a las prisas con que se había realizado su construcción para que estuvieran listas para que la Armada zarpase.

En España este fracaso nacional costó el puesto a pocos mandatarios (en esto quizá no hemos cambiado demasiado), aunque algunos otros, como casi siempre, los menos relevantes, lo pagaron con su vida, como algunos panaderos, ahorcados por suministrar a la Armada bizcochos adulterados para ganar más dinero o algunos oficiales de la sección de avituallamiento, que fueron ejecutados.

Armada

En contraste con el duelo español, todos los enemigos de España celebraron con júbilo el desastre de la Armada de Felipe: Enrique III en Francia, los rebeldes holandeses (que acuñan monedas conmemorativas en las que se representa una imagen que muestra como el globo terráqueo se escapa de las manos del rey español), o los luteranos alemanes, que publican numerosas caricaturas.

En Inglaterra la sensación de alivio es generalizada. El 8 de septiembre se celebra una gran misa de gracias en la catedral de San Pablo, exhibiendo estandartes capturados a los españoles. Hay festejos por todo el país, se acuñan medallas, se realizan obras artísticas conmemorativas y se loa a Dios por su divina protección. El día 19 de noviembre es elegido como el día nacional de agradecimiento por haberse librado de los españoles y el país entero alaba la superioridad del Dios protestante.
Sin embargo, muchos de los supervivientes de la flota inglesa también habían sido marcados por la muerte, en forma de las mismas enfermedades que azotaron a los españoles, fruto de las lamentables condiciones de salubridad de los navíos de la reina. Más de la mitad de los que combatieron a la Armada morirían. Además, muchos otros no recibieron nunca su paga.
La flota inglesa, castigada también en la victoria, no tardaría en verse las caras de nuevo con su viejo enemigo. Esta vez en territorio hispano.

Continuará…

Publicado por el 23 junio, 2015 en Historia olvidada, Monografías | Se el primero en comentar

Vive la Historia. La Gran Armada: desastre en la isla esmeralda.

Ambientación sonora:

 

“Los trabajos y miserias que se han padecido no se podrán significar a V. M., pues han sido mayores que se han visto en ninguna navegación; y tal navío ha habido, de los que han entrado aquí, que han pasado catorce días sin beber gota de agua”

Medina Sidonia al rey Felipe II

 

La situación de la Armada tras el ataque en Gravelinas hace que Medina Sidonia confirme las órdenes de regreso a España rodeando las Islas Británicas. Los daños recibidos, las dificultades logísticas para intentar retomar la operación y la escasez de víveres y munición impulsan a la flota española a este retorno incierto, adentrándose en aguas difíciles y desconocidas, sin disponer de las cartas marinas adecuadas. El almirante español ordena la marcha a toda vela, asumiendo que las naves con problemas se quedarán atrás y tendrán que arreglárselas por sí solas, y advierte a sus capitanes de la peligrosidad que la isla de Irlanda entraña para la navegación.

Entre el 24 de agosto y el 4 de septiembre la Armada bordea el norte de Escocia. Tormentas y aguaceros castigan a la flota española, que se enfrenta, de nuevo, a muy duras condiciones meteorológicas. Ante el azote del mar, varios barcos empezarán a perder contacto y se irán quedando solos. La navegación en las costas occidentales de Escocia e Irlanda será catastrófica para buena parte de la flota hispana, que perderá 27 barcos.

Una de estas naves será la Valencera, capitaneada por Alonso de Luzón. Dañada en combate, con varias decenas de enfermos a bordo y escasez de agua y comida, la embarcación puso rumbo a tierra, embarrancando inesperadamente en un arrecife de la costa irlandesa. Allí la tripulación fue recibida por tribus locales, que les robaron y saquearon el barco, el cual finalmente se hundió arrastrando al fondo del mar a decenas de enfermos que no habían podido ser desembarcados y varios irlandeses que lo estaban saqueando en ese momento. Los hombres de la Valencera estaban abandonados en una tierra hostil. Intentaron avanzar por la costa a pie para buscar algún barco que les pudiera llevar a España pero fueron capturados por mercenarios al servicio de Inglaterra. Los oficiales españoles fueron separados y trasladados en pésimas condiciones con la intención de pedir un rescate por ellos, aunque sólo Luzón y Rodrigo Lasso sobrevivieron y fueron repatriados más de dos años después. Los centenares de hombres sin graduación fueron llevados a un descampado, desnudados y ejecutados. Sólo unos pocos lograron escapar y ser acogidos por lugareños.

Éste es sólo un ejemplo de las historias, algo diferentes, pero muy parecidas en su desenlace, que nos cuentan las naves españolas que tuvieron el infortunio de encallar en la costa irlandesa. No existía la Convención de Ginebra en el siglo XIVI y, en general, los españoles capturados eran colgados, salvo que hubiera alguna esperanza de obtener a cambio de su vida un rescate provechoso. La población local, por su parte, no se arriesgó en muchas ocasiones por aquellos extranjeros que el mar había escupido a sus tierras, a pesar del catolicismo que profesaban. Además, para los irlandeses de la época salvar a alguien del mar era causa de mala suerte, pues tarde o temprano el poderoso mar reclamaría su parte y querría ajustar cuentas.

 

Naufragio

Otra muestra de la fatalidad que persiguió a los marinos españoles en aquellas costas la encontramos en la historia de Alonso Martínez de Leyva, Capitán General de Caballería y caballero de la Orden de Santiago. Tras embarrancar el barco que mandaba en una playa de la bahía irlandesa de Blacksod, Leyva abandonó con sus hombres la embarcación , a la cual prendieron fuego, para buscar refugio en tierra. Poco después, supieron que la urca Duquesa Santa Ana había anclado en el puerto de Elly. Hacia ese lugar se dirigieron, en una caminata de 40 kilómetros. Una vez allí, el capitán español tomó el mando de la urca y decidió llevarla hasta territorio escocés, pero la mala suerte y la climatología, despiadada de nuevo con las aspiraciones españolas y en forma de fuerte tormenta, hicieron encallar a la nave. Leyva saldrá de la urca herido, a pesar de lo cual dirige a sus hombres para apoderarse de un fuerte costero. Hasta allí les llegaron noticias de que la galeaza Girona (600 toneladas, 50 cañones) se encontraba unos 30 kilómetros hacia el sur. De nuevo, la tropa española pone rumbo por tierra hacia su posible salvación y dedicará las dos semanas siguientes a reparar la Girona, con la que se harán a la mar. Más de mil españoles se amontonan en la nave anhelando dejar atrás aquella tierra adversa. Implacable, el cielo vuelve a descargar una tormenta atroz sobre la Girona, que se hará pedazos contra las rocas en la costa del condado de Antrim. Leyva perecerá en el mar junto con la gran mayoría de sus hombres: sólo nueve supervivientes llegarían a Escocia. Con Leyva y la Girona se hundían también las esperanzas que los rumores habían alimentado en España, donde se imaginaba a los españoles luchando contra los ingleses junto con rebeldes irlandeses.

En frías cifras, se cree que casi 4000 españoles se ahogaron o murieron de hambre o enfermedad durante el dramático regreso a casa. Unos 1500 fueron ejecutados por los ingleses.

A inicios de septiembre llegaron al palacio de El Escorial las primeras noticias del desastre y algunos días después las costas españolas empezaron a divisar, ya sin el júbilo de la partida, lo que quedaba de la Grande y Felicísima Armada.
El día 21 Medina Sidonia llegó a Santander, enfermo y agotado. Miguel de Oquendo, almirante de la Escuadra de Guipúzcoa, arribó a Pasajes, perseguido por la desgracia que se había cebado con la mayor parte de la flota: el pañol de pólvora de su nave capitana explotaba entonces llevándose la vida de más de cien hombres. Extenuado, murió al poco tiempo. Juan Martínez de Recalde, almirante de la Escuadra de Vizcaya,  ancló en La Coruña. Herido y con fiebres, murió también a los pocos días, no sin antes enviar a Felipe II su diario de campaña de la Armada. El rey quizá lloró sobre sus páginas. “Pido a Dios que me lleve para sí por no ver tanta mala ventura y desdicha”, escribió.

Continuará…

Publicado por el 7 mayo, 2015 en Historia olvidada, Monografías | Se el primero en comentar

Vive la Historia. La Gran Armada: regresar tras el fracaso.

Ambientación sonora:

 

“Quedad tranquilo en que no dudo de que todo este orgullo tiránico e intento demente será el principio, aunque no el final, de la ruina de ese rey español. Él había procurado mi mayor gloria, que suponía mi posterior derrota, y así ha debilitado la luz de su sol”

Carta de Isabel I Tudor al rey Jacobo VI de Escocia.

 

El destino de la operación, y quizá del mundo, se iba a escribir en las horas del alba de aquel lunes en las aguas frente a Gravelinas. En medio de la confusión, el duque de Medina Sidonia trata de recomponer la Armada y ordena el reagrupamiento general para adoptar una posición defensiva. Ante la amenaza de verse empujado a los bajíos flamencos, decide moverse hacia el norte. Muy cerca, los ingleses han reunido todo su poder naval para lanzar toda su potencia contra la flota española aprovechando el momento. De nuevo, y ya van muchas veces, el viento y la marea se alían con los ejércitos protestantes. Rápidamente las naves de la reina caen sobre los barcos españoles.

Drake comanda una escuadra de seis barcos que se ensaña con la nave capitana española, descargando varias andanadas de proyectiles, a lo que siguió Frobisher haciendo lo propio. A pesar de defenderse con uñas y dientes y alcanzar con más de cuarenta cañonazos al Revenge del corsario inglés, el San Martín resulta muy dañado bajo la línea de flotación. En otro escenario de la acción, en retaguardia, los galeones San Felipe y San Mateo son atacados por hasta diecisiete navíos ingleses. Los muertos se empiezan a contar por cientos y las cubiertas se tiñen de sangre. La pericia y la audacia de la marina inglesa infligía un severo castigo a la armada española, aunque ésta seguía siendo una flota formidable.

La Armada, tras doce horas de batalla, con cuatro barcos menos y cuantiosas pérdidas humanas y materiales, se alejaba hacia el norte. Howard, ante la escasez de pólvora y munición, decide cesar los ataques y continuar persiguiendo a la flota española, ya reagrupada en formación de lúnula. Medina Sidonia convoca entonces a sus oficiales. La falta de víveres empieza a ser muy preocupante, los heridos se agolpan en los barcos y la moral de la tropa ha sufrido un serio revés. En esa reunión, a pesar de alguna divergencia, se decide volver hacia Calais sólo si el tiempo resulta favorable. En caso contrario, la Armada se aventurará en el Mar del Norte para rodear Gran Bretaña y regresar a la Península Ibérica. Aunque saben que será un viaje largo, que no tienen gran conocimiento de aquellas aguas norteñas y que muchos barcos no están adaptados a esas latitudes, los oficiales españoles confían que el tiempo les será propicio para la travesía. Se equivocaban. De nuevo, el tiempo, a modo de castigo divino, arremeterá con fuerza contra la flota de Felipe.

La Armada inicia lo que será un tortuoso camino de vuelta a casa. La flota inglesa, desconfiada, y sabedora del poder que conserva aún la escuadra hispana, vigila a los barcos españoles a cierta distancia. En Inglaterra muchos respiran aliviados. Lo peor parece haber pasado para el reino de Isabel. La reina, envalentonada, se presenta en Tilbury a lomos de su corcel, y arenga a sus tropas en el que será un discurso para la Historia, prometiéndoles una pronta victoria sobre los enemigos de su Dios, su reino y su pueblo.

Medina Sidonia saborea el fracaso a bordo del maltrecho San Martín. Tras la derrota en Gravelinas, y ante los primeros conatos de insubordinación, manda procesar a veinte capitanes por cobardía en la batalla, degradándolos, y acusa a Cristóbal de Ávila, capitán de la Santa Bárbara, de traición, ordenando su ejecución en la horca. Su cuerpo colgado será expuesto al resto de la flota, como sombría advertencia. Es el primer capitulo penoso de un regreso penoso. Muchos de aquellos soldados españoles no volverían a ver nunca su tierra.

Continuará…

Publicado por el 20 abril, 2015 en Historia olvidada, Monografías | Se el primero en comentar

Vive la Historia. La Gran Armada: noche en llamas.

Ambientación sonora:

“Su fuerza es admirable por grande y por potente y, sin embargo, poco a poco, les vamos arrancando las plumas. Ruego a Dios que las fuerzas de tierra sean lo bastante resistentes para responder a una fuerza tan poderosa”

Lord Almirante Howard a sir Francis Walsingham, a bordo del Ark Royal, 8 de agosto de 1588.

Comenzaba agosto e Inglaterra estaba en estado de pánico. El desembarco de los ejércitos del duque de Parma se creía inminente, pero aún no se sabía dónde se produciría. Se habían enviado regimientos a Kent y Essex y el resto de las milicias estaba en máxima alerta. La propaganda Tudor extendía bulos sobre la crueldad y las intenciones genocidas de los españoles para reforzar la lealtad de la población y empujarla a una resistencia a ultranza en caso de invasión.

En el Canal, tras un día de tregua, con los vientos en calma, el 2 de agosto se reanudaron las hostilidades. La táctica inglesa consistía en perseguir y hostigar a la Armada, y forzarle a pequeñas escaramuzas en las que los barcos ingleses demostraron ser más maniobrables y lograban una y otra vez evitar los intentos de abordaje y combate directo de las naves españolas. El viento, además estaba siendo casi siempre favorable a la flota inglesa, permitiéndole ganar la posición de barlovento, a lo que se unía que el mayor conocimiento inglés de las corrientes de agua otorgaba a los marinos de la reina cierta ventaja táctica. Ese día, tras doce horas de duelo artillero, ninguna de las flotas fue capaz de infligir un daño decisivo a su rival. Medina Sidonia consiguió partir en dos la flota británica, pero desperdició una gran oportunidad al perseguir a los barcos de Howard en lugar de concentrar su potencia de fuego en el segundo grupo, que se había quedado en situación de desventaja.

El capitán español decidió continuar lo más rápido posible hacia la isla de Wight, donde había convenido esperar el movimiento del Duque de Parma desde Flandes. Sin embargo, los vientos y las mareas siguen siendo desfavorables para los intereses españoles. Tras dos días de calma chicha en los que los barcos apenas pudieron moverse, las mareas no permitieron entrar a la Armada en el Solent (brazo de mar que separa la isla de Wight de Gran Bretaña) en el momento adecuado. Medina Sidonia cambia entonces de planes, escribe al duque de Parma y se dirige a la costa de Flandes. Sin embargo, cuando la Armada llega a la costa, las tropas aún no están listas para embarcar. El duque de Parma había tratado de engañar a los holandeses hasta el último momento, tenía a sus soldados alejados de los puertos y buscaba confundir a los enemigos acerca de los puntos en que se realizaría el embarque. Este fallo de coordinación a la postre sería fatal.

Ambientación sonora:

Al llegar a la costa del continente, la Armada se emplaza en una situación peligrosa, sin el abrigo de un puerto seguro y a merced de fuertes corrientes. En ese momento los ingleses vieron su oportunidad. La noche del 7 de agosto, una vez más, el viento jugó a su favor y creo las condiciones idóneas para un tipo de ataque que podía hacer mucho daño a la flota española: el uso de brulotes. Howard ordenó que se prepararan ocho barcos incendiarios para lanzarlos contra el corazón de la Armada. A medianoche, las ocho naves, en una comitiva mortal, refulgían en medio de la oscuridad, huérfanas de timonel, pero guiadas por el “viento protestante” hacia la desvalida armada católica. Medina Sidonia había comprendido el riesgo que se cernía sobre su flota y había preparado pinazas con garfios para poder enganchar y remolcar lejos las bolas de fuego flotantes que se cernían contra los impotentes barcos españoles. Sin embargo las pinazas sólo pudieron detener dos brulotes. Ante el inminente y peligrosísimo impacto del fuego sobre la flota anclada y apiñada, se ordenó levar anclas. A partir de ahí, el caos. Varios barcos chocaron entre sí, muchos fueron arrastrados, o bien mar adentro o peligrosamente hacia los bajíos de la costa holandesa. Los galeotes chillaban angustiosamente, presas del pánico ante la llegada del fuego y la imposibilidad de desencadenarse; palos y timones se resquebrajaban y algunas embarcaciones acabaron encallando en la costa.

Al amanecer del día 8 la Armada está desperdigada desde la rada de Calais hasta alta mar, a merced del enemigo y de las corrientes. Aquella misma noche el duque de Parma había empezado a embarcar hombres en barcazas en Dunkerque y Nieuport. Nunca pondrían el pie en suelo inglés.

Continuará…

Publicado por el 13 abril, 2015 en Historia olvidada, Monografías | Se el primero en comentar

Vive la Historia. La Gran Armada: primer contacto.

Ambientación sonora:

“Al punto que descubrió este galeón tierra, que fue el primero, hice que se pusiese en el tope de la gavia un estandarte con un crucifijo y Nuestra Señora y la Magdalena a los lados, y que se dispararan tres piezas y que todos hiciéramos oración, como se hizo por la merced que Dios nos había hecho de llegarnos a este puesto”

Medina Sidonia a Felipe II, a bordo del San Martín, al avistar el cabo Lisarte, 30 de julio de 1588.

Amanece el sábado 30 de julio. Las almenaras humean y las campanas tañen a lo largo de la costa de Cornualles. La visión de la Armada española provoca una honda impresión. Inglaterra ya sabía en ese momento que los españoles habían llegado.

Esa mañana, a bordo del San Martín, la nave capitana de la Armada, los oficiales se reúnen para decidir el siguiente paso. En Madrid, ante la ausencia total de noticias, Felipe vive sumido en la angustia. A lo largo de toda Europa se difunden todo tipo de rumores contradictorios y muchos esperan ansiosos un descalabro español. Sólo puede rezar para combatir la incertidumbre, mientras aguarda por nuevas desde el Canal.

En el mar, la discusión de los oficiales españoles es acalorada y muchos recomiendan atacar Plymouth para conseguir un puerto seguro para la Armada y asestar el primer golpe a los ingleses. Sin embargo, Medina Sidonia considera que debe centrarse en sus órdenes e ir al encuentro de las tropas de Flandes.

Comienza pronto el avance. La Armada adopta la formación de lúnula y empieza a remontar el Canal de La Mancha. La imponente media luna avanza en perfecto orden, majestuosa, surcando las aguas con un aspecto sobrecogedor. Los ingleses jamás habían imaginado que su enemigo pudiera haber reunido semejante fuerza.

El día 31 amanece cubierto por la bruma y la llovizna y los españoles pronto pueden ver cómo los barcos ingleses les rodean en varias direcciones. Howard, Hawkins y Drake comandaban los tres grupos de naves inglesas que, hacia las 9 de la mañana, lanzan un ataque contra la flota española. Es el primer contacto, las dos escuadras se cañonean desde larga distancia en una serie de escarceos. Las tripulaciones se emplean a fondo en medio del retumbar estremecedor de la artillería, el crujir de la madera y la primera sangre. Los hombres sienten ese miedo tan característico de la guerra en el mar, sin un lugar a donde escapar. Medina Sidonia se muestra sorprendido por las tácticas y la agilidad de los navíos ingleses, mientras que éstos pueden comprobar el excelente orden de combate de la flota hispánica.

Tras hora y media de combate, el sonido de los cañones cesaba por aquel día, mientras los vientos disipaban la bruma y los barcos se reagrupaban. Y sería entonces cuando los españoles iban a perder dos galeones, el San Salvador y el Nuestra Señora del Rosario, en sendos accidentes, al explotar la santabárbara del primero y romperse el bauprés y la rueda del timón en un choque, del segundo. Ambos barcos, ingobernables, son abandonados a su suerte. Drake, fiel a su instinto carroñero, consigue capturar el Nuestra Señora del Rosario. La flota inglesa también se hará esa noche con el San Salvador, que había quedado a la deriva y sin tripulación, pero lleno de pólvora, municiones y víveres. Un capitán más experimentado que Medina Sidonia lo hubiera echado a pique antes de que pudiera caer en manos del enemigo.

Los ingleses habían conseguido un buen botín. Mientras, la Armada continuaba su paso de coloso, hacia la isla de Wight. Los tercios esperan, en Flandes, una señal.

Continuará…

Publicado por el 6 abril, 2015 en Historia olvidada, Monografías | Lee el primer comentario

Vive la Historia. La Gran Armada: la partida de la “Felicísima Armada”.

Ambientación sonora:

“Apenas se podía ver el mar…Los mástiles y las jarcias, las altas popas y proas, eran tan grandes en altura y número que dominaban todo el concurso naval causando horror mezclado con maravilla” (Un testigo ante la vista de la Grande Armada, 1588)

Con el paso del año, el rey Felipe había recobrado el entusiasmo por la empresa inglesa y a la llegada del tiempo primaveral todo parecía estar listo. La estrategia se había decidido, la flota se había ampliado hasta alcanzar una magnitud considerable y el espionaje había recabado amplia información para ser utilizada tras el desembarco. En concreto el rey manejaba dos listas: una de los notables católicos ingleses que se unirían a la causa española y otra acerca de los líderes enemigos a los que habría que neutralizar durante la ocupación.

La “Felicísima Armada” contaba con 129 naves, que desplazaban más de 61000 toneladas. 35 eran naves de combate y 68 eran barcos mercantes armados o de transporte. La flota disponía de dos barcos-hospital y se completaba con galeras portuguesas impulsadas por remos. Navegaría dividida en diez escuadras, estaba armada con 2485 cañones y transportaba 123790 balas de cañón, 238 toneladas de pólvora, 7000 arcabuces, 1000 mosquetes, 6170 granadas de mano y 11128 picas. A bordo de los barcos había 26170 soldados. En Flandes el duque de Parma había conseguido reunir una fuerza de unos 26000 infantes, junto con 300 barcos planudos y 30 ó 40 lanchones para el transporte y desembarco de tropas. A pesar de que los números mostraban una fuerza formidable, los dos principales comandantes de la operación española guardabann ciertos recelos y temores ante la operación, tanto por el retraso de la misma, como por las filtraciones de información que se han producido, las dificultades de coordinación y el poder naval inglés.

Galeón español

Galeón español

Alonso de Guzmán trató, de hecho, de renunciar al mando de la operación, escribiendo al rey: “Y en aceptar la jornada propuse a V.M. muchas causas propias de su servicio, por do no convenía el que yo la hiciese, no por rehusar el trabajo, si no por ver que se iba a la empresa de un reino tan grande y tan ayudado de los vecinos y que para ello era menester mucha más fuerza de la que V.M. tenía junta en Lisboa. Y así rehusé este servicio por esta causa. Y por entender que se facilitaba más a V.M. el negocio de lo que algunos entendían, que sólo miraran a su real servicio, sin más fines”.

Aunque ninguno de los comandantes españoles parecía haber reparado en él, el tiempo atmosférico se mostró como un factor y actor no invitado y entraría en juego desde el mismo momento en que la flota española se hacía a la mar en Lisboa. El 25 de mayo de 1588 el duque de Medina Sidonia enviaba un correo al duque de Parma, en los Países Bajos, para informarle que la Armada zarpaba y debían preparar las tropas de invasión. Poco tiempo después, las galernas, con vendavales y olas gigantescas, golpeaban a la flota cerca de la costa de Galicia y terminaban dispersándola por completo, lanzando algunas naves hacia Inglaterra y otras hacia el Golfo de Vizcaya. Las tormentas, como no se habían visto nunca en la zona, habían desarbolado y dañado varias naves, y el agua, en barricas de madera insuficientemente curada, se comenzaba a pudrir, haciendo que la disentería empezase a rondar las tripulaciones. La Armada tardó más de un mes en volver a reunirse y el duque de Medina Sidonia, profundamente preocupado, volvió a advertir al rey de los riesgos de la empresa en las condiciones en que se encontraba la flota. Felipe le respondió airado, ordenándole que cumpliese con su obligación sin dudas. El capitán de la flota debió entender entonces que no podía escapar a su responsabilidad y, resuelto y confiando en que su suerte mejoraría, comandó a la Armada hacia su incierto destino: “bendito Dios, va toda la gente muy buena y con gran ánimo de hacer jornada si el enemigo nos aguarda”

Continuará…

Publicado por el 23 marzo, 2015 en Historia olvidada, Monografías | Se el primero en comentar

Vive la Historia. La Gran Armada: el plan de invasión.

Ambientación sonora:

 

“Cuando veáis el paso asegurado por la llegada de la flota a Margate o a la boca del Támesis, cruzaréis de inmediato con todo el ejército, si el tiempo lo permite, en los botes que habréis aprestado. Luego vos y el marqués cooperaréis, uno en tierra y el otro en las naves, y con la ayuda de Dios, llevaréis a término con éxito la empresa principal”

Carta de Felipe II a Alejandro Farnesio, duque de Parma y Capitán General del ejército de Flandes (1587)

 Al mismo tiempo que Inglaterra hervía en un trajín incesante preparando la defensa de la isla e Isabel pasaba noches en vela acuciada por la incertidumbre y las vitales necesidades de su reino, los pasillos de El Escorial presenciaban un continuo ir y venir y la lumbre persistía hasta altas horas de la noche en el escritorio del rey de España, que se afanaba en dar forma a su plan de invasión.

Felipe había puesto en marcha lo que bautizó como la “Empresa de Inglaterra”, cuyo objetivo final no era otro que la invasión de la “Pérfida Albión” y la expulsión del trono de la pelirroja y anticatólica reina Isabel. El plan en líneas generales era sencillo: una gran flota al mando del almirante Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, héroe de Lepanto y Terceira, partiría desde la península, se enfrentaría a la escuadra inglesa y haría posible que los tercios de Flandes, al mando de Alejandro Farnesio, duque de Parma, cruzaran el Canal de la Mancha y desembarcasen cerca de Londres, para ocupar rápidamente la capital inglesa y someter al poder protestante.

Era necesario poner en marcha toda la logística del plan y en los puertos y astilleros ibéricos, desde Santander a Cádiz, se trabajaba sin descanso. Los hombres, armas, munición y vituallas provenían de todos los rincones del Imperio. Mientras Miguel de Cervantes, que a la postre sería uno de sus más ilustres ciudadanos, viajaba por Castilla como recaudador de trigo para la Armada, España estaba en movimiento para culminar la empresa que Dios y la Historia y, en última instancia su rey, le habían encomendado.  Así lo requerían la fe y los intereses imperiales.

Sin embargo el plan de Felipe II sufrió diversas demoras, un considerable revés y un gran imprevisto. Cuando los preparativos ya de por sí marchaban con retraso, Drake llegó a Cádiz con una poderosa flota y arrasó con todas las embarcaciones españolas que allí encontró, dañando de manera notable la capacidad militar española en el mar y retrasando todos los planes. El corsario había cogido totalmente por sorpresa a las guarniciones españolas y asestó un golpe contundente, de una magnitud inesperada incluso para los propios ingleses.

Bahía de Cádiz

Bahía de Cádiz. Siglo XVI. Fuente: http://sombrasdetinta.blogspot.com.es/

Además, poco antes del inicio de las operaciones, Álvaro de Bazán, quizá el mejor Almirante que ha tenido nunca España, murió, siendo reemplazado en el mando por Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, mucho menos experimentado en las lides del mar.

El esfuerzo para España está siendo costosísimo, la finalización de los trabajos se demora, el rey se está obsesionando y, sobre todo, impacientando, y tienes dudas acerca de cuándo comenzar las operaciones. Además a finales de 1587 enferma, mientras sus planes parecen haberse filtrado y ya circulan fuera de las fronteras del Imperio. Sin embargo, en ningún momento piensa Felipe en desechar su empresa. Su odio hacia la hereje Inglaterra y su reina Isabel es mayor que nunca, al igual que su convencimiento de que acabar con ella es una misión divina. El duque de Parma escribiría al rey: “puesto que Dios se ha complacido en demorar por tanto tiempo la navegación de la Armada…, debemos concluir que ha sido así por Su mayor gloria y el más perfecto éxito de la empresa, pues el objeto de ésta es exclusivamente la promoción de Su causa divina”

La Armada zarpará en el verano de 1588.

Continuará…

Publicado por el 16 marzo, 2015 en Historia olvidada, Monografías | Se el primero en comentar